Capitulo 4

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El llanto que no nació

Silvia

Desde que entraron mis padres a la habitación, supe que las preguntas no tardarían en llegar.
Mi madre me miraba con esa mezcla de ternura y sospecha que solo una madre puede tener.
—¿Qué te pasó, hija? Esos moretones no parecen un simple accidente.

Me quedé en silencio unos segundos, con el corazón latiendo desbocado.
—Me caí de las escaleras —mentí, bajando la mirada.

—¿Y Fernando? —intervino mi hermano—. ¿Por qué no está aquí contigo?

—Está de viaje. De negocios —respondí con voz apagada.

Alma me miró con rabia. Esa rabia contenida de quien ha visto la verdad y ya no soporta el silencio.

Entonces, la enfermera entró con un sobre blanco. Lo abrí con manos temblorosas, y allí estaba: la primera foto de mi bebé. Mi pequeño guerrero, mi pedacito de cielo. Era cierto lo que dijo Alma: se parecía muchísimo a mí.

—¿Cómo se va a llamar mi nieto? —preguntó mi padre, intentando sonreír.

—Le pondré Ángel —respondí, acariciando la fotografía—. Porque eso es... mi pequeño ángel.

En ese momento, Alma dio un paso al frente. Tenía la voz temblorosa.
—Perdóname, Silvia, por lo que voy a hacer —dijo, tomando aire—. Pero ya no puedo quedarme callada. Ella los ha estado engañando. No se cayó de las escaleras. ¿Por qué no les dices la verdad?

Sentí que el suelo se desmoronaba bajo mis pies.
—¿Es cierto, hija? —preguntó mi madre, con los ojos llenos de lágrimas.

Tragué saliva. No tenía sentido seguir ocultándolo.
—Sí, mamá... todos estos meses he estado sufriendo abusos de Fernando. —Me cubrí el rostro con las manos mientras las lágrimas me vencían.

Mi hermano apretó los puños, su respiración se volvió pesada.
—No puedo creerlo, hermana. ¿Por qué no nos dijiste nada?

—Porque tenía miedo —respondí entre sollozos—. Miedo de que me quitara al bebé, miedo de que me matara.

Mi padre se llevó una mano al pecho.
—Entonces... ¿no fue una caída, verdad?

Negué con la cabeza.
—No. Él llegó anoche, me golpeó... me obligó... y dio un golpe muy fuerte en mi vientre.

Alma me tomó la mano con firmeza.
—Desde la primera vez que la lastimó le rogué que hablara, que pidiera ayuda. Pero tenía demasiado miedo.

—¿Desde la primera vez? —repitió mi padre, incrédulo—. Dios mío...

Les conté todo. Cada golpe, cada noche de abuso, cada mentira para ocultar la vergüenza y el terror. Les conté todo, con miedo, pero con el alma cansada de callar.

Esa noche me quedé dormida por los medicamentos, y no supe a qué hora se fueron.

Al amanecer, desperté con un alboroto en el pasillo. Gritos, pasos apresurados. Me sentía débil, pero noté que estaba sola. La puerta se abrió de golpe. Era mi hermano, con el rostro desencajado. Detrás de él entró un joven médico, de unos veintitantos años. Tenía unos ojos color miel que irradiaban calma, aunque su expresión era sombría.

—Hermana... pasó algo —dijo mi hermano, con la voz rota.

El corazón se me detuvo.
—¿Mi bebé? ¿Qué pasa con mi bebé? —pregunté desesperada.

—Muñeca... —le tembló la voz—. Tu bebé... se ha ido. Se convirtió en el ángel que es.

Sentí que todo mi mundo se desplomaba.
Grité, golpeé a mi hermano, lloré como nunca antes. No podía ser verdad. ¡Mi bebé no podía haberse ido! Intenté levantarme, pero el mareo me venció. El doctor se acercó y me inyectó algo. Todo se volvió borroso.

Cuando desperté, ya era de noche. Alma estaba a mi lado.

—Hey, ya estás con nosotros otra vez —me dijo con una sonrisa triste.

—¿Dónde está mi bebé? ¿Y mis padres? —pregunté con un hilo de voz.

—Tus padres y tu hermano fueron a buscar a Fernando, pero... desapareció. —Bajó la mirada.— Tu bebé está en la funeraria. Te estaba esperando para llevarte.

Sacó un pequeño bulto de ropa negra de la mesa.
—Ten, te traje algo para cambiarte.

La miré con ojos vacíos.
—No me gusta usar negro, pero hoy... creo que lo amerita. Mi hijo se fue y se llevó mi brillo con él.

Alma se acercó y me abrazó fuerte.
—No digas eso, mi solecito. No fue tu culpa. Todo esto es culpa de ese desgraciado. Pero te juro que va a pagar.

—Si lo hubiera denunciado la primera vez... —sollozé—, mi bebé estaría aquí.

—No pienses así. Tú solo querías sobrevivir —me respondió con ternura.

Poco después, entró el mismo doctor que había estado antes.
—Hola, soy Jorge Salinas —dijo con voz cálida—. Fui quien atendió tu parto y cuidó a tu bebé. Quiero que sepas que no murió por tu culpa. Nació con un soplo en el corazón y complicaciones respiratorias. Luchó... pero no resistió.

—Doctor... —murmuré, evitando mirarlo a los ojos porque en ellos había una paz que me desarmaba—. Si no hubiera permitido tanto... si hubiera sido más fuerte...

—Silvia, tú no tienes culpa. El culpable fue él —dijo, apretando la mandíbula—. Nadie merece lo que tú viviste.

Sacó una tarjeta de su bolsillo y me la dejó en la mano.
—Por si algún día necesitas hablar con alguien... o un amigo. Llámame.

Y salió, dejándome una extraña sensación en el pecho. Entre el dolor, había algo en su mirada que me devolvía un mínimo rayo de esperanza.

Alma regresó con la silla de ruedas. Me ayudó a sentarme, y salimos del hospital.

Cuando llegamos a la funeraria, la sala de velación estaba silenciosa. En el centro, un pequeño ataúd blanco reposaba bajo la luz tenue.

Era tan diminuto... tan frágil.
Y comprendí que, aunque su vida fue breve, había dejado en mí una huella eterna.

Mi hijo no respiró el aire de este mundo, pero vivirá en el mío para siempre.

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