☪Capítulo XLV

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Ares

Si desde ya, odiaba tener que soportar a tantos dioses en mi casa, ver a Afrodita sonreír con la bastarda fue la gota que colmó mi paciencia.

Podía soportar tenerla cerca, podía tragarme que caminase con libertad entre nosotros, pero jamás soportaría verla junto a los traidores que tiene como padres.

No mientras yo viva y esté al mando.

Y no era el único enfadado. Sentía perfectamente el aura de Seth, la cual no era muy ajena a mi situación. El pequeño no había aceptado muy bien no estar en la fiesta, pero era lo mejor para preservar su identidad.

Aun no era el momento de que sepan de él. Cuando el idiota de mi hermano se dé cuenta, va a ser demasiado tarde para intentar cualquier cosa.

La bastarda mira en mí dirección mientras le habla al segundo arcángel y la osadía de su mirada me dan ganas de cortarle la garganta.

¿Quién se cree que es?

Parece que volverse la perra de mi hermano y parirle hijos le subió los humo a la cabeza. Pero para su mala suerte, pronte me encargare de bajárselos.

—¡No lo soporto más! – exclaman a mi derecha.

Ladeo el rostro para encontrarme con la perfecta e inigualable diosa de la primavera.

Una diosa completa, capaz de someter a cualquiera bajo su radar, como sucedió conmigo. Muy a mi pesar, debo reconocer que todo esto también es por ella. Por todo lo que le hicieron pasar.

Y por estas ganas horribles de ponerle el mundo a sus pies.

—Pues te aguantas. – respondo bebiendo. —Todo a su tiempo querida.

Por más que entienda, no voy a tolerar que sus arranques de celos destruyan mis planes. No después de haber esperado tantos años por otra oportunidad.

Asiente no muy convencida.

La situación pronto giraría a nuestro favor, no tengo dudas al respecto.

Pronto, Miguel y Afrodita sabrán lo que conlleva meterse conmigo. Pronto, Hades, pagara por la osadía de desafiarme en el pasado.

Muy, pero muy pronto, todos los traidores caerán.

Mi hijo, el pequeño demonio que tanto me esfuerzo por cuidar y proteger, reinara el inframundo, dándome entrada libre y total control sobre los demonios.

Y con ello, poder absoluto sobre tres de los cuatros reinos.

—Ve con Seth – ordeno. —Temo que nuestro mini demonio saltara por alguna pared en cualquier momento.

—¿Qué?

Me mira sin entender, pero el entendimiento le llega pronto cuando siente el aura de su hijo.

—Veté – repito. —Asegúrate de que nadie lo vea rondar por el lugar. Muchos menos, que se cruce con alguien del inframundo.

—Como digas – responde.

Se para con intención de irse, pero la detengo del brazo. Deslizo mis dedos hasta rozar su palma, la cual alzo y dejo un casto beso en ella.

—Dile que iré pronto.

El rostro de Seth se aparece en mí mente y soy consciente de cómo debe estar. Como también sé lo que eso puede causar.

Enseñarle control no ha sido fácil, hemos avanzado, pero, aun así, su naturaleza es demasiado difícil de controlar fuera del inframundo.

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