Capítulo 3 parte "a"

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LOS ÁNGELES, CALIFORNIA, Viernes 26 de Febrero/1993

Conforme seguía a su progenitora, Candice se bajaba la falda del vestido en corte princesa de satín de seda en color coral, que apenas estaba arriba de la rodilla. En cada paso que la chica daba, se le torcía si no un pie, el otro; —y eso que su zapatilla no era muy alta, cuando mucho tres centímetros—, y también se rascaba incesantemente la cabeza debido a la coleta que su madre le hubo hecho y se la atara fuertemente con un listón.

En cuestión de nada, la señora Walker dio vuelta a la derecha para ingresar a la sala donde procedían las voces. En cambio, la rubia, —y antes de ingresar—, se detuvo para sacar un pie de un zapato. Haciendo un gesto de dolor se agachó para masajearlo.

Desde su lugar, Candice podía escuchar claramente a su madre saludando a todos los presentes, y también a su padre el cual preguntaba por ella.

— Venía detrás de mí.

Helena Walker, mirando hacia la entrada, se lo hubo confirmado a su esposo. No obstante, los verdaderos interesados en ver aparecer a la rubia eran los adultos Grandchester, porque el más joven fingía estar mirando dos de los cuadros más famosos del reconocido pintor Diego Rivera: "Nude with Calla Lilies" de 1944, y "Peasants" de 1947, ambos firmados por el autor.

Afuera, Candice volvió a colocar su zapato y se dispuso a ingresar. Para cuando lo hiciera, saludaba de inmediato:

— Buenas noches.

La suave y tímida voz alertó los sentidos de Terrence, quien levantando una ceja, miró de reojo hacia su lado izquierdo, pero sin hacer movimiento alguno con el resto del cuerpo.

— Buenas noches — respondieron Richard y Eleanor, los cuales no dudaron en ir para envolverla con abrazos.

Sin embargo, el momento de la verdad llegaba para el castaño al oír que su madre lo llamaba:

— Terrence, hijo, ¿no vienes a saludar?

Haciéndose de verdadero acopio, al joven no le quedó de otra más que confrontar a su dura realidad.

— Por supuesto, madre — dijo él estando ya de frente y viendo a su progenitora. Posteriormente posó sus ojos en Candice.

Ella tenía la mirada puesta en el suelo, las manos detrás de la espalda y se jugueteaba las uñas, bueno, lo poco que le quedaban.

— ¿Nina? — la llamó su padre; y éste hizo que la rubia pusiera de inmediato sus ojos en él, el cual la tomaría del brazo para hacer las debidas presentaciones. — Terrence, permíteme presentarte a mi hija Candice.

— Un gusto... conocerte, Candice — respondió el presentado consiguiendo que la chica con timidez y lentitud finalmente pusiera sus ojos en él.

— Hola — ella apenas respondió; y milésima de segundo después, desvió su mirada hacia otro punto del salón.

Al castaño por supuesto le extrañó esa indiferencia recibida por parte de ella, e inconscientemente miró a los progenitores de la misma.

— Es un poco tímida — la disculpó su madre poniendo sus manos sobre los hombros de su hija; y al resto les ofrecía: — pero tomen asiento, por favor. Ya hace bastante que no nos vemos.

Con eso, se dio pauta a iniciar una conversación entre los mayores, ya que Candice encapsulada en su mundo no escuchaba nada, hasta que su madre la tomaba de la mano para hacerla responder cuando la cuestionaban, siendo sus respuestas escuetas unos simples no, sí o no sé.

Eso hubo llamado mucho la atención de Terrence, quien con ceño fruncido la analizaba de pies a cabeza, y no consiguiendo que aquella, —a pesar de su escrutinio—, le dedicara una mirada.

Castillo de MentirasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora