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— Parece que Gray ganó la carta, pero me temo que no ha sabido esconderse.

Las luces verde neón del rótulo iluminaban la entrada del As de tréboles. La potente iluminación se reflejaba en los cristales de los pisos cercanos y en los rostros de aquellos que decidían poner un pie en el célebre salón de juegos, proyectando una especie de aura verdosa sobre sus cabezas.

El tintineo de las copas y los vasos al chocar resonaba por las paredes caoba del bar, que daba a la entrada del recinto. Su delantal verde se movía al son de sus pasos, que iban de una punta de la habitación a otra. De mesa en mesa. Alisa, escondida tras ese delantal, llevaba un formal vestido negro, que no era otra cosa que el uniforme del As de tréboles, y el pelo recogido en un moño alto. 

Sus pasos eran ligeros, recogía los pedidos de los clientes y servía las bebidas deslizándose grácilmente entre las mesas. El local estaba, como siempre, a rebosar. A pesar de que fuesen aproximadamente las dos de la madrugada. Se acercó a la barra con la espalda bien erguida. Allí estaba Kane Clover, el dueño del As de tréboles, el antro más famoso de la zona. El señor Clover inspeccionó sus pasos mientras llegaba a la barra y depositaba la bandeja sobre ella. Le entregó un pequeño papel con la orden de los dos caballeros sentados en la mesa de la esquina y esperó a que el propio Kane la depositase en la bandeja, ya que su compañera estaba en su rato de descanso y no podía atender la barra. 

Kane Clover no era demasiado viejo, al contrario. Tendría unos treinta años y una vitalidad increíble. Su cabello rizado se desparramaba a ambos lados de su cara, desordenado pero informalmente elegante. Llevaba las mangas de la camisa negra arremangadas, mostrando unos fuertes antebrazos y unas manos curtidas. El primer botón de la camisa estaba desabrochado y llevaba el cuello de esta abierto, dejando ver que los brazos no eran lo único fuerte y musculado que tenía. Unos ojos calculadores y entrecerrados lo observaban todo; a ella y al club entero. Una barba meticulosamente recortada adornaba su cara, y en medio descansaban unos labios secos pero carnosos que ahora permanecían quietos en una línea recta.

El señor Clover era atractivo, sí. Era un joven que había conseguido hallar una mina de oro en medio de un barrio lleno de desgracias, pero con su astucia y su rostro había conseguido que su club fuese uno de los más famosos y visitados de todo el país. No había nadie en Veltimonde que no hubiese oído hablar jamás del As de tréboles. Lo malo de Kane era su personalidad. Podía ser un seductor nato con alguna clienta, pero a parte de eso, que una ya podía verse venir, como norma general era impredecible. Podía mostrarte una sonrisa burlona y hacer bromas contigo para pasar luego a ser un chantajista impecable. Su rostro serio también era algo muy común por allí. Cuando sonreía, por norma, no significaba nada bueno. O al menos no era por los motivos que una persona normal tendría para sonreír.

Había veces que sí estaba de buen humor. Esos días el ambiente en el As de tréboles era más relajado. Esos días se volvía más generoso. Alargaba el descanso de sus trabajadoras, era amable con todas y se comportaba de otra forma. Los días que no estaba contento pero sonreía ya eran otra cosa. Normalmente, el dueño del club solía ser alguien sarcástico, de lengua afilada y colmillos a la vista. 

Aquella noche estaba serio, pero parecía medianamente relajado. Sus ojos acechaban a los clientes del bar como un buitre, pero nada más. La forma en que su pecho se hinchaba a un ritmo lento bajo la camisa apretada dejaba claro, a ojos de Alisa, que sería una noche tranquila.

Kane se limitó a fruncir ligeramente el ceño mientras leía la orden y le dio la espalda. En menos de un minuto depositó dos jarras de cerveza sobre la bandeja de plata y apoyó los codos sobre la barra, cruzando los dedos de las manos. Alisa hizo un leve asentimiento, agarró la orden y se dirigió hacia la mesa de la esquina. El señor Clover continuó su inspección rutinaria, deslizando sus ojos sobre los clientes, como en trance. Fue entonces cuando escuchó la conversación de los dos individuos hacia los que se dirigía. «Parece que Gray ganó la carta, pero me temo que no ha sabido esconderse». Inmediatamente entendió de qué estaban hablando. Al llegar a la mesa colocó las dos jarras frente a sus nuevos dueños y se alejó unos pasos de ellos. Sacó del bolsillo del delantal un trapo y empezó a limpiar la mesa de al lado, que se había quedado vacía. 

Rey de corazonesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora