Verdades a Media Luz
Silvia
Ahí estaba, sola, en la habitación de Jorge.
El silencio era tan denso que podía escuchar el latido acelerado de mi corazón. Mis manos temblaban, no sabía si por miedo, emoción... o por ambas cosas.
—¿Cómo que pecas? —me dijo con esa sonrisa suya, tan suya, la que mezcla picardía con ternura.
—Sobre lo del beso, Jorge. Y lo que dijiste... que te gustó. —le respondí viéndolo directo a los ojos.
—Eso que pasó, Silvia, fue real. Yo sé que tengo fama de mujeriego, pero por primera vez en mi vida me enamoré de alguien. Y esa persona eres tú. Créeme, hice de todo por evitarlo, pero el corazón... siempre traiciona al cerebro. —tomó mi mano con cuidado, con una calidez que desarmaba cualquier defensa.
—Yo... Jorge, no sé qué decir. También estoy sintiendo cosas, pero tengo miedo. Miedo de salir lastimada otra vez... —me cubrí el rostro para esconder las lágrimas.
Él apartó mis manos con dulzura, levantando mi barbilla con un solo dedo.
—Hey, no llores, pecas. Yo no voy a hacerte daño. Por ti soy un hombre distinto. Mi pasado quedó atrás desde el momento en que te conocí
Y yo le creí.
No sé por qué, pero le creí. Su voz sonaba honesta, sus ojos tenían algo que no había visto antes en él: verdad.
Le sonreí débilmente, y él besó mi mano. Luego se hizo a un lado en la camilla y me hizo una seña para que me recostara junto a él.
—Jorge, te voy a lastimar. Mejor me voy al sillón.
—No, pecas. Se te nota en la cara que no has dormido nada. Ven, acuéstate aquí.
—Pero... —alcancé a decir, antes de que me mirara con esa mezcla de ternura y tristeza que me rompió.
—Está bien, como quieras. Pero aquí hay espacio para los dos. No me vas a lastimar.
—Conste, Jorge. Solo porque quiero cuidarte. Pero te advierto, doy patadas y manotazos cuando duermo. —dije entre risas.
—No te preocupes, pecas. —respondió mientras levantaba la cobija.
Me quité los tenis, el saco, y me recosté a su lado, con cuidado de no tocar su herida. Apoyé mi cabeza sobre su pecho, escuchando su corazón. Un beso suave en mi cabello fue lo último que sentí antes de quedarme dormida.
⸻
Jorge
Verla dormir a mi lado era como ver la paz en persona.
Tenía las mejillas rosadas, el cabello castaño desordenado cayendo sobre mi brazo, y un aroma dulce a fresas llenaba la habitación. Cada peca en su rostro parecía contarme una historia.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que todo estaba bien.
Cuando tocaron la puerta, susurré un "pasen" apenas audible. Era René, con Alma detrás.
—¿Qué hace mi hermana ahí, Salinas? —preguntó con una ceja levantada.
—Ssshh... cállate. Al fin durmió. —le contestó Alma, poniéndose las manos en la cintura.
—No quería acostarse aquí, pero la convencí. Y mírala, duerme como un angelito. —le aparté un mechón del rostro.
—Cuidadito, Salinas. Si no te moriste por esa bala, yo te mato. —bromeó René.
—Tranquilo, no le hago nada. —levanté las manos fingiendo rendición.
—Ya, parecen niños. —dijo Alma, tomando del brazo a René—. Vámonos, mañana traigo ropa para Silvia.
Se fueron, y volví a mirarla. Movió un poco la cabeza, acomodándose en mi pecho. No quise ni respirar para no despertarla.
Busqué mi celular, pero no lo encontré. Quería llamar a mi hermano Ricardo, el médico que trabajaba en Miami. Me acordé de cuánto nos costó salir adelante juntos. Todo lo que hice, cada sacrificio... valió la pena.
El brazo ya se me dormía, pero no me importaba. Silvia estaba cómoda. Y eso bastaba.
Hasta que la puerta se abrió.
Y el aire cambió.
Anastasia.
Suspiré. No era momento ni lugar.
—Vaya, con que ya tienes nueva amante, Salinas. Qué poca cosa te conseguiste. —rió con desprecio.
—Anastasia, sal de aquí. No quiero problemas. —le advertí, bajando la voz para no despertar a Silvia.
—¿Es tu amante? ¿Con esa me cambiaste? —dijo, más fuerte.
—Baja la voz. Tú y yo hablaremos después. Pero déjala en paz. Ella no tiene nada que ver con esto.
Su sonrisa se volvió cruel.
—Deja que se entere de que me hiciste abortar un bebé tuyo... y te va a odiar toda la vida.
El silencio se rompió con una voz temblorosa detrás de mí:
—¿Qué... qué le hiciste hacer qué? —dijo Silvia.
Se me heló la sangre.
—Así como lo escuchaste, enana. Me hizo abortar un bebé porque no quería ser padre. —Anastasia se acercó, sonriendo como si disfrutara el daño.
—Silvia, pecas... déjame explicarte, por favor. Esta mujer está loca. —intenté defenderme, pero las palabras se me ahogaban.
—¡Tú, Salinas! En tu vida me vuelvas a hablar. ¡Te odio! —gritó entre sollozos, cubriéndose el rostro antes de salir corriendo.
—¡Ves lo que hiciste, Anastasia! —grité, tratando de levantarme. El dolor me partió en dos.
—Tú te lo buscaste, Jorge. —dijo antes de irse, dejándome ahí, roto.
Ignoré el dolor, me puse las pantuflas y salí como pude. Tenía que encontrarla.
⸻
Silvia
No sabía a dónde ir. Solo corrí.
El corazón me dolía tanto que me costaba respirar.
No podía asimilar lo que había escuchado. Jorge, el hombre que empezaba a amar... había destruido una vida.
Tomé un taxi sin destino claro. Terminé en el departamento nuevo, el que apenas estaba amueblando. Quería estar sola.
Llamé a la aseguradora, avisé que me quedaría ahí por un tiempo. Entré al baño, me duché con agua helada. El frío me devolvió un poco de conciencia. Pedí pizza, helado, todo lo que calmara el vacío.
Pero ni eso ayudó.
Tiré la comida, me abracé las piernas y lloré hasta dormirme.
Desperté a las cinco de la mañana con los ojos hinchados. Tenía treinta llamadas perdidas: Alma, René, el hospital. No quise contestar.
Solo quería seguir. Fingir que nada pasó.
Me puse el uniforme, llamé a Susy y pedí volver al trabajo. Le rogué que no dijera nada.
Cuando llegué al hospital, lo último que esperaba era encontrarlo ahí.
Sentado detrás de mi escritorio.
—Pecas... ¿dónde te metiste? —dijo con voz suave.
—En donde no te importa. Por favor, sal de mi oficina.
—No me iré hasta que me escuches.
—Entonces quédate. Yo tengo trabajo. —intenté irme, pero sentí su mano apretando mi brazo.
—Silvia, no quiero que te enojes conmigo por algo que hice. Déjame explicarte.
—Suéltame, Jorge... —dije conteniendo las lágrimas.
Ya no sabía si lo amaba o lo odiaba.
Pero sí sabía una cosa:
Nada volvería a ser igual.
ESTÁS LEYENDO
El destino
Roman d'amourSilvia una joven de tan solo 20 años pasó la desgracia de su vida, después de sufrir un abuso de parte de tu pareja Fernando y que el pasado no la dejara en paz. Decidió irse a estudiar a Roma, Italia para librarse de su pasado y sus tormentas. Lo q...
