POCHÉ
Me desperté antes de que el sol asomara siquiera por la ventana. Eran las 5:30 de la mañana y el mundo entero parecía estar todavía dormido, sumido en esa calma que precede a la rutina y el bullicio. Durante un instante, me quedé mirando el techo, tratando de recordar si había soñado algo, pero mi mente estaba en blanco, como si el sueño hubiese sido solo un paréntesis, una pausa silenciosa antes de enfrentar la realidad de un nuevo día.
Me obligué a salir de la cama, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies descalzos. Lo primero que hice fue ir al baño y dejar que el agua de la ducha me despertara por completo. Me quedé allí, bajo el chorro, unos minutos más de lo necesario, dejando que el agua arrastrara no solo el sueño, sino también la ansiedad que se había instalado en mi pecho desde la noche anterior. Viajar siempre me ponía nerviosa, aunque no lo admitiera. No era miedo, exactamente, sino una mezcla de incertidumbre y expectativa, como si cada viaje fuese una oportunidad para que algo cambiara, para que algo inesperado sucediera.
Después de secarme, busqué la ropa más cómoda que encontré. Un pantalón de algodón, una camiseta holgada y una chaqueta ligera. No me importaba verme bien, solo quería sentirme cómoda, libre de cualquier molestia durante el viaje. Odiaba despertarme tan temprano, pero al menos podía darme el lujo de preparar algo de desayuno. Aunque, siendo sincera, mi repertorio culinario era lamentable: café instantáneo y cereal con leche. No entendía por qué insistía en desayunar como si fuera a preparar un banquete, cuando en realidad lo único que hacía era servir el cereal y verter la leche, como una autómata.
Me senté a la mesa, el cuenco de cereal en las manos, y miré por la ventana. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar. Las luces de los edificios aún titilaban, y algunos autos pasaban de vez en cuando, con sus faros cortando la penumbra. Me gustaba ese momento, cuando todo era posible y nada estaba definido aún. Desayuné sin prisa, saboreando cada cucharada, consciente de que tenía tiempo suficiente para llegar al aeropuerto sin apuros. Por una vez, no tenía que atragantarme ni correr.
Cuando terminé, revisé por última vez que no olvidara nada importante: pasaporte, boleto, cargador del celular, mi cuaderno de notas y algunos lápices. Siempre llevaba ese cuaderno conmigo. Era mi refugio, el lugar donde podía escribir o dibujar lo que sentía, lo que pensaba, lo que soñaba. Me gustaba pensar que, de alguna manera, ese cuaderno era un mapa de mi vida, un registro silencioso de mis días y mis emociones.
Pedí un taxi y, mientras esperaba en la acera, sentí esa mezcla de emoción y nostalgia que siempre me acompaña antes de un viaje. Me pregunté si, al regresar, todo seguiría igual o si algo habría cambiado en mí, en mi familia, en mi mundo. El taxi llegó puntual. El conductor, un hombre mayor de rostro amable, me ayudó a cargar la maleta y me preguntó a dónde iba. “Al aeropuerto”, respondí, y él asintió como si ya lo supiera.
El trayecto fue tranquilo. El tráfico era casi inexistente a esa hora, y pude mirar la ciudad desde la ventana, dejando que los pensamientos vagaran sin rumbo. Pensé en mi hermana, en mi papá, en la rutina que me esperaba al llegar. Pensé también en mí, en lo mucho que había cambiado en los últimos años, en lo que aún me costaba aceptar de mí misma. El taxi se detuvo frente a la terminal y, después de pagar y agradecerle al conductor, entré al aeropuerto con la maleta rodando tras de mí.
Fui una de las primeras en abordar el avión. Me senté junto a la ventanilla, acomodé mi cuaderno y mi bolso en el asiento de al lado, y me preparé para lo que esperaba fuera un vuelo tranquilo. Pero el destino, como siempre, tenía otros planes. Apenas despegamos, comenzó la turbulencia. Al principio, intenté ignorarla, concentrándome en escribir algunas ideas sueltas en el cuaderno, pero el temblor constante del avión y el sonido de los motores me impedían relajarme. Cerré los ojos, intenté respirar hondo, pero el sueño no venía. Así que me resigné a pasar el vuelo entre palabras y dibujos, dejando que mi mano se moviera casi por sí sola, como si buscara distraerme de la incomodidad.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
FanfictionDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
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