Una parte de mí se esfumó
Silvia
Cuando vi ese ataúd en medio de todos, corrí hacia él sin pensarlo.
Lo abracé con desesperación, intentando abrirlo, y cuando lo logré, sentí que el alma se me partía en dos.
Cargué el pequeño cuerpo de mi bebé.
Era tan parecido a mí, tal como me lo había dicho Alma.
Su rostro, diminuto y pálido, parecía dormir.
No pude contenerme.
Las lágrimas me nublaron la vista mientras lo apretaba contra mi pecho.
—Tranquila, solecito... ven, vamos a dejarlo descansar en su ataúd —dijo René, con una sonrisa rota.
—No, René. No puedo. Déjame tenerlo conmigo un ratito más... solo un ratito —susurré, temblando mientras acariciaba su manita helada—. Mi ángel... no pude defenderte. Soy la peor madre.
Lo abracé con fuerza, como si con eso pudiera devolverle la vida.
—Vamos, hermana... no hagas esto más difícil. Todos estamos sufriendo —dijo mi hermano, secándose una lágrima que se le escapaba.
—Te amaré siempre, mi bebé... —le besé la frente fría, antes de colocarlo de nuevo en su pequeño ataúd.
El murmullo de la gente me sofocaba.
Algunos eran amigos, otros compañeros, conocidos de mis padres o de René.
Todos se acercaban con el famoso "pésame", y con cada abrazo sentía que me desmoronaba un poco más.
Odiaba todo esto.
Una parte de mí quería que terminara pronto, y otra no... porque cuando acabara, significaría que ya no volvería a verlo nunca más.
Salí a la terraza con un vaso de whisky en la mano.
Sabía que no debía beber —los medicamentos, el cuerpo débil—, pero las penas con alcohol, dicen, duelen menos.
Me quedé mirando la ciudad desde arriba. Las luces parecían ajenas a mi tragedia.
De pronto, sentí una mano en la espalda baja.
Me giré instintivamente y lancé un golpe, directo a la nariz.
—¡Auch! ¡Ya me quebraste la nariz! —protestó una voz conocida.
Lo miré.
—¿Fernando? ¿Qué mierda haces aquí? —gruñí, sobándome los nudillos.
—Vine al sepelio de nuestro hijo. Tenía que venir... soy su padre —dijo con una respiración agitada.
—Sabes que te busca la policía por lo que hiciste —respondí con firmeza—. Te pido, por favor, que te vayas. Déjame vivir mi duelo en paz. El departamento y todo lo que haya dentro es tuyo. Alma ya sacó mis cosas. Solo... vete.
Intenté alejarme, pero me sujetó con fuerza de la coleta.
—Mi muñeca linda... no te vas a librar tan fácil de mí. Tú eres mía —dijo con un tono tan oscuro que me heló la sangre.
—Suéltame, Fernando... por favor. Deja de hacerme daño. Ya no quiero saber de ti... me estás lastimando, F...—
Un grito interrumpió mis palabras.
—¡Aléjate de ella, imbécil!
Esa voz... era conocida, pero el dolor me nublaba los sentidos.
—¿Y tú quién eres para darme órdenes? —rugió Fernando—. ¡Ella es mi mujer y yo sabré qué hacer con ella!
Me jaló con más fuerza, arrancándome un gemido de dolor.
—¡Suéltame, por favor, me estás lastimando! —supliqué.
—Ya la escuchaste, cabrón. ¡Déjala en paz de una vez! —gritó el otro hombre, y luego se escuchó un golpe seco. Fernando me soltó.
Me refugié detrás de aquel desconocido, temblando.
—Ya sacaste boleto, cabrón. La próxima vez te va a ir peor —escupió Fernando antes de alejarse.
Caí al suelo, cubriéndome el rostro entre las manos. Me hice bolita, deseando desaparecer.
Sentí unas manos firmes levantarme con cuidado.
—Tranquila... todo está bien —dijo una voz cálida, mientras me abrazaba suavemente.
El olor de su perfume me resultó familiar, reconfortante.
Alcé la mirada... y lo vi.
El doctor del hospital.
—¿Tú? —pregunté confundida—. ¿Qué haces aquí? ¿Y quién eres en realidad?
Él sonrió apenas.
—Veo que tu memoria es de corto plazo. Soy el doctor que te atendió... y el mejor amigo de René. Creo que no te dijo nada por cómo reaccionaste aquella vez.
Lo miré, aún aturdida.
—¿Y por qué estás aquí?
—Vine al funeral de tu bebé. Quería apoyarlos. Subí a fumar un cigarrillo... y te vi. Ese hombre te estaba haciendo daño. No iba a quedarme de brazos cruzados.
—Gracias... —susurré con un hilo de voz antes de apartarme y marcharme sin mirar atrás.
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Jorge
Mi vida nunca fue fácil.
Ser el hermano mayor te obliga a crecer antes de tiempo.
Mi madre nos abandonó cuando yo tenía diez años y mi hermano apenas cinco.
La odié durante mucho tiempo. ¿Qué clase de madre deja a sus hijos?
Pero con los años entendí que el dolor a veces empuja a las personas a huir.
Mi padre murió poco después, consumido por la tristeza.
Nos quedamos solos, aunque mis abuelos paternos hicieron lo imposible por cuidarnos.
Aun así, su cariño nunca llenó el vacío.
A los once años ya trabajaba en el zócalo, boleando zapatos o vendiendo dulces para ayudar a mi abuelo.
Era poco, pero me hacía sentir útil.
Estudié gracias a ellos, y cuando terminé la preparatoria, decidí dejar los estudios un año para trabajar y juntar dinero.
Mi sueño siempre fue estudiar medicina, especializarme en pediatría.
Comencé como ayudante de cocina en un restaurante. Aprendí rápido, pero la vida me golpeó de nuevo: primero murió mi abuelo, luego mi abuela.
En dos años me quedé completamente solo.
Entonces sí, decidí cumplir mi sueño.
Estudié medicina, trabajé en las tardes y sobreviví como podía.
Pero también caí en excesos: mujeres, fiestas, dinero fácil.
Intentaba llenar vacíos con pieles ajenas.
René, mi mejor amigo, era mi cable a tierra. Me regañaba, me escuchaba, me rescataba de mis propias decisiones.
El día de mi cumpleaños número veintisiete, estábamos celebrando con mis colegas cuando sonó mi teléfono.
—¿Hola? —contesté.
—¿Ya no te acuerdas de mí? Soy René Navarro, tu mejor amigo.
—¿Cómo olvidarte, tonto? Si hace una semana nos vimos. ¿Qué pasa?
—Necesito un favor... —su voz sonaba quebrada—. Mi hermana está en el hospital. Está embarazada, el bebé está por nacer... pero será prematuro. Y tú eres experto en niños, hermano. No te hubiera llamado si no fuera urgente.
Mi corazón se aceleró.
—¿Tu hermana Silvia? Pero si apenas tiene veinte años... voy para allá. Dime en qué hospital está.
—En el que está cerca de la catedral. Apresúrate... tengo miedo de perderla.
Corrí.
Dejé mi auto mal estacionado y lancé las llaves al oficial para que lo moviera si era necesario.
Al llegar, vi a René esperándome en la entrada, desesperado.
Y entonces la vi.
Una chica de cabello ondulado, piel clara y pecas en las mejillas.
Era tan pequeña, tan frágil... pero había algo en ella, en su mirada apagada, que me hizo olvidar el ruido del hospital.
Silvia.
La pequeña Silvia.
No imaginé que ese encuentro marcaría el inicio del capítulo más doloroso —y más humano— de mi vida.
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El destino
RomanceSilvia una joven de tan solo 20 años pasó la desgracia de su vida, después de sufrir un abuso de parte de tu pareja Fernando y que el pasado no la dejara en paz. Decidió irse a estudiar a Roma, Italia para librarse de su pasado y sus tormentas. Lo q...
