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Las gotas de agua se mezclaron con sus lágrimas saladas, deslizando su pena por sus piernas y arrojándola por el desagüe. Abrió los ojos, y mientras el líquido cálido se escurría entre sus pestañas se miró las manos. Le temblaban. 

Alisa no había tenido tiempo para llorar o dar rienda suelta a sus emociones. Durante aquellas horas infernales no se lo había permitido, no cuando, estando bajo presión, debía encontrar una forma de mantener a salvo y fuera de aquello a su hermano. Pero allí, sola bajo el caño de la ducha, no pudo aguantarlo más. Sus sollozos probablemente se escuchaban fuera del baño, aunque esperaba que Ciro estuviera distraído con el televisor y no se diese cuenta. Gimoteó como una niña pequeña. En tan solo un día había perdido la poca estabilidad que tenían. Notaba cómo la felicidad se le escurría de las manos. Ya le sucedió cuando sus padres murieron, y volvía a sucederle de nuevo. Habían bastado solo unas pocas horas para dar un giro completo a su vida y la de su hermano, y sentía en las entrañas que nada iba a ir a mejor, todo lo contrario. Probablemente lo peor estaba por llegar. Se enjabonó como pudo mientras se mantuvo sumergida en su mente.

Sería difícil, pero no podía hundirse y mucho menos dejar que su hermano la viera decaída. Hinchó de nuevo los pulmones, como hizo antes de entrar al antro, y retuvo el aire para luego dejarlo ir con fuerza. Abrió las manos, que en algún momento se habían cerrado en dos puños, y las sacudió, como deshaciéndose de algo pegajoso que no la dejaba avanzar. Limpió los mocos que le colgaban de la nariz y se enjuagó entera antes de salir y envolverse en una toalla blanca que olía a limpio. Aspiró el olor con contundencia. Hacía mucho que sus toallas ya no olían así de bien. 

Abrió la puerta y salió hacia el dormitorio vestida con uno de sus viejos conjuntos más cómodos, y casi se le paró el corazón cuando no vio a Ciro por ningún lado. Revisó corriendo cada rincón de la habitación y al no encontrarlo salió corriendo fuera de la suite. El llanto la había dejado anonadada, pero la ausencia de su hermano provocó en ella una especie de asfixia ansiosa. Se precipitó por el pasillo y bajo al trote las escaleras hasta estar en la primera planta. Su respiración estaba agitada y el simple hecho de pensar que a su hermano le hubiera pasado algo le robaba el aliento. Traspasó la cortinilla que daba al bar y se encontró con cuatro ojos que, sobresaltados por aquella repentina aparición, la miraban con sorpresa. El pulso de Alisa volvió a la normalidad cuando vio a Ciro sentado en una de las mesas y con un bocadillo entre sus manos. Al otro lado de la mesa estaba sentado Kane, con una pierna sobre la otra y un diario entre las manos. La observó confuso alzando una de sus pobladas cejas oscuras, sin entender el pánico que aún era latente en su rostro.

Alisa suspiró con ímpetu y dejó que sus músculos se relajaran. Entonces caminó con pasos fuertes hacia su hermano y le pegó un golpe en el hombro, enfadada.

—¿Se puede saber por qué diablos te has ido sin avisarme? ¡Casi me da un infarto, pensaba que te había pasado algo!

Ciro hizo un puchero. Ella se llevó la mano a la sien y la masajeó. 

—Ey, tranquila. Seguro que te has dejado la puerta abierta y el muchachito tenía curiosidad —el señor Clover dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa. Descruzó las piernas y se incorporó un poco más en la silla—. Es normal en un niño, no te enfades con él. Mientras que no salga por la noche, todo perfecto. Durante el día que haga lo que quiera —dictaminó el hombre. Luego giró la cabeza hacia su hermano y le lanzó una mirada suspicaz—, aunque tampoco te pases.

Ciro asintió con fervor y dio un mordisco al bocadillo.

—Por cierto —añadió, volviendo sus ojos en dirección a ella–, tienes al niño en los huesos. El único sitio donde tiene más carne es en esos mofletes redondos que tiene —Observó de reojo al infante masticando con ganas—. Me he visto en la obligación de alimentarlo, así que le he preparado algo de comida. 

Rey de corazonesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora