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Alisa sintió el líquido caliente resbalarle por los párpados, la frente y el pelo. Respirando con dificultad y con los ojos abiertos a más no poder, tanteó el cuerpo que yacía inerte sobre ella. Notó el calor de la sangre fresca bañando su cuello y tiñendo su ropa de un tono oscuro como el vino.

No podía gritar, no podía respirar, no podía moverse. Sus ojos observaron con espanto el agujero en la cabeza del grandullón, que había caído redondo y ahora le aplastaba las costillas. Los músculos de todo su cuerpo se habían crispado y notaba el corazón en la garganta. Con el estómago encogido y manos temblorosas, encontró a tientas lo que parecía ser el pecho del hombretón e intentó empujar hacia arriba para apartarlo. No tuvo fuerza suficiente para levantarlo. 

En cuanto los brazos le fallaron, paralizados por la conmoción y superados por el peso del hombre, el cuerpo cayó hacia abajo de nuevo, a peso muerto. Aquello le quitó el poco aire que le quedaba en los pulmones. La cabeza del bigotudo colgaba justo por encima de la de Alisa, su bigote le rozaba la mejilla, y la muchacha podía ver a la perfección los ojos abiertos del muerto. La sangre seguía cayendo sobre ella, como si aquello fuese un grifo abierto. Alisa intentó apartar el rostro para que no le cayese en la boca. Le entraron unas repentinas ganas de llorar mientras volvía a mover las manos bajo él, en busca de un buen punto en el que hacer fuerza.

Escuchó pasos que se dirigían con prisa hacia ella. Empujó hacia arriba en el momento que hubo posicionado las manos de nuevo en el tórax del muerto y, haciendo su mayor esfuerzo, logró alzarlo un poco en el aire. Sus brazos trémulos lo mantuvieron elevado el tiempo suficiente para tomar aire de nuevo, aunque por la aprensión Alisa se limitó a llenar levemente los pulmones en inspiraciones cortas y repetitivas. Justo en el momento en que las fuerzas de Alisa estaban a punto de fallar y se disponía a empujarlo hacia un lado, una bota gruesa le dio una patada al cadáver y lo mandó lejos. 

Alisa se quedó tendida en el suelo, jadeando como un perro. Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Aún con los ojos muy abiertos, observó a Harkan, que estaba de pie frente a ella. Entre sus manos aferraba con fuerza una pistola y aún tenía el dedo sobre el gatillo. Había sido él quien había disparado.

Alisa se pasó una mano por los ojos, intentando quitarse la suciedad de encima. Haciendo aquello, lo único que consiguió fue mancharse la mano de un rojo opaco y esparcir aún más el líquido viscoso por sus facciones. Sus manos se cerraron en un puño al intentar relajarse sin éxito, sus uñas se clavaron en las palmas de estas inconscientemente.

—Debe habernos seguido —habló Harkan.

El muchacho se había dirigido a uno de los túneles para mirar que nadie estuviese viniendo. Debía haber estado escondido en una de las otras dos grutas, escuchando en silencio y a la espera del momento perfecto para atacar. Por suerte, el soldado había llegado a tiempo. Escrutó a la muchacha, revisándola de arriba abajo.

Alisa no abrió la boca. No se veía capacitada para hacerlo aún. Con movimientos pesados se incorporó y se quedó sentada en el suelo. Desvió la mirada al cadáver tirado a su lado. Ver el agujero por donde había entrado y salido la bala le provocó unas náuseas que no se acabaron de manifestar, pero que le dejaron las tripas hechas un asco. Alisa volvió la mirada al soldado mientras apretaba más los puños.

—¿Estás bien? —le preguntó él, ante su repentina mudez.

Las palabras en la boca de Alisa se cortaron, pero Harkan logró entender el punto que quería abordar.

—¿Por qué...?

Sabía que el hombre no era una buena persona y que había ido a por ella para robarle la carta, pero aquello le ponía los pelos de punta. Harkan lo había matado. Jamás había pensado que lo vería asesinar a nadie. Su personalidad no era del todo fácil, pero no se lo había imaginado matando a nadie en ningún momento. Y, sin embargo, no había dudado ni un solo instante en apretar el gatillo. 

Rey de corazonesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora