Capítulo 34

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— ¡Ah!

El calor. Tsukishima liberó una pesada y caliente bocanada de aire y arqueó la espalda. Las manos que antes se aferraban a las sábanas húmedas empujaron y se aferraron a la caliente superficie de la espalda del hombre que se empujaba lentamente en su interior. Tan ardiente. Piernas apretándose, dedos contrayéndose y feromonas que bailaban expresándose en salvaje deseo, tan profundamente, con tal desesperación, tal y como los cuerpos que se enredaban con insistencia, en la pasión que los hacía temblar y estremecerse.

Deseando con ansia.

Codiciando con desesperación.

Con tal desesperación y angustia...cómo si estuviera a punto de morir en una terrible agonía.

— Kei...

Tsukishima agitó la cabeza, sus dedos apretándose sobre la piel caliente. Apretó la mandíbula. Caliente, palpitaba con fuerza y se hinchaba en protuberancias largas y gruesas sobre la tierna piel de su húmedo canal, apretando, frotando y quemando con ardor, con deseo, con ansia. Tan lentamente, la cabeza grande y redondeada se frotaba con placer, se conducía entre su calor empujando fluidos que hacía tiempo que se habían impregnado en las sábanas blancas y él se retorcía en angustia, en el dolor y la lasciva que se mezclaba y derramaba en humedad y calor.

Un calor que era tan sofocante y que lo intoxicaba.

Tanto.

Tan desesperado que no podía más y quería gritar, tanto que sus lágrimas y lamentos clamaban, por el hombre que lo sostenía tiernamente y lo tomaba con un hambre tan brutal, con un ansia de destrucción que su cuerpo codiciaba ¿Por qué? No podía, no podía, dolía y quemaba, ardía y se sentía como si estuviera desgarrándolo, partiéndolo y destrozando lentamente. Estaba sofocado y no podía respirar, apenas era capaz de suspirar, apenas podía mantenerse cuerdo, pero la voz que lo llamaba y susurraba palabras tan sucias, los labios que lo besaban y el miembro duro que se empujaba en su interior en crujidos y chapoteos obscenos ¿Por qué? ¿Por qué? Tal codicia...

El instinto que despertaba y dominaba su razón lo quería tanto.

— ¡Ah! No...no...Kuroo, yo...ya...ah...ah...

Lo quería, lo quería, ser su todo, todo.

Se apretó contra él. Sus piernas se enredaron y apretaron, estaba temblando y lo sentía en la piel, quería gritar, quería suplicar y retorcerse. Tan cerca, tan cerca del límite, tan bueno, tan duro, tan caliente, tan dulce que no dudó siquiera un segundo en entregar lo que quedaba de su racionalidad.

Más. Ya no podía, ya no, aun así quería sentirlo hasta el punto en el que estuviera seguro que ya no quedaría nada de él, el deseo de un Alfa sobre su piel, en su cuerpo, en su interior, en su vientre. Lo quería, lo quería, lo quería, lo quería y ese deseo era tan devastador cómo la voz que le decía que tenía que tomarlo porque era suyo y que tenía que entregárselo todo porqué le pertenecía. Más. Más. Más.

No podía y no era suficiente, no entendía, sin embargo sabía lo que quería, sabía que lo quería, que lo quería a él más que a nada en este momento, que lo amaba, lo amaba, lo amaba, lo amaba tanto que las lágrimas que se derramaban de sus ojos eran dicha, gloria encontrada en la agonía del placer y el deseo que se derramaba sin consideración. Lo amaba, todo, todo, todo, lo amaba tanto que no sabía qué hacer, lo amaba, lo amaba y quería que él lo amara.

Be Mine, Dear  [Omegaverse]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora