Capitulo 14

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Entre la vida y la muerte

Silvia

La enfermera me miró con esa expresión que siempre te avisa de lo peor antes de que pronuncie palabra. Bajó el cubrebocas como si hubiera que suavizar la voz para que el daño entrara menos filoso.

—Jorge salió bien de la operación, pero el problema es... —se detuvo.

—Dígame. —Me obligué a mantener la calma; la voz se me quebró por dentro pero no quería que lo notaran.

—Perdió mucha sangre. Durante la operación le suministramos dos bolsas, es hipertenso y su presión está baja. Es poco probable que sobreviva la noche. —Hablaba con frialdad profesional, y yo, que también soy doctora, sentí una rabia caliente hacia esa frialdad. ¿Por qué no podían escondernos la verdad un rato más?

—¿No hay nada más que se pueda hacer? —pregunté, aunque conocía las respuestas de antemano.

—Créame que hicimos todo lo posible. Fue una herida profunda; perforó un vaso. Si sobrevive, será un milagro. Si quieren, cuando esté en piso yo misma les aviso y les permiten verlo. —Me sonrió con autoridad y ya no supe si era consuelo o sentencia.

Apenas dijo "mi" jefe del hospital y me dejó sin aire. No pude sonreír. Me fui a la capilla, me arrodillé en el banco más cercano y lloré como si pudiera sacar la sangre de mi propio pecho para ponerla en el de él. Aquellas mariposas que me vino la noche que me besó cobraron forma de puñales.

Cuando me llamaron para verlo en terapia intensiva tuve que ponerme la pijama quirúrgica azul y caminar por pasillos que me parecían infinitos. Mi corazón golpeaba mis costillas como si quisiera salir a rescatarlo. Al entrar, lo reconocí y a la vez fue un desconocido: cables, tubos, máquinas que marcaban su respiración en un trazo monótono. Su rostro, sin embargo, parecía tranquilo, casi como si durmiera. Miré el monitor: la presión estaba baja, 80/90. Tomé su mano y la apreté con fuerza.

—Mi Jorge, abre los ojos, por favor —susurré—. No te puedes ir. No todavía. Ese beso nos cambió a los dos, y no voy a permitir que me robes la oportunidad de decirte todo lo que siento. Tenemos una cita pendiente, ¿me escuchas? Vuelve.

Una enfermera apareció en la puerta con la impaciencia marcada en las cejas.

—Señorita, la hora de visita terminó. Tiene que salir. —Su tono era categórico.

—Sólo un ratito más —rogé—. Él es el director de este hospital y yo... soy su esposa —dije, sin pensar, domada por el miedo.

La enfermera negó con la cabeza y, como si alguien le hubiera contado un chisme, dejó escapar:

—Ese hombre no tiene esposa. Todos dicen que es un mujeriego. No vuelvas a hacer esto difícil; por favor, salga.

La palabra "mujeriego" rebotó en mi interior con un sonido seco. ¿Todo el hospital lo sabía? ¿Había sido yo la ingenua? El celoso nudo en mi garganta se mezcló con la necesidad de estar junto a él.

Al salir, me desplomé en un sillón de la sala de espera y saqué el celular como quién busca una tabla en medio del mar. No supe cuánto tiempo pasó; a veces el tiempo con él parece infinito y otras, se colapsa en un segundo. Escuché mi nombre gritarse en el pasillo y un cuerpo familiar se lanzó hacia mí: Alma. Detrás venía René con una maleta diminuta.

—¡Mami! —me abrazó Alma con fuerza—. ¡Qué te pasó, estás llena de sangre!

—Fue en el gimnasio —contesté entre dientes—. La gabardina es de la secretaria de Jorge.

—Una de sus amantes, ¿no? —comentó René con la crueldad de quien intenta aliviar con humor.

—Ahora mismo no me interesan las amantes —dije, furiosa—. Me interesa quién le hizo esto a Jorge. Juro que lo encontraré y lo voy a hacer pagar.

René me miró como si hubiera dicho una locura, pero en sus ojos vi miedo y algo parecido a ternura.

—Cálmate, pulga. ¿Quieres que vaya por tus llaves? —dijo Alma, tratando de ordenar la urgencia con pragmatismo.

Le expliqué todo, hasta el beso, porque no podía guardarlo. Alma estalló en una mezcla de risa y reproche.

—¡¿Besaste a Salinas estando él casi muerto?! ¡No tienes perdón! —me increpó.

Intenté defenderme: "Él empezó. Me nació seguirle." Las palabras salieron en defensa de lo que mi pecho ya sabía: me estaba enamorando. Alma me miró con algo parecido a esperanza.

—¿Estás volviendo a creer en el amor, Silvia? —me preguntó con suavidad.

—Sí —reconocí—. Me estoy enamorando de Jorge Salinas. Sé que es mujeriego, pero siento que puede cambiar.

René, que siempre había sido el protector de la familia, se enojó de esa manera ruda que tenía para ocultar preocupación.

—¡No te cases con ese tipo! —gritó—. Si te hace daño, lo reviento. —Su amenaza sonó menos a broma y más a promesa.

La madrugada me pilló dormida en el sillón, apoyada en el hombro de René. Soñé con Jorge: caminábamos felices con un niño pequeño entre nosotros; él se iba y me pedía que cuidara del pequeño; yo intentaba detenerlo y no pude. Me despertó René, asustado por mi respiración agitada.

A las cuatro no había nadie en la sala. El hospital tiene una soledad especial a esas horas: luces frías, pasos que suenan raros, el aroma del café recalentado flotando en la cafetería. Me quedé, mirando el pasillo de la unidad de terapia intensiva, con la mente repitiendo sus latidos como un martillo. Revisé el celular; eran ya las ocho de la mañana cuando Alma y René volvieron. René estaba menos rígido, y por primera vez su cara se suavizó.

—Hermana —dijo bajito—. Alma me convenció de que no voy a impedírtelo. Si tú lo quieres, yo te apoyo. Pero si te hace daño, lo juro por lo que sea, no sé qué haré, pero no se va a salvar. —La sinceridad le temblaba en la voz.

Le sonreí y lo abracé como quien encuentra un puerto después de la tormenta. Alma me obligó a cambiarme; insistió en que me arreglara para cuando Jorge despertara. "Ponte guapa para él", dijo, con esa mezcla de broma y conspiración femenina que sabe curar miedos.

Me duché rápido en su departamento, elegí una blusa blanca sencilla, unos jeans cómodos y mis converse de plataforma. No quería disfrazarme, sólo sentirme yo misma frente a lo que viniera. Alma me preparó un sándwich y me entregó la rutina de siempre: "Come, que si no te desmayas." No quise reír, pero me tapé la boca para que el gesto sonara menos triste.

El viaje al hospital se me hizo eterno. Bajé por las escaleras, apurada; los ascensores tardaban y cada minuto lejos de él se sentía como un latigazo. Entré a la sala de espera, respiré hondo y ahí, en medio de caras conocidas y miradas furtivas, vi a quien menos quería ver.

—Allí estaba él —pensé, el pecho apretado—. No supe si era un ángel o un error del destino.

La puerta quedó atrás y el silencio de la sala se convirtió en una presencia que me observaba. Mi corazón reconoció la figura antes que mi mente pudo nombrarla. Quedó la frase suspendida en el aire, y en mi garganta la pregunta que no me atrevía a hacer: ¿cómo iba a enfrentarme a eso ahora?

El destino Donde viven las historias. Descúbrelo ahora