Capítulo 47

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Genevieve
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Observo a Max en silencio.

Acabo de contarle que estoy embarazada, que Jagger me dijo te amo sin decírmelo y que yo aún no le digo nada acerca de mis sentimientos o que estoy esperando a su bebé. Todo mientras él conduce y me lleva a casa de Jagger. Los ojos oscuros de Max me observan con fijeza cuando se detiene en un semáforo y no puedo descrifrar que quiere decirme.

—Debes decirle.

Arrugo las cejas.

—¿Qué lo amo o que vamos a tener un bebé?

Se encoge de hombros indignado, viéndome con obviedad antes de acelerar.

—Las dos cosas, Vee. ¿Desde cuándo te guardas lo que sientes? —cuestiona—. Pasar tiempo con él te está afectando —bromea, haciéndome reír —¿Hace cuánto lo sabes?

—Hace como dos semanas, un poco más —juego con mis dedos —. Un día después de que le quitaran a sus hijos. —Suelto una risita sarcástica —. No puedo decirle, Max. Que vea a los niños no quiere decir que ya está tranquilo, pasa estresado y decirle que estoy embarazada lo haría alejarme.

—¿Qué te asusta?

Me mordisqueo una uña. Debo pintarlas, están empezando a ponerse feas. Dirijo mi vista a Max. Siento que los ojos se me humedecen y los labios me tiemblan.

—Que no lo quiera... porque yo lo quiero, pero si él no... entonces yo... tendríamos que dejarlo. —Me paso las manos por la cara —. Porque no voy a quedarme si él no lo quiere. Y me dolería, porque no solo lo dejaría a él, dejaría a los bebés, pero yo no me quedo donde no me quieren.

Max frunce las cejas y niega con la cabeza. Sujeta una de mis manos y le da un apretón fuerte.

—No, Vee. Ese hombre te quiere y te quiere en su vida —me ve —¿Por qué lo haría, Genevieve? ¿Por qué te alejaría cuando llevas a su bebé?

—Porque me dijo una vez que no quería más hijos —susurro.

Vuelve a arrugar las cejas.

—¿Cuándo vas a darte cuenta de la manera en la que ese hombre te ve cuando estás con sus hijos? —cuestiona —. Eres chismosa, observas todo y no notas lo perdido que lo traes —hago una mueca —, ¿es aquí? —cuestiona señalando una calle sin salida de la comunidad que lleva directo a la casa de Jagger.

Asiento.

—Max, que le guste verme con sus hijos no quiere decir que quiera otro.

—A veces eres terca —rueda los ojos dando vuelta en la propiedad y dejándome frente a la entrada —, pero debes decirle, listo o no, debe saberlo y tú debes saberlo. Solo así podrás saber que quiere realmente. ¿De quién es ese auto?

—De la abogada —ruedo los ojos bajándome del carro —. Gracias por traerme.

—¿Celosa de que te quiten al papá de tus bebés? —dice entre risas, le enseño el dedo del medio —. Estoy feliz por ti, Vee. Cuentas conmigo para lo que necesites. Incluso si debo venir a patear culos millonarios.

—Como si tu no tuvieras un culo millonario.

Max ríe.

—No tanto como el suyo.

Le sonrío y le lanzo un beso antes de agradecerle una vez más. Él se va hasta que entro a la casa, que está inundada de un perfume dulzón asqueroso que me causa náuseas.  Es peor cuando me adentro en la cocina y saludo a Jagger. El perfume de la mujer se intensifica igual que mi malestar. Intento irme, pero Jagger me pide que me quede porque parece que la psicológica que empezó a ver a los niños ayer, va a llamar y hacerle saber que fue lo que Hope dijo. Escucho lo que la doctora dice, pero también noto los ojitos que la abogada le hace Jagger y el muy cabrón no pone su actitud de culo con ella. De hecho, es demasiado amable para mi gusto, incluso si lo hace inconscientemente.

InefableDonde viven las historias. Descúbrelo ahora