CALLE
Había algo innegable, una tensión eléctrica que llenaba el aire y me envolvía con una fuerza que no podía, por más que lo intentara, ignorar. Desde el momento en que vi a Verónica en sostén, la imagen se quedó grabada en mi mente, como una fotografía que no pide permiso para quedarse. Me sentí invadida por una mezcla de emociones que no supe manejar: celos, enojo, inseguridad y, sobre todo, una profunda tristeza. Era absurdo, lo sabía, pero no podía evitarlo. Me odiaba por sentirme así, por dejar que una escena tan trivial –o al menos eso intentaba convencerme– me afectara de esa manera.
Regresé a la habitación de donde no debí salir nunca. Me sentía vulnerable, desprotegida, como si hubiera dejado una parte de mí expuesta al salir. Odiaba haberlas dejado solas, aunque fuera por unos minutos. Qué ironía, solo habían pasado unos minutos y, sin embargo, cuando regresé, la escena que encontré me hizo sentir como si hubiera estado fuera durante una eternidad.
El sonido de la voz de María José me sacudió. Sentí unas ganas terribles de llorar, de gritar, de desaparecer. No respondí a su llamado. En vez de eso, me metí en la cama y me obligué a contener las lágrimas, aunque sentía que me ahogaba por dentro.
—Déjame entrar, por favor —pidió, su voz sonaba suplicante, pero yo no podía ceder.
—No quiero hablar... estoy agotada, María José —le respondí con la voz firme, tratando de sonar más fuerte de lo que realmente me sentía. No quería verla, no quería enfrentarla, no quería enfrentarme a mí misma.
—Está bien, entonces solamente escúchame —insistió. —Lo que viste no... no es lo que piensas. Solo le estaba ayudando...
No pude evitar pensar que le ayudaba a desvestirse. Sentí un nudo en la garganta, una rabia fría que me recorría el cuerpo.
—No tienes por qué darme explicaciones. Como te dije, tú puedes hacer lo que quieras, puedes acostarte con quien quieras —las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas. Apenas las pronuncié, sentí una punzada de arrepentimiento, pero ya era tarde.
—¡¿Por qué no me escuchas?! Entre ella y yo no pasó nada —gritó desde el otro lado de la puerta.
—Eres tú la que no me escucha —le respondí, la voz quebrada, levantándome de la cama para acercarme a la puerta. —No quiero hablar contigo. Tampoco me importa lo que has hecho o no con ella... solo vete.
—Bien, me voy. Simplemente es imposible hablar contigo —pude imaginarla rodando los ojos, frustrada, igual que yo. —Solo espero que alguna vez dejes de comportarte como una niña malcriada...
—¡Me comporto como yo quiero! —grité, regresando a la cama, sintiendo que la rabia y la tristeza me consumían.
El silencio que siguió fue absoluto. Al no escuchar nada más de Poché, supe que se había ido. Ese silencio me dio permiso para llorar, para dejar salir todo lo que había estado conteniendo. Lloré hasta quedarme dormida, agotada, vacía.
Cuando desperté, me froté los ojos, tratando de disipar el cansancio, pero la fatiga seguía ahí, pesada, como una losa sobre mi pecho. Mi mente, traicionera, volvió a reproducir lo que había sucedido horas antes, y sentí que me ahogaba de nuevo. Necesitaba distraerme, dejar de sentirme tan miserable, aunque fuera solo por un rato. Busqué el celular y, casi sin pensar, le escribí a Karol.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
FanfictionDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
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