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Alisa tiritaba un poco en el momento en que llegaron a la entrada de la pétrea cueva. Como bien habían visto desde abajo, el interior estaba iluminado parcialmente. La chica se había quedado parada observando las pequeñas antorchas que se repartían por el suelo ante ella. Harkan puso la palma de la mano en su espalda, justo entre los omoplatos, para instarla a que siguiese avanzando. De esa forma entraron en la boca de la montaña que, ominosa, parecía abrirles el acceso a sus entrañas. 

Pese a que dieron unos primeros pasos dentro de la desconocida caverna, no se veía más que un pasillo rocoso vacío que se torcía hacia un lado, como en una curva, y que desaparecía de su visión. El soldado retiró la mano de la espalda de la chica, pero la dejó cerca, casi flotando en el aire, y se mantuvo a su lado sin despegarse de ella. No tenían ni idea de lo que estaba sucediendo ni de lo que podía estar esperándoles allí dentro, por lo que prefería quedarse así, para protegerla si era necesario.

Los pequeños farolillos parecían estar guiándolos hacia el interior de la cueva. El fuego brillaba enérgico en pequeñas llamas refulgentes. Caminaron despacio, avanzado por el estrecho pasadizo casi con pies de plomo. Cuando llegaron a la curva y dejaron de ver la entrada de la cueva, Alisa empezó a ponerse más nerviosa. Poco después llegaron a ver una luz menos potente al final del corredor, además de la sensación de que este último se expandía en una sala más grande.

En el momento en que ambos llegaron al lugar donde terminaba el pasaje y pusieron un pie en la nueva estancia, Alisa buscó inconscientemente el brazo de Harkan para aferrarse a él. El soldado se dejó tocar, estaba más ocupado observando a los individuos que había frente a ellos.

—Son pocos —le susurró a Alisa cerca del oído para que el comentario solo fuese audible para ellos dos—, aunque más de los que me esperaba teniendo en cuenta la localización.

Alisa no dijo nada. Los susodichos eran seis y estaban repartidos por la pequeña cámara en la que se encontraban. Había dos chicos jóvenes de mejillas chupadas y ojos maliciosos sentados a un lado. Parecían mayores que ella, aunque no más que Harkan, y era evidente que iban juntos. A Alisa le resultó extraño, puesto que, si ambos eran como ella, solo uno conseguiría la carta, de modo que al otro no le serviría de nada el logro de su supuesto compañero. Aunque quién era ella para juzgar. No podía decir nada cuando tenía un robusto agente de la ley que le cuidaba las espaldas. Los dos chicos no parecían estar nerviosos. En la cámara reinaba el silencio, pero los únicos que parecían romperlo eran ellos, que cuchicheaban en voz baja y ocultaban la risa mientras observaban a sus competidores.

Cerca de aquel dúo había una mujer de una edad más avanzada. Llevaba el pelo castaño oscuro recogido en una coleta y, por su expresión, no parecía tener muchas ganas de aguantar todo aquel suplicio. Estaba seria, pero sus cejas se mantenían fruncidas, a pesar de que tenía la mirada perdida en el suelo. Al otro extremo de la cámara había un tipo sentado en el suelo, escribiendo algo extraño en una maraña de papeles arrugados que se había sacado de los bolsillos. Parecía realmente concentrado en su tarea, tanto que Alisa estaba segura de que no había reparado en la llegada de nuevos jugadores. Le vio colocarse bien las gafas, que habían resbalado un poco por su larga y afilada nariz. 

La mirada de Alisa se desvió al hombre que había sentado en el centro de la sala. Debía tener unos sesenta años, y parecía estar tan relajado como si estuviese en una sauna. Su atuendo era algo diferente al de los demás, que venían preparados para pasar desapercibidos entre las sombras de la noche. El hombre llevaba una especie de túnica azul, similar a una especie de batín de seda. Estaba sentado con las piernas cruzadas, dejando ver que llevaba unos pantalones a conjunto, y junto a él había una bolsa de tela que protegía con su brazo. Se había situado justo frente a una pequeña hoguera, que era la única fuente de luz en aquella zona. El fulgor amarillento de las llamas se reflejaba en su calva, donde ya se podían ver algunas manchas oscuras, fruto de la edad.

Rey de corazonesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora