25

8.4K 848 68
                                    

Bram:

Estoy de pie junto a ella, en la oficina privada del dueño. La jefa de Emma también se encuentra aquí con ganas de condenar a Emma, pero ya tengo las palabras exactas para decirle.

—Conde.. ¿Algo que desee agregar antes de que empiece a hablar.—Me indica el dueño.

—Con todo respeto, pero no le debo ninguna explicación, sr. McDougal.—Responde y el alza las cejas, con sorpresa.—Los asuntos de mi vida...

—Asuntos que fueron realizados en mi hotel, conde. Creo que si merezco una explicación si mi hotel es perjudicado.

Intento hablar, pero la jefa de personal se adelanta.

—El conde tiene razón, señor. No nos debe explicaciones, el es un conde después de todo, no podemos pasar de su autoridad.

Nunca estuve tan feliz de usar este titulo.

—Pero de quien si merezco una explicación es de Emma.

El dueño pone los ojos en ella.

—Emma... ¿Quieres decirle a tu jefa del personal y al dueño del hotel que relación tienes con el conde?

Esa pregunta es totalmente injusta, aunque debí suponerlo.

—Contestare su pregunta, Jefa Summers.—Respondo atrayendo la atención de esos dos.—Recuerdo haberle solicitado a la señorita Emma Dempsey como mi mucama privada.

Ella abre los ojos.

—¿Lo recuerda?

—Lo recuerdo, Conde. Pero no creí que el ser su mucama personal incluiría cambiar sus sabanas todas las mañanas.

—¿No es lo que todas las mucamas hacen y honradamente? Emma trabaja para mi.

—Emma es empleada del hotel, conde.

Ignoro a la mujer y le contesto al dueño.—Nos hicimos amigos.

—¿Es eso cierto, señorita, Dempsey?

Emma asiente con la cabeza y pone los ojos sobre mi.—Si el conde me invito al desfile y a la fiesta, es porque somos grandes amigos. La prensa lo malinterpreto todo.

El dueño nos señala.—Conde.... entonces usted no esta saliendo con la señorita Dempsey.

Intenta hablar, pero ella se me adelanta.

—Claro que no, el conde y yo somos amigos. Eso es todo, no hay ningún sentimiento romántico o de deseo de ninguno de los dos.

Mi mirada se encuentra con la suya, ella niega.

—¿Entonces todo este revuelto se lo debo a los periodistas?

—Así es, señor.—Sigue Emma.—No tiene porque preocuparse por nosotros.

—De acuerdo.—McDougal suspira.—Señorita Emma, gracias por ser honesta.

—No es nada, señor.

El respira aliviado.—Por un momento pensé que había ilusionado a mi hija por nada. Todo su cortejo no ha funcionado.

Cortejar y ser amable, hay mucha diferencia.

—Señor McDougal.

—Ya que todo se aclaro, creo que podrá aceptar mi invitación para el almuerzo de esta noche.—Me dice.—Siento que usted y mi hija, se llevaran mejor ahora que aclaramos este problema generado por la prensa... Conde, espero que asista esta noche.

Un anillo para EmmaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora