25. Navidad II

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No pude dormir en toda la noche, contaba cada minuto para bajar al salón y entregarle su regalo a Hermione. Ella dormía plácidamente abrazada a mi torso inmóvil, su respiración acariciaba mi piel y sus latidos me ayudaban a contar el tiempo. Oía perfectamente a Lara y Lucian moverse por la cocina y la casa, preparándolo todo para sus invitados, en cuanto supe que era el momento apropiado, desenredé los brazos de Hermione de mi cuerpo y me entregué a la placentera tarea de despertarla con mis besos. Protestó, intentó enroscarse en las sábanas unos minutos más, me miró furiosa al ver que todo era en vano y que no iba a impedir que la sacase de la cama. La cubrí con mi batín, me puse unos pantalones y bajé con ella en brazos.

Siguió protestando hasta que la besé una vez más bajo el muérdago. Era la mañana de Navidad, en el día correcto, con la casa decorada y el árbol rebosante de regalos. Pero no podía dejar de pensar que era ella la que en verdad era mi regalo, envuelta en seda, adormilada y malhumorada. Rebusqué entre todos los paquetes para encontrar el suyo, no podía esperar para verlo rodear su cuello. La sensación de felicidad que me embargó al ver la gema contra su piel, es indescriptible. Nada de lo que hiciese o dijese podía compararse con lo que aquello significaba: ni siquiera una alianza podía unirnos más, pues yo le pertenecía y ella me pertenecía.

Pronto vinieron todos los demás. La carcajada fue general cuando abrí el regalo de Lucian: un chupete. Todos los años tenían que recordarme que era el benjamín de la familia. Pero el que nos dejó atónitos fue el que Isabel le hizo a Hermione, si quería dejar claro que ella era una más de nosotros, no podía haberlo hecho mejor. La dejamos al cuidado de Lameth mientras nos entreteníamos con nuestras nuevas armas en el jardín.

Aquellos que ya nos habían visto pelear aún se quedaron más atónitos al vernos aquella mañana navideña. Detenía los embates del hacha o los esquivaba con maestría, mientras yo sorteaba cada shuriken que me lanzaba. Quedaba claro que no nos estábamos entregando a la pelea, que sólo nos divertíamos. Llegado un momento nos limitábamos a lanzar los shuriken y cogerlos en el aire, como si simplemente nos lanzásemos inofensivas pelotas de tenis. Hasta que Hermione nos detuvo con sólo aparecer en nuestro ángulo de visión.

Nos arreglamos para la comida, Hermione estaba preciosa con un vestido nuevo. Se había puesto un sencillo vestido de tirantes que dejaban su cuello y sus hombros al descubierto, por lo que no pude resistirme a besarlos con extrema lentitud, antes siquiera de plantearme dejarla salir de la habitación. Ella tuvo que recordarme, una vez más, que nos esperaban para comer. Mas no me privé del delicioso placer de tomarla entre mis brazos y besarla durante todo el camino hasta la planta baja.

Cuando me di cuenta de la presencia de mis padres en el vestíbulo, me quedé completamente helado. No esperaba encontrármelos nunca más, no tras aceptar al fin mi condición y estar con Hermione. Sus miradas destilaban odio y repugnancia, sentí cómo ella empezaba a temblar. Bajé lentamente las escaleras y me reuní con ellos, dejando que Hermione bajase al suelo, pero sujetando su mano entre la mía. Isabel, Julia y Lucian, percibieron la tensión presente. Era de esperar que empezasen con sus prejuicios hacia Hermione, ella intentó zafarse de mi mano y quitarse del medio, pero no se lo permití. No tenía nada que temer de ellos, no estando todos pendientes de saltar sobre ellos, pude ver cómo Julia empezaba a perder la paciencia. Lucian intentó restar hierro como pudo, pero no podía imaginar que mi padre le gritase de esa manera a Julia.

Fue cuando se desató el caos.

No es muy recomendable provocar la ira de un vampiro, mucho menos si ese vampiro es Julia. Por regla general consigues que quiera matarte, pero en el caso de la Giovanni, lo convierte en todo un arte. La casa comenzó a retemblar sobre sus cimientos con la fuerza de un terremoto, abracé a Hermione para protegerla, aunque sabía que toda la furia de Julia se cebaría en mis padres. El viento ululaba fuera como si estuviésemos en medio de un huracán, algunas cosas empezaron a volar dentro de la casa, los muebles se alzaron unos centímetros del suelo, el fuego rugió como si las llamas del infierno intentasen salir por la chimenea. Lo más aterrador fue ver cómo el Velo se empezó a acercar a nosotros, el mundo de los fantasmas intentando apoderarse del nuestro.

Entre las sombrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora