No deseado, sin amor
Silvia
Esperé como me indicó el médico. No entendía por qué estaba tan nerviosa si solo era un mareo... pero estar sola en el consultorio me hacía sentir una inseguridad extraña, como si algo dentro de mí supiera que mi vida estaba a punto de cambiar.
Cuando escuché que mencionaban mi nombre, entré de nuevo al consultorio. El médico hojeaba mis resultados con expresión seria.
—Señora, ¿hace cuánto no le llega su periodo? —preguntó, levantando la mirada hacia mí.
—Hace dos meses, pero soy irregular... no me preocupé por eso —respondí, intentando sonar segura.
Él asintió con una leve sonrisa.
—Bueno, quiero darle una noticia... felicidades, va a ser mamá.
El mundo se me vino abajo. Sentí que el aire se me escapaba del pecho. ¿Qué acababa de decir? ¿Embarazada? No podía ser. Aquella noche, la noche en que Fernando me obligó, no habíamos usado protección. Siempre nos cuidábamos... siempre. Pero esa vez, no.
—No... no puede ser, doctor. Está equivocado, vuelva a hacer la prueba —le pedí con desesperación.
—No, señora, no me equivoco. Tiene dos meses de embarazo —respondió con serenidad.
Salí corriendo del consultorio, con los ojos empañados. Subí al carro y conduje sin rumbo, hasta que llegué a mi departamento.
Fernando estaba tirado en el sillón, fumando.
—Eh, tú, ¿dónde andabas? —preguntó sin despegar la vista del televisor.
—Fui al médico, me sentía un poco mal —mentí, forzando una sonrisa.
—¿Y todo bien? —preguntó distraído.
—Sí... aunque quería contarte algo —murmuré, sintiendo los nervios revolverme el estómago.
—Dime, mi amor —respondió, posando su mirada en mi escote.
—Estoy embarazada —solté de golpe.
Su rostro se transformó.
—¿Qué dijiste? Eso no puede ser. Siempre nos cuidamos —replicó, llevándose las manos a la nuca.
—La última vez que me obligaste... estabas borracho. Esa noche abusaste de mí. Este bebé es producto de eso —dije con la voz quebrada.
Me miró con rabia.
—Yo no quiero ese bebé. Lo tienes y lo dejas en un orfanato, o haces lo que quieras, pero conmigo no cuentes —gruñó, golpeando el sillón.
—Mira, Fernando, yo no voy a hacer eso. Tendré a mi hijo, con o sin tu ayuda —le di la espalda, pero sentí que me jalaba del cabello con fuerza.
—Escúchame bien, perra, aquí mando yo —gritó, empujándome al suelo.
Lloré en silencio. No sabía cuánto más podría soportar. Pero algo dentro de mí me decía que ese pequeño que crecía en mi vientre era mi razón para seguir. Ser madre siempre fue mi sueño, aunque jamás imaginé que llegaría así... con tanto dolor.
Esa noche llamé a Alma.
—Amiga, tengo que contarte algo —dije con la voz temblorosa.
—No me digas que volvió a tocarte —respondió furiosa.
—No... bueno, de aquella vez nació algo —balbuceé.
—¿Qué? No... no me digas que estás... —
—Sí, Alma. Estoy embarazada —dije, soltando una pequeña risa nerviosa.
—¿Y Fernando lo sabe? —preguntó, suspirando.
—Sí, y... se lo tomó bien —mentí.
—Ojalá de verdad cambie, por ti y por tu bebé —dijo antes de despedirse.
Pasaron los meses. Mis padres y mi hermano ya sabían del embarazo, y poco a poco fui aceptando esta nueva etapa. Ver cómo mi cuerpo cambiaba era mágico. No quise saber el sexo del bebé; solo quería tenerlo entre mis brazos.
Había dejado mi trabajo, concentrándome en descansar. Alma venía seguido, trayéndome antojos y ropa para el bebé. Ella decía que tenía la corazonada de que sería un niño.
Pero una noche, todo cambió.
Estaba por dormir cuando escuché a Fernando entrar. Tenía la mirada perdida, y un olor a alcohol y droga lo envolvía.
—Hola, nena. Lista para ser mi mujer otra vez —susurró con voz áspera.
Intenté cubrir mi vientre, pero me sujetó del cuello con violencia. Sentí que me ahogaba. Después, apartó mi brazo y golpeó mi abdomen. Grité. Luego vinieron los golpes en la cara, las cachetadas, la humillación. Me violó de nuevo, sin piedad, mientras yo solo pensaba en mi bebé.
Cuando por fin se quedó dormido, me levanté tambaleante y corrí al baño. Un líquido caliente me bajaba por las piernas. Tomé el teléfono y marqué a Alma.
—Amiga... perdón por despertarte, pero necesito que me lleves al hospital... por favor —dije entre sollozos.
Ella llegó quince minutos después. Me encontró pálida, temblando. No tuve el valor de contarle todo. Le inventé que me había caído.
En el hospital me recibieron en silla de ruedas. Todo fue tan rápido... solo escuché que mi bebé ya venía. Tenía apenas seis meses y medio. Me sedaron. Antes de perder el conocimiento, escuché un llanto. Débil, pero era mi hijo.
Cuando desperté, estaba en una habitación blanca. Alma me sonreía entre lágrimas.
—Hey, corazón, ¿cómo estás? —me acarició el rostro.
—Como si me hubiera pasado un camión encima —bromeé débilmente.
—Eso es normal después de una cesárea —respondió con ternura.
—¿Y mi bebé? ¿Dónde está? —pregunté alarmada.
—Tranquila, está delicado, pero está bien. Es un niño... y es igualito a ti —dijo, apretando mi mano.
Intenté levantarme, pero ella me detuvo.
—No puedes moverte todavía, el bebé está en cuidados intensivos. Pero le pediré a una enfermera que te traiga una foto, ¿sí?
Asentí, con un nudo en la garganta.
Esa noche llegaron mis padres y mi hermano. Mi papá, José Luis, fue el primero en entrar.
—Hola, hija —dijo, tomándome la mano.
Detrás de él venía mi madre, Angélica, del brazo de mi hermano.
—¿Cómo estás, hermana? —preguntó con una sonrisa triste.
—Ansiosa... quiero ver a mi bebé —susurré mirando por la ventana.
Mi madre me miró con el ceño fruncido.
—Hija, ¿por qué tienes esos moretones?
Bajé la mirada. El silencio se hizo eterno.
Porque a veces, el amor que uno da... no siempre es correspondido.
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El destino
Storie d'amoreSilvia una joven de tan solo 20 años pasó la desgracia de su vida, después de sufrir un abuso de parte de tu pareja Fernando y que el pasado no la dejara en paz. Decidió irse a estudiar a Roma, Italia para librarse de su pasado y sus tormentas. Lo q...
