56. Sabbat II

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Ginebra.

Pude ver cómo algunos de los vampiros emergían del agua, pude ver el terror en sus caras, debían de estar huyendo de algo que les daba un miedo atroz. Pero no contaron que en la superficie les estarían esperando unos cuantos amiguitos de Binky, zombis y otras cosas más. Incluso teníamos derecho a tres demonios del abismo. De inmediato sabías quiénes eran los Lasombra porque eran a por los primeros que iban los demonios, no los comían o destrozaban, sino que hacían una cosa impresionante con ellos. Se fundían con los vampiros con sólo tocarlos y los destrozaban por dentro. Era algo repulsivo  y desagradable que hacía que me entrasen ganas de echar hasta la primera papilla cada vez que me quedaba mirando a uno de ellos haciéndolo.

Logré superar las nauseas por el momento. Aunque tampoco ayudó ver cómo los dientes de sable saltaban sobre sus presas y las descuartizaban con rápidos movimientos de sus mandíbulas. Las otras bestias eran igual de brutales y primitivas. Aunque unos pocos lograban escapar porque había demasiados para todas ellas. Esos se encontraban con la legión de zombis que los apresaban entre sus brazos y se dedicaban a apretar con fuerza hasta partirles la columna. Podía escuchar el chasquido de los huesos desde la torre, incluso entre sus alaridos.

Unos cuantos caían al suelo por efecto de los disparos de los guardias que estaban apostados en toda la muralla interior. Estos disparos no eran como los de las ametralladoras que Calebros había instalado en la muralla exterior. En lugar de lanzar ráfagas indiscriminadas, cada uno de ellos se concentraba en un objetivo y apuntaba a zonas estratégicas. Vi cómo cabezas enteras estallaban de golpe, haciendo que sus cuerpos decapitados cayesen a plomo al suelo. También me asombré al ver cómo algunos de los arqueros lograban ensartar sus flechas en los pechos de algunos vampiros. Éstos caían de un modo diferente a los demás, era como si de pronto sus miembros se quedasen rígidos y se convirtiesen en maniquíes a los que habían sacado de su soporte y entonces se precipitaban hacia el suelo, cuan largos eran.

Los pocos que lograban sortear todos estos obstáculos y que escapaban a la puntería de los guardias, se encontraban con Isabel, Fátima y los ghoules. Se suponía que yo también debería de estar ayudándolos pero me resultaba difícil hacer algo porque no era capaz de escoger algún objetivo que realmente estuviese libre. Estaba asombrada con la batalla que tenía lugar a mis pies.

Vi cómo Ayden se lanzaba contra uno de los vampiros y, de una patada, le destrozaba la rodilla obligándolo a postrarla en la tierra mientras movía la cimitarra en un círculo que dio de lleno en el pecho de otro que se acercaba y terminó por decapitar al que estaba arrodillado frente a él. Zanaa’h le lanzó un cuchillo a uno directamente a la cabeza consiguiendo que se hundiese hasta la empuñadura, dio un salto, apoyó un pie en sus hombros y le clavó la espada a otro en el pecho mientras esquivaba un disparo doblándose en el aire de un modo increíble. En ese mismo movimiento recogió el cuchillo de la frente del tipo, mientras aún estaba cayendo al suelo y se lo arrojó a otro que estaba cerca, tirando al suelo al que acababa de insertarle la espada. Sacó el arma y procedió a decapitarlo en un movimiento al ponerse de pie. Dispuestos ambos para los siguientes que se les acercaban. Isabel y Fátima luchaban codo con codo, algunos de los vampiros lograban llegar hasta ellas y se encontraban con el envenenado filo de sus espadas, otros caían a su alrededor sin necesidad de que los tocasen. Aquello era una verdadera masacre.

- ¡Se supone que tenemos que ayudarlas! – Oí a Hermione gritar a mi espalda.

Estaba furiosa, probablemente porque veía que yo no movía ni un solo dedo desde mi posición y ella se veía incapaz de librarse de los guardias que impedían que se acercase al borde. Ziva me apartó de un golpe, empujándome hacia el otro lado de la torre triangular para ponerse manos a la obra y así ayudar a las Assamitas. En la palma de su mano apareció una bola de fuego del tamaño de un quaffle y la lanzó con un ángulo cerrado. Me asomé y me di cuenta de que algunos vampiros lograban esquivarlas e intentaban subir por la pared resbaladiza de las murallas. Eso, más que el chillido de mi amiga, hizo que me diese cuenta de que tenía que ponerme también a ayudarlas.

Entre las sombrasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora