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Tras un paseo por las pequeñas callejuelas centrales del casco antiguo de Noblento, Harkan se detuvo ante la puertecita de cristal de una pequeña tienda. Desde el exterior, Alisa podía ver los maniquíes blancos que portaban vestidos de todo tipo. El exterior de la tienda le hizo pensar que llevaba muchos años en activo. Los bordes de madera pintados con finas líneas doradas le otorgaban un atractivo antiguo que provocaban curiosidad en el transeúnte, y le hacía sentir como si estuviese ante el lomo de un viejo tomo que albergaba miles de años de conocimientos olvidados. 

Sobre la puerta reposaba un cartel con las letras pintadas del mismo color, con una tipografía algo desgastada pero que cumplía su función: «La alacena de la elegancia».

Alisa no tenía ni idea de lo que se suponía que iban a hacer allí. Recordó las palabras de Harkan sobre ponerla guapa, y según lo que tenían delante, parecía que pretendía comprarle algo de ropa. Pero, ¿por qué? Si era algún tipo de regalo espontáneo le sabría mal aceptarlo, ya estaba haciendo suficiente por ella, pero la intuición le decía que no era eso. Era algo más complicado, algo que no le había contado.

Harkan no le dio opción a objetar. Estiró la mano hacia el pomo y empujó la puerta. Mientras entraban en la tienda, el tintineo de una campana resonó por el aire, que olía ligeramente a rosas y a frescura. El suelo de madera caoba crujió bajo sus pies. Alisa deslizó la mirada alrededor del establecimiento, que a primera vista parecía vacío. Pese a eso, estaba realmente limpio. No se veía ni una mísera mota de polvo sobre los muebles ni una mancha sobre las tablas del piso.

A su alrededor se exponían numerosas piezas únicas en su belleza. Alisa podía jurar que no había visto prendas iguales ni en los escaparates de Ugathe. Parecían nuevas, modernas, y aun así, casi de cuento, arrancadas de una fábula, como si se hubiesen estancado en el tiempo.

La puerta de cristal se cerró tras ellos con lentitud mientras Alisa rozaba el borde de un conjunto de cortes irregulares y patrones singulares con los dedos. La tela era de una suavidad extrema, tanto que a la muchacha le costó retirar las yemas de la prenda, pero se vio obligada a hacerlo cuando unos pasos ligeros rechinaron al fondo de la tienda y captaron su atención.

Una mujer bajita les sonrió desde la esquina con las manos posicionadas frente al vientre de forma servicial. Llevaba el pelo rubio oscuro recogido en un moño sujetado por unos alfileres un poco más largos de lo normal. Alisa estaba segura de que antes no había estado allí. El movimiento de la cortina tras ella indicaba que estaba en lo cierto. El repiqueteo de sus tacones negros resonó por toda la tienda cuando se acercó a ellos. Se acomodó las gafas de pasta azules con un dedo mientras parecía evaluar a sus potenciales clientes, aún manteniendo en su rostro un gesto cordial. Alisa se distrajo observando los largos pendientes anaranjados que colgaban de sus orejas, a juego con su vestimenta.

—¿En qué puedo ayudaros, pareja?

El silencio se hizo en la tienda por unos segundos. Alisa no sabía qué decir, ella también quería saber la respuesta a la pregunta de aquella mujer. Harkan no había dicho nada respecto a sus planes de aquel día y Alisa empezaba a inquietarse. Aunque no tenía claro si era por miedo a que ocurriese algo malo, o por la posibilidad de pasar tiempo de verdad a solas con él, sin la excusa de las pruebas entre ellos.

Para su sorpresa, Harkan sonrió. 

—Es un placer ver que sigues tan bien como siempre —dijo.

Alisa elevó una ceja, confundida, y la mujer se asemejó a ella por unos segundos. Recorrió al soldado de arriba abajo con ojos indagadores y, entonces, su boca se abrió en sorpresa. La alegría le inundó el rostro y no tardó en extender los brazos hacia él con gesto emocionado.

Rey de corazonesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora