Nuevo lugar, pasado atrás
Jorge
Ver cómo Silvia se iba me dolió más de lo que quise admitir.
Me quedé ahí, quieto, viéndola alejarse entre la multitud del aeropuerto. Era como si cada paso que daba la arrancara un poco más de mi vida. No reaccioné, no moví un solo músculo... solo me quedé ahí, parado, mientras la gente me empujaba con prisa. Hasta que, finalmente, decidí irme. No podía hacer nada más.
Esa semana la había pasado casi entera a su lado, cuidándola, acompañándola, riéndome incluso de sus rarezas. Y, sin darme cuenta, me había acostumbrado a su presencia. Ahora que no estaba, el departamento se sentía enorme, vacío, frío.
No entendía por qué me afectaba tanto. Mis sentimientos hacia ella eran... ¿amistad? ¿preocupación? No lo sabía. Pero había algo en ella que me había dejado marcado. Tal vez fue verla luchar contra tanto dolor y aún tener fuerzas para sonreír.
Pasaron los días y decidí no quedarme solo. Invité a René y a Alma al bar "Chicago", mi favorito. Era un sitio de dos pisos con una vista preciosa de la ciudad. Ahí siempre me sentía en paz... o al menos, lo intentaba.
Nos sentamos en una mesa junto al balcón. Pedí mi clásico whisky doble; ellos, vino blanco.
El ambiente estaba tranquilo, la música suave, las luces cálidas. Entonces pregunté, intentando sonar casual:
—¿Alguien sabe algo de Silvia?
René levantó la mirada y Alma lo miró de reojo antes de responder:
—Me llama casi diario —dijo sonriendo—. A veces es de madrugada y me tengo que hacer la dormida, pero no puedo. Se le escucha feliz. Le está encantando eso de pediatría.
—¿Para qué preguntas, Salinas? —interrumpió René, arqueando una ceja—. No me digas que piensas llevártela a la cama. Sobre mi cadáver, hermano. Con Silvia no.
—No es eso, René —repliqué, dándole un trago a mi vaso—. Solo me preocupé porque se fue muy rápido. Pero la entiendo... después de todo lo que vivió, cualquiera querría dejar su pasado atrás.
—No se peleen —intervino Alma, rodando los ojos—. Silvia no quiere saber nada del amor, ni de hombres, ni de nada. Solo quiere estar bien.
Reímos un poco y seguimos la noche entre tragos y recuerdos. Cuando dieron la una de la mañana, ellos se fueron. Yo me quedé un rato más. A veces me gustaba quedarme solo a observar la ciudad: las luces, la gente, la vida que seguía sin esperarme.
Mi teléfono sonó. Pensé que era del hospital o quizá mi hermano, pero cuando contesté, una voz familiar me hizo enderezarme.
—¿Te acuerdas de mí, Salinas? —preguntó, suave, casi divertida.
Fruncí el ceño, intentando ubicarla.
—No sé quién eres... pero tu voz me recuerda a alguien.
—Soy Silvia Salinas —dijo, con un tono travieso—. ¿Tan pronto te olvidaste de mí?
Me quedé helado.
—¿Silvia? No manches... —reí, aliviado—. ¿Pasó algo?
—No, nada malo. Solo quería saludar. ¿Estás en un bar? Se escucha la música.
—Sí, hace rato estaban Alma y René conmigo, pero se fueron. Me dejaron solo a mi suerte. Solo somos mi trago y yo contra el mundo.
—Siempre tan comediante, Salinas —rió—. Bueno, te dejo. Solo pasé a saludar. Luego te llamo.
—No, espera... —alcancé a decir, pero ya había colgado.
Me quedé con el teléfono en la mano, escuchando el silencio después de su voz.
Le di un último trago a mi whisky y salí. No sabía por qué, pero esa llamada me había dejado el corazón latiendo de una forma rara.
ESTÁS LEYENDO
El destino
RomanceSilvia una joven de tan solo 20 años pasó la desgracia de su vida, después de sufrir un abuso de parte de tu pareja Fernando y que el pasado no la dejara en paz. Decidió irse a estudiar a Roma, Italia para librarse de su pasado y sus tormentas. Lo q...
