Entre silencios y sombras
Silvia
Alma pasó por mí y fuimos al centro comercial más cercano a mi casa.
Elegimos un Starbucks. Yo pedí un latte, ella un café americano. Buscamos una mesa al fondo, lejos de las miradas curiosas. No quería que nadie escuchara lo que tenía que decir.
—A ver, Silvi, cuéntame —me dijo, mirándome con esos ojos que siempre parecen ver más allá—. ¿Cómo has estado?
—He estado... bien. ¿Y tú? —contesté, jugando con mis dedos.
—Mi vida, tú no estás bien —respondió, apoyando la taza sobre la mesa—. Tú nunca sales sin maquillarte, y ahora ni siquiera me miras a los ojos.
Bajé la cabeza. Tragué saliva.
—Alma, Fernando... —Intenté hablar, pero las palabras se atoraron en mi garganta. Sentí los ojos húmedos.
Ella me observó con seriedad.
—¿Qué te hizo, Silvia? Porque para verte así, fue algo muy grave.
—No sé cómo contarte... tengo miedo. Si te lo digo, él podría hacerte algo —susurré, apenas respirando.
—Silv, ya me imagino. Pero dímelo. Te prometo que no voy a hacer ningún escándalo, solo háblame claro —me tomó la mano con firmeza.
Cerré los ojos.
—Llegó ayer... borracho. Nunca lo había visto así. Apenas unas veces había tomado, pero nunca de esa forma. —Sentí que la voz se me quebraba.
—Ya, Silvia, dímelo sin rodeos —dijo, desesperada, llevándose las manos al cabello.
—Desperté en la madrugada... lo vi encima de mí. Le dije que no quería, que estaba borracho. Pero no me escuchó. Dijo que todas las mujeres querían con él. —Las lágrimas me nublaron la vista—. Intenté quitármelo, no pude... y... pasó. Después no recuerdo nada, solo desperté llena de moretones. Mira... —Señalé mi cuello con vergüenza.
Alma apretó los puños, su rostro ardía de rabia.
—Ese maldito... te juro que la va a pagar muy caro. No está solo contigo, Silvi. No está solo —me dijo con voz temblorosa—. ¿Ya se lo dijiste a tus papás o a tu hermano?
—¿Estás loca? ¡Si se enteran lo matan! —dije entre sollozos—. Alma, júrame que no vas a contarle nada a René. Si lo hace, se busca una desgracia.
—Pero, Silvi... —intentó decir.
—No, Alma. Júralo —le exigí. Tenía tanto miedo que apenas podía respirar.
Ella suspiró.
—Está bien, te lo juro. Pero prométeme tú que no vas a quedarte callada para siempre. Esto puede acabar mal.
Se levantó. —Voy al baño, ya vuelvo.
Mientras se alejaba, sentí una mirada. Una presencia. Mi piel se erizó.
Giré apenas la cabeza y, antes de poder reaccionar, una mano me tomó del brazo.
—¿Qué haces aquí, cariño? —Era Fernando.
Su voz sonaba suave, pero sus ojos... sus ojos daban miedo.
—Solo vine a tomar café con Alma —respondí, intentando mantener la calma.
—Vámonos a casa —ordenó, apretándome el brazo—. Sabes que no me gusta que salgas sola. Y menos con esa amiguita tuya.
Intenté decir algo, pero no pude. Mi cuerpo no me obedecía.
—Vas a decirle que te sentiste mal y que te fuiste. Ya. —Su tono era frío, autoritario.
Asentí. Obedecí.
Salí abrazada de él, fingiendo que todo estaba bien. Pero por dentro temblaba. Quería correr, gritar, desaparecer. Lo amaba, sí... pero también lo temía. Y eso me mataba.
Al llegar al departamento, un olor fuerte me golpeó.
Marihuana.
Fernando se tiró en el sillón. Yo aproveché para encerrarme en mi habitación. Era temprano, pero sentía un cansancio que no era físico. Me puse la pijama y me acosté.
Eran apenas las cuatro de la tarde.
Pasaron dos meses. No volvió a tocarme, lo cual ya era un alivio. Pero llegaba distinto, ausente, cada vez más extraño.
Una tarde, recibí una llamada en el trabajo. Era mi padre.
—Hija, hemos cancelado tus tarjetas —su tono era seco.
—¿Qué? ¿Por qué? Si solo las uso para la comida, papá.
—Nos llegaron correos de compras en bares y farmacias. Todos los días. —Pausa—. ¿Qué está pasando, Silvia?
—Papá, yo no he comprado nada. No salgo. Trabajo todo el día. Te lo juro —mi voz se quebró.
—Ya basta, hija. No me mientas —dijo antes de colgar.
Sentí que el piso se me movía. ¿Cómo podía explicarle que yo no era la que gastaba? Que el monstruo que vivía conmigo era quien se llevaba todo.
Pasó una semana sin saber de ellos. Hasta que una tarde, mientras estaba en mi cuarto, un mareo me hizo correr al baño. Vomité con fuerza. Me quedé temblando, sin saber qué me pasaba.
Con lo poco que me quedaba de dinero, fui al doctor.
—Silvia Navarro —llamó una enfermera—. Puede pasar.
El médico me revisó, pidió unos análisis y me pidió esperar una hora para los resultados.
Esa hora fue eterna. Sentía que el corazón me latía en las sienes.
Tenía miedo de lo que estaba por escuchar... y, sin embargo, en el fondo de mi alma, una sospecha ya me estaba gritando la verdad.
ESTÁS LEYENDO
El destino
RomanceSilvia una joven de tan solo 20 años pasó la desgracia de su vida, después de sufrir un abuso de parte de tu pareja Fernando y que el pasado no la dejara en paz. Decidió irse a estudiar a Roma, Italia para librarse de su pasado y sus tormentas. Lo q...
