Nueva vida
Silvia
No sé cuánto tiempo había pasado exactamente, pero un olor fuerte, mezcla de alcohol y flores, me sacó del profundo sueño. Sentía el cuerpo pesado, los brazos adormecidos, y un dolor punzante en el pecho que me hizo gemir. Abrí lentamente los ojos y distinguí figuras borrosas alrededor de la cama. Entre ellas, una silueta que reconocí sin dudar: Jorge.
—Ay, solecito... ya estás de nuevo con nosotros. ¡Gracias a Dios! —dijo Alma con una sonrisa que intentaba ocultar el cansancio.
—Hermanita, pensé que también te iba a perder a ti —susurró René, tomando mi mano y besándola con ternura.
—¿Cómo te sientes, Silvia? ¿Estás mareada? —la voz grave y pausada de Jorge sonó cerca de mi oído. Cuando abrí más los ojos, noté que sostenía una pequeña linterna, examinando mis pupilas.
—Estoy bien... creo. ¿Qué me pasó? —pregunté, confundida al verme en mi habitación.
—Te desmayaste —explicó Alma, suspirando—. Y si no fuera por el hermoso doctor Salinas, te hubieras dado un buen golpe contra el suelo. ¡Benditos reflejos los de este hombre! —añadió, lanzándole una mirada que casi lo desvistió con los ojos.
—Así es, hermana —rió René—. Pero lo importante es que estás bien. Voy a traer algo para tomar —y salió del cuarto, seguido por Alma, que murmuraba algo sobre ir a buscar a Fernando para "romperle la cara".
Me quedé sola con Jorge. Me observaba en silencio, con esa mezcla de preocupación y ternura que a veces me desarmaba.
—Hey... no me mires tanto que me desgasto, Salinas —bromeé, cubriéndome el rostro con la sábana.
—Eh... yo... lo siento, no quería incomodarte —tartamudeó, ruborizándose mientras se hacía a un lado.
—Ya puedes dejarme sola —dije, más por provocarlo que por quererlo.
—Oh... claro. Cualquier cosa, estaré en la sala —respondió, levantándose.
—Estaba bromeando, Jorge —lo detuve—. No quiero quedarme sola. Si lo hago, sé que me voy a desmoronar.
Él se quedó quieto un momento, luego volvió a sentarse junto a la cama.
—No soy la mejor compañía, pero... podemos ver algo en Netflix, o armar un rompecabezas, lo que quieras —dijo, intentando una sonrisa.
—El rompecabezas descartado —gruñí—. Ahorita ni pensar puedo. Auch... —me quejé, llevándome las manos al pecho. Sentía un ardor extraño.
—¿Qué pasa, pecas? —preguntó, acercándose.
Me quedé en silencio un instante. ¿Acababa de decirme "pecas"?
—Me duele —susurré, y una lágrima se escapó.
—¿Dónde te duele? —preguntó, alarmado.
—En los pechos... —confesé apenas audible.
—Oh... eso debe ser por la leche retenida —dijo, rascándose la nuca, visiblemente incómodo—. Puedes ir al baño a revisarte. Yo... no puedo ayudarte con eso, ya sabes. No quiero que se malinterprete. Eres como mi hermana —agregó, torpe, y no pude evitar reírme entre lágrimas.
Fui al baño. Al quitarme la blusa y el sostén, lo confirmé: mis pechos goteaban. Grité, más por sorpresa que por dolor.
—¿Pecas? ¿Estás bien? —escuché del otro lado de la puerta.
—Tenías razón, Jorge. Es eso —le respondí.
—Mantén la calma. Llamaré a una amiga doctora, ella te revisará —dijo con firmeza antes de alejarse.
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El destino
RomanceSilvia una joven de tan solo 20 años pasó la desgracia de su vida, después de sufrir un abuso de parte de tu pareja Fernando y que el pasado no la dejara en paz. Decidió irse a estudiar a Roma, Italia para librarse de su pasado y sus tormentas. Lo q...
