Capítulo 27

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CALLE

Han transcurrido dos semanas desde aquella tarde en la que, con el corazón palpitando y la voz temblorosa, le propuse a María José que fuera mi novia. Desde entonces, una sensación de plenitud y gratitud me acompaña a cada instante; es como si de pronto el mundo se hubiera vuelto más amable, más luminoso, incluso en medio de la rutina universitaria que, por momentos, amenaza con devorarnos. Los días se suceden entre tareas, proyectos y las eternas quejas de Paula, que parece encontrar siempre un nuevo motivo para el drama. Sin embargo, a pesar del caos cotidiano, cada minuto que comparto con María José se convierte en un refugio, un espacio en el que el tiempo parece detenerse y todo lo demás pierde importancia.

Lo que más me sorprende de ella es su calma. Es como si nada pudiera perturbarla realmente. Mientras Paula y yo discutimos sobre la bibliografía o nos desesperamos por los plazos imposibles, María José permanece serena, con esa expresión tranquila que a veces me desconcierta y me hace preguntarme si acaso no comprende la magnitud de lo que nos jugamos en ese proyecto final. Pero pronto me doy cuenta de que sí lo entiende, y que su serenidad es una elección, una forma de resistir el estrés y de contagiarnos a los demás. Bastaba una sola mirada suya para que Paula y yo bajáramos la voz, para que el ambiente se llenara de una paz inesperada. En más de una ocasión, sentí que le debía mucho más que mi cariño: le debía mi cordura.

No calculamos bien el calendario, y el trabajo nos llevó mucho más tiempo del que habíamos previsto. Hubo noches en las que pensé que no lo lograríamos, que el cansancio terminaría por vencernos. Pero finalmente, después de horas interminables y de muchas tazas de café, entregamos el proyecto. En ese momento, sentí una mezcla de alivio y euforia, pero también una necesidad urgente de agradecerle a María José por su apoyo incondicional, por su paciencia y por su amor. Quería hacer algo especial, algo que nos permitiera estar solas, lejos de todo y de todos.

La idea surgió casi sin pensarlo. Preparé todo con esmero y, cuando llegó el día, la cité sin darle demasiados detalles. Recuerdo cómo se reía mientras le vendaba los ojos, su voz vibrando entre la emoción y un leve temor.

—¿A dónde me llevas? —preguntó, intentando adivinar mis intenciones.

—Tranquila, ya casi llegamos —le respondí, guiándola con cuidado, sintiendo cómo mi propio corazón latía con fuerza.

—Al menos dame una pista —insistió, usando ese tono suplicante que me enternece y me desarma a partes iguales.

No pude resistirme mucho tiempo.

—Está bien... Ya conoces el lugar —le dije, dejando que la intriga la envolviera.

—Daniela, conozco muchos lugares —protestó, divertida.

—Pero no conmigo —le respondí, justo antes de detenernos. —Ya llegamos.

Con delicadeza, le quité la venda. Sus ojos, al principio desorientados por la luz, se abrieron de par en par al reconocer el entorno. Frente a nosotras, la playa se extendía, tranquila y casi desierta a esa hora. Sobre la arena, había dispuesto todos los materiales que imaginé que podría necesitar para dibujar: lápices, pinceles, papeles, colores y un pequeño lienzo. Su reacción fue una mezcla de sorpresa y alegría, y en ese instante supe que había acertado.

La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now