Capítulo 11

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POCHÉ

Después de que Germán subió a hablar con Calle, me quedé en la sala con la certeza punzante de que estarían hablando sobre mí. Era imposible no pensarlo: la tensión en el ambiente, las miradas esquivas, y sobre todo, la manera en que Daniela me evitaba dejaban claro que mi presencia en la casa no era precisamente bienvenida. Juliana, por su parte, no dejó de hablar ni un segundo, lo cual, aunque en otro momento me habría resultado agotador, en ese instante fue casi un alivio. Su charla constante me permitió distraerme, al menos por un rato, de la ansiedad que me provocaba la situación.

Cuando finalmente subí a mi nueva habitación, pasé frente a la puerta de Daniela. Todo estaba en silencio, un silencio tan denso que parecía envolverlo todo. Me detuve un instante, dudando, y respiré hondo.

—Esto va a ser difícil —me susurré a mí misma, sintiendo el peso de la incertidumbre sobre mis hombros antes de entrar en mi recámara.

Desperté muy temprano, mucho antes de que el resto de la casa diera señales de vida. Era sábado y, por lo que había entendido, nadie más trabajaba ese día, excepto yo. Mi responsabilidad era cuidar de Calle, y aunque el compromiso me inquietaba, también me daba una especie de propósito. Bajé a la cocina y encontré a Ana, la señora que ayudaba en la casa, preparando el desayuno. Su presencia me transmitió cierta calma.

—Buenos días —saludé con timidez, sintiendo cómo la voz me temblaba un poco—. Soy María José.

—Buenos días —me respondió con una sonrisa cálida que agradecí en silencio—. Yo soy Ana.

Asentí, devolviéndole la sonrisa, y me animé a preguntar:

—¿Puedo ayudarte en algo?

Ana se quedó pensativa unos segundos, como evaluando si realmente podría serle útil. Antes de que pudiera responder, Calle apareció en la cocina, hablando por teléfono. Al verme, me dedicó una sonrisa forzada, casi mecánica, y se marchó sin decir palabra. Sentí una punzada de incomodidad, pero me obligué a mantenerme serena.

—Aunque no sea muy buena en la cocina, tal vez pueda hacer algo —dije finalmente, intentando sonar más segura de lo que me sentía.

Ana aceptó mi ayuda y juntas preparamos la mesa. Cuando todos estuvieron despiertos y listos para desayunar, Ana comenzó a servir. Durante la comida, Daniela evitó mirarme, y mucho menos dirigirme la palabra. Su indiferencia era tan evidente que dolía.

De pronto, Daniela rompió el silencio:

—Para hoy no estaré en casa —anunció, logrando captar la atención de Germán y la mía—. Estoy organizando con mis amigos una fiesta de... despedida.

—Oh, qué bien —respondió Germán con entusiasmo—. Entonces Poché podrá acompañarte todo el día, así conoce a tus amigos.

La reacción de Daniela fue inmediata; su rostro reflejó claramente lo poco que le entusiasmaba la idea. Yo, por dentro, tuve que contener una risa nerviosa al ver su expresión.

—De hecho, Poché ya conoce a mis amigos, ¿no es así? —dijo, mirándome con una súplica muda en los ojos, como si esperara que la salvara de esa situación.

—Más o menos —respondí, esforzándome por sonar natural.

—Mejor aún —insistió Germán—, así podrás divertirte en la fiesta.

Daniela giró rápidamente hacia su papá, visiblemente molesta.

—¿Perdón? ¿Qué dijiste? —preguntó, ladeando la cabeza con incredulidad.

—Que Poché te acompañará en la fiesta —repitió Germán, dejando claro que no había opción a discutir—. ¿O piensas dejarla aquí en la casa?

La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now