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Todas las luces de la capital se podían ver desde allí. Las oscuras nubes casi rozaban las enormes ventanas de cristal que rodeaban la sala, desde el suelo hasta el techo. De ser de día, cualquiera podría haberse mareado ante aquella visión. La altura era abrumadora. Pero era lo que cabía esperar al celebrar la reunión en el ático del edificio más alto de Kheles. Por suerte, el vértigo no solía ser una característica común entre los soldados de la Vanguardia de corazones. La oscuridad aminoraba la impactante visión de los alrededores, reduciendo todo a un pozo negro sin fondo y luces lejanas. 

Harkan suspiró conforme su visión y pensamientos se perdieron más allá del cristal. Allí podía ver el reflejo de la enorme sala, que acogía en aquel instante a cerca de un centenar de soldados, todos vestidos con sus formales uniformes de bonito.

El ático estaba amueblado con cinco largas mesas que podían albergar a, por lo menos, veinte personas en cada una. En el centro de estas había dispuestos aperitivos para que pudiesen picar, aunque pocos estaban sentados ya en su sitio. El murmullo de los soldados al dialogar vibraba en las orejas de Harkan, fatigándolo. Le fastidiaba ver a tanta gente junta dentro de aquella habitación. El ruido, las risas, las formalidades... eran cosas que le molestaban. No era de extrañar que prefiriese estar solo.

De cualquier forma, él no pretendía iniciar ninguna conversación. Ni siquiera sabría cómo hacerlo. No tenía ni el espíritu ni los conocimientos para ello. No le importaban las cosas banales y sin importancia que los demás tuviesen que decirle por pura formalidad. Si alguien se acercaba a él, intentaría mantener una conversación decente, pero si dependía de él, estaba muy a gusto con su propio silencio.

Como si alguien hubiese estado escuchando desde lejos todos y cada uno de sus pensamientos, notó una presencia que se acercaba con paso tranquilo hacia su persona. Se aclaró la garganta cuando un brazo fornido le pasó por encima de los hombros. No le hizo falta girarse para ver quién era, y no lo hizo.

—¿Cómo le va la vida a mi camarada favorito? ¿ya te has casado con tu querida damisela?

La voz de Vladik resonó por las cavidades auditivas de Harkan, como un timbre insoportablemente persistente. El moreno ocultó sus ganas de pegarle un puñetazo.

—Deja de decir tonterías.

Harkan habló entre dientes, aún con la vista puesta en la ventana. El rubio, en cambio, lo miraba sin un atisbo de vergüenza. Le apretó el hombro.

—Oh, vamos —exclamó divertido—. Sé distinguir la determinación cuando la veo, tus ojos iban locos esa noche. Sé que no vas a dejarla escapar.

La sola mención de Alisa estaba empezando a hacerle sentir algo incómodo. Era algo que le encogía la boca del estómago, como si estuviese nervioso. Pero Harkan nunca lo estaba, era algo nuevo para él.

Por fin desvió su atención del cielo nocturno y volvió la cara hacia su compañero. Le dirigió una mirada de advertencia.

—No me mires así —se quejó Vladik con una sonrisilla en la cara—. Puede que haya pasado poco tiempo desde que nos vimos, pero las cosas pueden suceder muy rápido. Ya sabes, la vida es una caja de sorpresas. Una boda exprés no es algo imposible, ¿no crees?

El silencio fue la mejor respuesta que pudo darle Harkan. Que lo ignorase significaba que no le daba importancia en absoluto a sus palabras. De esa forma, quizá dejaría de decir tonterías.

—Bueno —continuó el rubio. Esta vez fue él el que posó sus ojos sobre la negrura de la noche, expectante—, si no estoy en lo cierto entonces preséntamela. No pude verle la cara bien por la máscara, pero tenía unos ojos muy bonitos. Brillantes como esmeraldas. Por no hablar de... —se interrumpió a sí mismo en cuanto notó la intensidad de los ojos de Harkan, que podrían haberle perforado la yugular de haber tenido algún tipo de poder. Le costó aguantar la risa cuando le echó una miradita a su compañero. Casi pudo sentir cómo le hervía la sangre bajo la piel— ¿lo ves? a mí no me engañas. 

Rey de corazonesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora