Capítulo 15

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Reencuentro

Silvia

Ahí estaba...
Justo la persona que menos quería ver: Anastasia.

Sentí cómo algo me ardía por dentro, una mezcla de rabia, celos y orgullo herido. Quise controlarme. No podía armar un escándalo en el hospital, menos ahora. Respiré hondo, me mordí los labios y caminé directo hacia el otro lado de la habitación, donde estaba René.

—Hermana, ¿todo bien? —me preguntó, notando mi gesto tenso—. Tienes cara de que acabas de ver a tu peor enemigo.

—Estoy bien —mentí entre dientes—. Solo que... está una perra del otro lado.

—¿Qué dijiste? —me miró con sospecha.

—Nada, hermano —respondí rápido, cambiando de tema—. ¿Te han dicho algo de Jorge?

René suspiró.

—Sí. Salió una enfermera a decirme que está igual, pero con una pequeña mejora. Su presión ya se estabilizó.

Vi cómo bajaba la mirada, como si ocultara algo.

—René... —le tomé la mano—. ¿Hay algo más que no me has dicho?

Él vaciló un momento antes de responder.

—La enfermera me dijo que va a tardar en despertar. No saben cuánto, pero... máximo un día más.

Una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro.

—Entonces aquí estaré —susurré—. Aquí estaré cuando despierte.

Me senté a su lado y recargué la cabeza en su hombro. Por primera vez en horas, logré cerrar los ojos unos minutos.

Al día siguiente...

Salí por un café americano. Mis ojos pesaban como si cargaran todo el cansancio de los últimos días. René y Alma se habían ido al departamento a descansar, pero yo no podía moverme de ahí. Algo dentro de mí me decía que debía quedarme.

Cuando regresé con el café, una enfermera se acercó con una carpeta en la mano.

—Disculpe, ¿usted es familiar del señor Jorge Salinas? —preguntó.

—Sí, soy yo. ¿Qué sucede? —respondí con una sonrisa nerviosa.

—Ya lo pasaremos a piso. Despertó. Hace un rato vine a buscarla, pero no la encontré. No ha dejado de repetir el nombre de una chica... creo que es Silvia. ¿Usted sabe quién es?

Mi corazón se detuvo.

—Soy yo. —sentí que todo mi cuerpo temblaba.

—Perfecto, en unos minutos podrá verlo. Le avisaré cuando esté listo el cuarto.

No supe qué decir. Solo asentí mientras la enfermera se alejaba. El café en mi mano ya estaba frío.

A los veinte minutos, la enfermera regresó con una sonrisa:

—Puede pasar, señorita.

Me levanté de golpe. Apenas pude respirar. Caminar hacia ese cuarto fue como avanzar por un túnel lleno de recuerdos, de miedo y esperanza.

Cuando abrí la puerta, lo vi.
Ahí estaba Jorge.

Conectado a las máquinas, pálido, pero vivo.

Solté la bolsa al suelo y corrí hacia él. Lo abracé con cuidado, sintiendo cómo las lágrimas me ardían en las mejillas.

—Hola, mi pecas —susurró con voz ronca—. Extrañaba ver esos ojos verdes... y esas pecas que tanto me gustan.

Me quedé inmóvil. Su mano subió despacio hasta mi mejilla. Sentí su calor, su vida, su regreso.

—No digas eso —le respondí entre risas y sollozos—. Obvio que te extrañé, tonto. Tres días sin verte fueron una eternidad.

—Ya no llores, pecas. Acuérdate: hierba mala nunca muere. —me sonrió débil, y me limpió las lágrimas con el pulgar—. Me le escapé a la calaca.

Solté una risa entrecortada.

—Tenemos tantas cosas pendientes por hablar, Salinas... pero por ahora solo quiero verte respirar. —Le acaricié el rostro—. Estoy tan feliz de tenerte otra vez conmigo.

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