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—Yo confío en él.

A pesar de todo, aquellas palabras salieron firmemente de la boca de Alisa.

—¿Qué te hace pensar que de verdad quiere ayudarte?

Alisa no estaba segura de ello. No sabía muy bien el porqué de nada. No acababa de entender del todo los motivos que tenía Harkan para ayudarla, pero ella misma no era consciente del porqué de su rápida confianza en él. Quizá era porque había llegado como un rayo de luz para ayudarla en un momento crítico. Pero Alisa lo veía en sus ojos. Esa determinación, esa convicción.

—Sus ojos... —empezó ella— me dicen que no miente.

Kane bufó, girando hacia un lado la cabeza.

—Es verdad que son peculiares —admitió—, pero son ojos fríos.

—Me sentí segura a su lado —le confesó Alisa. Por algún motivo sus mejillas se tiñeron de un leve color rosado. Pero era cierto. Habían estado muy poco tiempo juntos, y aun así durante aquellos pocos minutos, pese a los nervios, se había sentido a salvo. Las piernas habían dejado de temblarle.

Él la observó serio. Empezó a caminar por la sala, inquieto. Al final, se apoyó sobre el respaldo del sofá de piel negro, recostándose ligeramente mientras se cruzaba de brazos. Alisa se vio obligada a darse media vuelta en su dirección. El frío aire de fuera se coló por el trozo abierto de la ventana. La corriente le rozó a Alisa las piernas y los hombros, provocándole un escalofrío. Se abrazó los codos.

—Alisa, no puedes caer por cualquier chico que te dé un poco de atención—Kane la miró, frunciendo el ceño con cara de preocupación. Negó con la cabeza—. No en este tipo de situación.

Se sintió avergonzada. No es eso, pensó. Era algo distinto, un sentimiento extraño. Como si ya se hubiesen visto antes y lo conociera desde hacía tiempo.

—Si hubiese querido hacerme daño ya lo habría hecho, ¿no crees? —volvió a repetirle— Ha tenido múltiples ocasiones para hacerlo esta noche y no lo ha hecho. No creo que haga ningún movimiento ahora que está solo —Alisa se tomó un momento para meditar el asunto—. Lo más lógico habría sido hacerlo cuando estaba con sus compañeros. Además, ¿para qué hacer todo el paripé si en realidad ese fuese su objetivo? Lo mejor hubiese sido acabar rápido y listo.

—A lo mejor es un sádico al que le gusta jugar con la gente —sugirió el hombretón. 

Alisa rodó los ojos ante aquella idea. Harkan tenía cara de ser alguien que no pierde el tiempo. De algún modo aquello no parecía cuadrar con él, aunque si recordaba su rostro manchado de gotitas de sangre...

—De cualquier forma, es mi mejor opción ahora. Pongamos que te hago caso y salgo por la ventana. Bien, ¿y luego qué?

Entonces el señor Clover se mantuvo en silencio, observándola, para luego desviar la mirada hacia el ventanal abierto. Ese silencio fue suficiente para Alisa. Él lo sabía. Sabía que era una opción arriesgada, demasiado improvisada como para formar un plan sólido en un par de minutos con un resultado positivo. Una vez que pusiera un pie en aquel patio abandonado y saliese corriendo, estaría sola. Durante mucho tiempo, si es que lograba subsistir. No tendría a dónde ir.

Pese a todo, para Kane aquella no era una opción. No se fiaba del ejército. Solía ser precavido, pero en aquella situación no le parecía una opción viable. No quería dejarla en manos de uno de ellos, con la incertidumbre de no saber lo que pasaba por la mente del muchacho. Y sin embargo, parecía que aquella, al final, era su única opción. Aunque le quemase el corazón pensarlo.

—Él ha dicho que me ayudaría —la chica insistió en el tema, y Kane la escuchó sin abrir la boca, sabiendo que todas y cada una de las palabras que pronunciaba eran ciertas, muy a su pesar—. Me ofrece al menos un futuro. Con tu alternativa al final me quedo sola a la intemperie. Sin rumbo fijo, sin un destino. Sin saber dónde caer muerta. Tengo más posibilidades de aguantar yéndome con él, aunque más adelante me entregue o me mate.

Rey de corazonesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora