Capitulo 11

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Nuevo hogar

Silvia

No sé cuánto tiempo había pasado.
Abrí los ojos y me encontré dentro del auto de Jorge, estacionado en lo que parecía un garaje subterráneo. Me alarmé; miré hacia mi izquierda y él no estaba. Por un segundo pensé en voz baja: "ya me quiere secuestrar este loco". Estaba por abrir la puerta cuando la suya se abrió y apareció él, sonriendo, con dos botellas de agua en las manos.

—¿Ya te cansaste de dormir, Pecas? —preguntó divertido.

—¿Dónde estamos, Salinas? —dije, mientras me acomodaba el cabello.

—En el estacionamiento de mi edificio —respondió con calma.

—Perfecto, entonces me llevas a un hotel. Al Hard Rock, para ser exactos —murmuré, estirándome.

—Eso será imposible, Silvi —contestó con esa paciencia suya—. Tu hermano me llamó. Me pidió que te diera alojamiento mientras te estableces. Y, claro, le dije que sí.

Le quité la botella y di un largo trago.

—Mi hermano sigue creyendo que soy una niña... Pero bueno, aceptaré quedarme contigo, solo para que no pienses que te rechazo —dije con una sonrisa cansada.

—Eso sí, señorita —respondió con tono divertido—. Mientras estés aquí, déjame consentirte. Eres mi invitada.
Tomó las maletas antes de que pudiera detenerlo y comenzó a caminar.

Lo seguí hasta el elevador. Diez pisos después, llegamos al departamento 12-BC. Jorge sacó la llave de su bolsillo, abrió la puerta y me ofreció pasar primero, como todo un caballero. Me sorprendió el lugar: amplio, elegante, con sillones blancos y paredes grises y azul marino. Todo estaba perfectamente ordenado, casi impersonal, pero con gusto.

—¿Y bien? ¿Te gusta mi departamento? —preguntó dejando las maletas junto al pasillo.

—Mucho. Aunque es demasiado grande para ti, Salinas —le dije, recorriendo el lugar con la mirada.

—Es pasable, Pecas. Ven, quiero enseñarte tu habitación. La decoré pensando en ti.

Me tomó de la mano y me llevó hasta una puerta al fondo del pasillo. La habitación tenía una colcha verde esmeralda y detalles en blanco y gris. La combinación era serena, elegante, acogedora.

—Está preciosa, Jorge. Gracias por pensar en mí —le dije, abrazándolo.
Noté que se sonrojaba cuando me separé.

—Bueno... —balbuceó—, ahorita traigo tus maletas. Tienes baño propio, closet, y hasta un balcón con vista a Polanco. Ah, y por favor: no dejes tu ropa interior por ahí —añadió con una sonrisa traviesa antes de ir por el equipaje.

Pasé el resto de la tarde acomodando mis cosas. Coloqué mis artículos personales en el baño, mi tortuga de peluche en la cama —mi amuleto desde siempre—, y en el buró, la foto de mi bebé.
Esa imagen era lo único que me conectaba con el pasado que me dolía.

Cuando terminé, ya eran las ocho. Me di un baño largo y salí con mi pijama favorita: una blusa de tirantes y shorts suaves. Al abrir el refrigerador buscando algo para cenar, solo encontré frutas y verduras a medio morir y una leche de coco medio vacía. En el congelador, por suerte, había fresas. Preparé un licuado y me senté en el sillón, cuidando no derramar ni una gota sobre el tapizado blanco.

Abrí una videollamada. El rostro de Alma apareció en la pantalla con su sonrisa de siempre.

—¡Hasta que te acuerdas de tu amiga! —exclamó.

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