Verdad (Parte 1)
Silvia
Estar entre los brazos de Jorge me hacía sentir segura. A pesar del enojo que aún guardaba hacia él, su abrazo tenía algo que calmaba el caos dentro de mí. Había sido un día largo, pesado, emocionalmente devastador. Sentí mi cuerpo rendirse al cansancio y poco a poco, relajar cada músculo.
Escuché pasos que se acercaban hacia donde estábamos, pero no abrí los ojos. No sabía si era René o Alma, solo quería quedarme ahí un instante más.
—Hey, Solecito... hasta que apareces. ¿Dónde estabas? —preguntó mi hermano, con ese tono entre preocupación y alivio.
—Solo quiero evitar problemas, ¿sí? Hoy no fue mi día —respondí sin abrir los ojos, apenas con voz cansada.
—Uy, aquí va a haber reconciliación... Vente, René, vamos al cuarto —dijo Alma con su habitual picardía. Ambos se fueron riendo bajito, dejándonos a Jorge y a mí solos.
—Bonita, ¿quieres que te lleve a la cama para que estés más cómoda? —susurró Jorge cerca de mi oído.
—Sí, por favor... —alcancé a decirle.
Me cargó otra vez, como si fuera un bebé, y me llevó hasta mi habitación. Me recostó con una delicadeza que me desarmó por completo. Me cubrió con una cobija, y el roce suave del tejido fue lo último que sentí antes de cerrar los ojos y quedarme dormida.
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A la mañana siguiente desperté con un ligero dolor de cabeza. Miré el techo unos segundos, tratando de ordenar los recuerdos del día anterior. Seguía con el uniforme del hospital puesto. Miré el reloj: 7:30 a.m.
—¡Voy a llegar tarde! —murmuré para mí misma, sintiéndome la persona más irresponsable del mundo.
Me di una ducha rápida, me vestí en tiempo récord y salí de la habitación. En la cocina estaban todos reunidos. Apenas crucé la puerta, Alma me habló:
—Silvia, ¿a dónde vas?
—¿Cómo que a dónde? Al trabajo, Alma. —Buscaba las llaves sin mirar a nadie.
—¿Y no vas a desayunar? —preguntó René.
—Allá como algo, los veo al rato —respondí ya de salida.
—Cuídate, pecas. Allá nos vemos —escuché la voz de Jorge justo antes de cerrar la puerta.
Bajé a la avenida y tomé el primer taxi. Mientras el auto avanzaba, llamé al hospital para avisar que llegaría un poco retrasada. Me hacía falta mi café, pero tendría que esperar.
Llegué a las 8:45 a.m. No era habitual en mí llegar tarde, pero el día anterior lo había trastocado todo. Dejé mis cosas en la oficina y salí a hacer mi recorrido habitual con los pacientes. Intentaba concentrarme, aunque la imagen del bebé que no pude salvar me perseguía. Apreté los labios y me repetí mentalmente que no debía pensar en eso... no ahora.
Al terminar, regresé a mi oficina. Eran casi las 12 del día. Por fin podría disfrutar mi café. Lo preparé, me senté y me permití unos minutos de paz revisando los expedientes médicos.
Entonces tocaron la puerta.
—Adelante —dije.
—Doctora, le mandan este arreglo de flores —dijo Susana, entrando con un ramo precioso de tulipanes, mis flores favoritas.
—Gracias, Susy. ¿Sabes quién lo mandó? —pregunté, poniéndome de pie.
—No, doctora. Solo llegó a recepción con su nombre. Pero trae una tarjeta. —Me lo entregó y sonrió antes de salir.
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El destino
RomantikSilvia una joven de tan solo 20 años pasó la desgracia de su vida, después de sufrir un abuso de parte de tu pareja Fernando y que el pasado no la dejara en paz. Decidió irse a estudiar a Roma, Italia para librarse de su pasado y sus tormentas. Lo q...
