Un nuevo amigo
Jorge
Me acerqué a revisarla con sumo cuidado, tratando de no pensar en quién era, pero el corazón no entiende de protocolos médicos. Tenía el cuerpo lleno de golpes, moretones que contaban una historia de dolor y resistencia. Mientras le hacía el ultrasonido, vi el pequeño cuerpo dentro de ella, frágil y luchando. El bebé estaba por nacer.
Mandé a preparar el quirófano de urgencia. No habían pasado ni diez minutos cuando me avisaron que todo estaba listo. Respiré hondo antes de entrar. Aquella cirugía me pesaba más que ninguna otra. Silvia... la había visto crecer desde que era una niña de cinco años. Y ahora la tenía frente a mí, rota, herida, al borde de perderlo todo.
El bisturí cortó la piel con precisión, pero por dentro, era mi alma la que se desgarraba. Saqué al bebé con delicadeza, apenas cabía en mis manos. Era un niño. Tenía la piel tan pálida que parecía de porcelana. Aun así, en su diminuto rostro podía ver los rasgos de Silvia, ese aire dulce que ella tenía de niña.
Lo llevé de inmediato a la cámara de calor mientras el equipo cerraba la herida para dejar la menor cicatriz posible.
Al verlo ahí, tan pequeño, tan indefenso, no pude evitar que las lágrimas me nublaran la vista. Le indiqué a la enfermera que lo trasladara a cuidados intensivos. Yo necesitaba observarlo de cerca.
Al terminar la cirugía, fui directamente a revisar su estado. Con un eco, confirmé mis temores: sus pulmones y su corazón no estaban completamente desarrollados. Estaba vivo, pero su cuerpecito apenas resistía. Tenía horas de vida, no días.
Cuando salí, en la sala de espera estaban René y una joven, que imaginé era amiga de Silvia. En cuanto me vieron, se levantaron apresurados.
—¿Cómo está Silvia, doctor? —preguntó la joven con voz temblorosa.
—La operación fue un éxito —respondí, aunque mi rostro probablemente me delataba. René me miró directo, con esa mirada que busca la verdad antes de oírla.
—¿Y el bebé? No me mientas, Salinas.
Tragué saliva y suspiré. —El bebé viene muy delicado. Su sistema respiratorio no está completamente desarrollado y tiene un soplo en el corazón. Hay una pequeña probabilidad de que sobreviva, pero... no quiero darles falsas esperanzas. Lo que sí me resulta extraño es la rapidez con la que se adelantó el parto. ¿Pasó algo, René?
Él bajó la mirada y apretó las manos. —Mi hermana se fue a vivir con su novio al salir de la preparatoria. Durante dos años sufrió abusos, golpes, humillaciones... Lo de hoy fue la última vez. La golpeó estando embarazada. El bebé... es producto de la primera violación.
Sentí un nudo en la garganta. —Pobre Silvia... —murmuré, tocándole el hombro.
—Y aun así lo mantenía —continuó René, con rabia contenida—. Le compraba sus vicios para evitar más golpes.
—A veces la vida es injusta —le dije, pensando en voz alta—. Algunos hacemos lo correcto y nos va mal... otros destruyen y siguen sonriendo.
René asintió. —Voy a avisar a mis padres que ya pueden pasar a verla. ¿Tú te quedas aquí?
—Sí. Me quedaré hasta mañana. Quiero estar al pendiente de tu sobrino.
—Tu sobrino —repitió con una sonrisa triste antes de irse—. Avísame si pasa algo, hermano.
Esa noche la pasé en terapia intensiva. Moví un sillón junto a la incubadora y me quedé vigilando cada cambio en los monitores. Dormía a ratos, con el corazón a medio abrir, temiendo que cualquier pitido significara el final.
A las diez de la mañana desperté sobresaltado. Todo parecía estable. Fui por un café y dejé anotadas las observaciones para el siguiente turno. Justo cuando iba saliendo, escuché que un prematuro había entrado en paro.
Corrí.
Entré empujando la puerta, pedí espacio. —Déjenme pasar, soy su médico.
Coloqué mis dedos en su diminuto pecho e intenté reanimarlo. Uno, dos, tres... Nada. Volví a intentar. Nada. Lo perdí entre mis manos. Apreté los labios, luchando contra las lágrimas. Si tan solo no hubiera salido... si tan solo me hubiera quedado unos minutos más...
Salí de la sala con el alma hecha pedazos. Me senté en la sala de espera, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos. Cuando vi a René pasar, lo llamé.
—René, ven por favor.
—¿Qué pasó, Salinas? Pensé que ya te habías ido.
—Pasó algo, hermano... Es tu sobrino. Falleció. Hice todo lo que pude, te lo juro, pero no respondió.
René cerró los ojos con fuerza. —No fue tu culpa. Ya venía malito. Dios nos lo prestó un instante para conocerlo.
Me pidió que lo acompañara con Silvia. Tuvimos que sedarla para evitarle un colapso. Cuando despertó, le dejé mi tarjeta, por si necesitaba ayuda o simplemente hablar.
Esa noche fui al velorio. Llevé un pequeño arreglo en forma de ángel y lo coloqué junto al ataúd blanco. Desde el fondo observé cómo Silvia lloraba sobre el cuerpo de su hijo. Esa imagen se quedó grabada en mí como una cicatriz.
Salí a lavarme la cara para disimular las lágrimas. Después subí a la terraza a fumar un cigarro. El aire era frío y denso.
Y entonces la vi. Un hombre la tenía del cabello, la empujaba con violencia.
Corrí sin pensarlo.
—¡Suéltala! —grité mientras lo separaba de ella y lo empujaba lejos. Ella cayó contra mí, temblando.
—Tranquila, ya pasó —le susurré, sujetándola contra mi pecho.
El tipo me miró con furia, luego con confusión. —¿Y tú quién demonios eres?
—Soy el doctor que te atendió —dije, sosteniendo su mirada—. Y el mejor amigo de tu hermano. Vine al funeral de tu hijo... y subí a fumar cuando vi que te estaban lastimando.
Silvia me miró con sus ojos verdes llenos de lágrimas. —Gracias —murmuró con un hilo de voz, antes de alejarse despacio.
Me quedé ahí un momento, viendo el humo del cigarro subir hacia el cielo gris. Pensé en la vida, en lo injusta que podía ser, en la forma en que a veces el dolor une a las personas que menos esperas.
Cuando bajé, René estaba con ella. Me acerqué y me senté junto a ellos, en silencio. A veces no hacen falta palabras. Basta con estar ahí.
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El destino
RomanceSilvia una joven de tan solo 20 años pasó la desgracia de su vida, después de sufrir un abuso de parte de tu pareja Fernando y que el pasado no la dejara en paz. Decidió irse a estudiar a Roma, Italia para librarse de su pasado y sus tormentas. Lo q...
