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Corre... Corre... Corre... ¡Corre!

Alisa despertó con la respiración acelerada. No recordaba lo que había estado soñando, pero estaba claro que no había sido algo bonito. De pronto, un repentino dolor se extendió por la parte trasera de su cabeza, un poco más arriba de la nuca, y se expandió hacia los lados, como si le hubiesen resquebrajado la sesera.

Se vio forzada a entrecerrar los ojos por el agudo pinchazo al que intentaba ir acostumbrándose. Cuando intentó moverse no pudo, aunque no supo exactamente por qué. Algo retenía sus extremidades quietas, los brazos pegados a los costados. 

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que no estaba en su habitación, tirada en la cama, y que todo aquello no había sido un sueño. Su conversación con Darko, los fuegos artificiales, la huida... todo volvió de golpe a su memoria, al igual que el porrazo que alguien le había dado en la cabeza cuando había estado a punto de conseguir realizar su fuga.

Parpadeó hasta que sus ojos consiguieron adaptarse a la tenue luz que iluminaba la habitación. Cuando bajó la vista para descubrir qué era lo que la mantenía retenida, reconoció de inmediato la butaca púrpura. Estaba en la sala del té, y la habían atado al sillón de terciopelo con una cuerda para evitar que volviese a marcharse nada más despertar.

Le daba la sensación de que la habitación estaba mucho más oscura que antes. La luz de la lámpara en la pared era mucho más débil y la negrura de la noche parecía haber opacado las luces de los farolillos y de las calles que aún debían mantener la fiesta en el exterior. El reloj marcaba que eran pasadas las dos de la madrugada. Ya había empezado un nuevo año.

Y en medio de aquel juego de sombras y luces tenues estaba él. Parecía amenazador, allí sentado, en la otra butaca justo frente a ella, con las piernas cruzadas y apoyadas encima de la mesa. Faltaba una taza, la que había usado para dormirlo. Sus ojos no tardaron en distinguirla tirada en un rincón junto a la ventana, hecha añicos en medio de un charco de algo líquido que Alisa identificó rápido como el té que no se había bebido antes de caer redondo al suelo.

Se lo imaginó tomando la taza entre sus manos nada más despertar y estrellándola contra el suelo al comprender lo que ella le había hecho.

Cuando su vista por fin se posó en su cara, se le erizó el bello de la nuca. Aquellos dos ojos que antes la habían observado con un brillo extraño ahora se mostraban fríos, tan negros bajo las sombras reflejadas sobre sus angulosas facciones y su pelo oscuro que Alisa sintió que estaba mirando la boca del infierno. 

El fuego de la chimenea se había extinguido, y la muchacha agradeció a los cielos que así fuera porque no tenía ganas de ser quemada viva por la ira de Darko. En cambio, podía notar un frío vibrante que zozobraba por el suelo del salón, como un reptil sin rumbo. El olor del té derramado sobre el suelo aún flotaba por la habitación, como un recordatorio de lo que le había hecho al joven rey.

—Ya estás despierta —comentó él desde su sitio—. Como puedes ver, yo también.

Sus ojos parecían taladros. De haber podido, le habrían atravesado la piel de mirarla con tanta intensidad. Alisa no era capaz de enfrentarlo directamente. Estaba empezando encontrarse mal. El nudo que sentía en la garganta y en la boca del estómago no la dejaba respirar, y mantenía latentes las ganas de arrojar como algo que amenazaba con ocurrir si no conseguía escapar de aquella situación cuanto antes. Se tuvo que contentar con mirarle el pecho, que subía y bajaba con aparente calma bajo el jersey negro.

—Buen intento —el joven rey se extendió en la butaca. Sus manos se aferraron con firmeza a la punta de los reposabrazos—. Una lástima que te pillasen al final. No esperaba que Cadel tuviese mucho trabajo esta noche, pero lo has hecho andar bastante.

Rey de corazonesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora