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Capítulo 36: Dalai Lama

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Cuando se marcho de China estaba completamente solo, pero sabía hacia dónde ir, su maestro le había dicho que fuera hacia Francia, que buscara a Agra... ¿Cómo se llamaban?

- ¿Cuáles eran los nombres de esos muchachos? – pregunto un joven Fu al Kwami que volaba junto a él.

- Sus nombres eran Félix Agrapart y Claude Fayolle – dijo el Kwami, su maestro solo le había dado los apellidos pero Wayzz los había conocido.

- ¿Por qué el maestro confía tanto en ellos? – pregunto Fu.

- Ni yo mismo lo se... cuando vinieron, Agrapart le causaba mucha desconfianza incluso una vez lo acuso de haber entrado a la habitación donde guardaban la caja – informo el Kwami y Fu alzo las cejas.

-Si Agrapart le causaba tanta desconfianza ¿Por qué el maestro dice que lo busque?

- Es una historia complicada pero si el maestro decía que debíamos confiar en ellos, tenemos que hacerle caso– dijo Wayzz.

- ¿Puedes contármela? tenemos mucho tiempo – respondió Fu mirando hacia atrás y pensando en su templo destruido.

Estaban ya muy lejos del Tibet, hace poco más de un año que el templo había sido atacado, Fu tubo que esconderse un tiempo en una de las aldeas que quedaban rio abajo, el agua helada de uno de los afluentes rió Lasha pudo haberle causado la muerte pero unos campesinos lo rescataron antes de que cayera en aguas rápidas.

Fu por poco se libró de la hipotermia y de milagro ninguna parte de su cuerpo se congelo, luego de pasar algunos meses con sus benefactores y ayudar en todo lo que podía, se marchó rumbo al puerto, era un viaje peligroso. Dudaba que los extranjeros hubieran desistido de su ambición de obtener la caja así que tenía que alejarse lo más posible de ellos.

En este momento viajaban en un pequeño bote por el rio Yangtsé, el sonido del agua y el ambiente de paz era relajante pero Fu no se podía permitir olvidar su misión.

- Hace tiempo un grupo de hombres vino a pedir prestado el prodigio de la mariquita, eran franceses y dijeron que lo necesitaban para proteger a su rey. Como tenemos un convenio de ayuda mutua entre los guardianes de los prodigios se los prestamos – comenzó a narrar Wayzz.

Fu hizo una mueca de desagrado, el convenio de ayuda mutua había sido roto por los guardianes de la caja Nemset cuando los atacaron para conseguir los prodigios chinos.

- Vinieron a devolverlos dos jovencitos, creo que de alrededor de catorce a quince años, aunque en mi opinión se veían mayores, creo que es porque eran occidentales, llegaron sin más equipaje que un violín que pertenecía a Agrapart y los aretes...

Cuando Félix y Claude se presentaron en el templo de los miraculous estaban en mejores condiciones de las que llegaron a la capital del Tíbet. Una vez que cruzaron las puertas de la capital, Claude se arrodillo dramáticamente en el suelo.

- ¡llegamos! – Grito a todo pulmón ganándose la atención de todas las personas que estaban el lugar -. ¡Alabado sea dios! Logramos llegar con vida.

Félix miraba el espectáculo de su amigo con una ceja levantada y algo de vergüenza, pero pese a lo bullicioso que podía llegar a ser Claude, no era él quien llamaba más la atención, sino Félix. La mayoría de tibetanos no habían visto nunca a un extranjero y un muchacho rubio, tan alto, con la piel tan clara, con los ojos enormes de color gris azulados, los labios y las mejillas ligeramente sonrojados por el frió... resultaba exótico.

Durante todo su largo viaje ambos chicos estuvieron escondidos bajo un "delirio de glamour" por lo cual eran vistos por los demás como si fueran chinos, pero al llegar a Lhasa se habían quitado las pulseras que tenían el conjuro porque este comenzaba a ser defectuoso.

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