Capitulo 7

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La despedida más dura

Silvia

Volví de la terraza con la mirada vacía. Me senté junto a René, apoyé la cabeza en su hombro y él me tomó la mano con fuerza. Todo me parecía un mal sueño. Nunca imaginé estar en el funeral de mi hijo... Siempre pensé que sería él quien algún día llorara sobre el mío. Este dolor no se lo deseo a nadie; duele en lo más profundo, como si el alma misma se resquebrajara.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que vi a Jorge bajar. Buscó con la mirada y se acercó, sentándose justo a mi lado. Intenté cerrar los ojos, pero el cansancio no me dejaba descansar. Los recuerdos de los últimos meses se me agolpaban en la mente: los golpes, el miedo, el embarazo, el parto, y ahora... la pérdida. Todo se mezclaba hasta volverse insoportable.

Giré la cabeza hacia la derecha y sin pensarlo terminé recostada sobre el hombro de Jorge. No me di cuenta de lo mucho que necesitaba sentir que alguien me sostenía hasta que lo hice. Cerré los ojos, dejé que las lágrimas corrieran silenciosas y, poco a poco, me quedé dormida.

Desperté sobresaltada, con la sensación urgente de ir al baño. Sentí un brazo rodeando mis hombros y, al moverme, Jorge abrió los ojos.

—Hey... ¿todo bien? —preguntó con voz ronca, aún medio dormido.

—Sí, ahorita vuelvo. Voy al baño —respondí suavemente, quitándome de su abrazo.

—Yo te acompaño —dijo, incorporándose con dificultad.

—No, no hace falta. Quédate, no me voy a perder —le sonreí apenas, empujándolo con suavidad de nuevo al sillón.

Al regresar, él estaba viendo su celular, pero lo guardó al verme.

—Hay que dormir otro rato, para no hacer ruido a los demás —murmuró, extendiéndome una cobija.

—¿Y René? —pregunté mientras me acomodaba.

—Fue a casa de tus padres por algunas cosas. Me pidió que te cuidara y le dije que sí. Así que... aquí estoy —respondió con una sonrisa cansada, abriendo un brazo para que me recostara.

—Gracias, doctor —susurré, quitándome los tenis.

—Hey, no me digas doctor —dijo riendo bajito—. Somos amigos... Bueno, casi hermanos. Te quiero mucho, Silvia.

Sentí un beso suave entre el cabello y la frente. Me quedé en silencio, y sin darme cuenta, el sueño volvió a arrastrarme.

Desperté cuando los primeros rayos del sol se filtraron por las ventanas. Había gente tomando café, rostros cansados, ojeras, miradas perdidas. El reloj marcaba las once. Faltaba una hora para despedirme de mi hijo.

Bajé por un té a la cafetería de la funeraria. El día estaba claro, con un cielo tan bello que dolía verlo. Las nubes parecían venir lentas, como si incluso el clima quisiera acompañar mi tristeza.

Y entonces llegó la hora.

El ataúd fue colocado en la carroza blanca. Sentí un mareo repentino, como si el aire se me escapara del pecho. Jorge se acercó y me rodeó con su brazo.

—Silvia, ¿estás bien? —preguntó con preocupación.

—Me siento mareada... pero ya pasará —respondí, tratando de fingir una sonrisa.

—No. Vendrás conmigo. Te llevaré atrás de la carroza. René y Alma vendrán también —dijo con tono firme.

—No, no es necesario, puedo ir con mis padres —intenté protestar, pero ya se había alejado para hablar con ellos.

Minutos después, estaba sentada en el asiento delantero de su coche color arena. El motor rugía suave, siguiendo a la carroza. Nadie hablaba. Solo el sonido del motor y mis pensamientos.

Al llegar al cementerio, bajé y tomé el pequeño ataúd. El peso era mínimo, pero el alma... pesaba toneladas. Caminé hasta la tumba con pasos lentos, casi sin fuerza.

Me arrodillé y abrí el ataúd. Lo tomé entre mis brazos. Su piel estaba fría, su cuerpecito rígido, pero para mí seguía siendo hermoso. Le acaricié el rostro y susurré, aunque creo que mi voz se quebró en un grito:

—Mi bebé hermoso... mi bello ángel... —sollozaba—. Te voy a amar toda la vida. Créeme que tu mami te quiso, te esperó con toda el alma. ¿Por qué te fuiste? Dios... ¿por qué me quitaste este pedazo de mí? Ángel, no es un adiós, es un hasta pronto. Nos veremos cuando me toque, y jugaremos entre las nubes... Te amo, mi vida.

Le di un beso en la frente y lo volví a colocar dentro del ataúd.

Uno de los hombres del cementerio se acercó.
—Señora, puede colocar la primera tierra y una flor, si lo desea.

Tomé un puñado de tierra y una flor blanca.
—Adiós, mi bebé... —dije, dejando caer ambos sobre la pequeña caja.

La tierra cayó con un sonido seco, como si partiera mi corazón en dos. Me tapé el rostro y lloré con toda la fuerza que me quedaba. Todo empezó a dar vueltas. Alcancé a oír voces lejanas, y luego... oscuridad.

Me desmayé.



Jorge

Nunca antes había sentido algo igual. Mientras Silvia dormía sobre mi hombro, su cabello olía a fresas y su respiración pausada me relajaba. Había algo en ella, en su fragilidad, que despertaba en mí una necesidad de protegerla.

Desperté cuando la sentí moverse.

—Hey... ¿todo bien? —le dije medio dormido.

—Sí, solo voy al baño —respondió con una voz apenas audible.

Le ofrecí acompañarla, pero me rechazó con suavidad. Cuando volvió, apagué el celular y le ofrecí la cobija. Me agradeció, y me llamó "doctor". No sé por qué esa palabra me dolió un poco.

—No me digas doctor —le pedí con una sonrisa cansada—. Somos amigos. Para mí, eres como una hermana, Silvia. Y te quiero.

La abracé y besé su frente. Era lo único que podía darle: calma.

Cuando amaneció, la vi tomar el té en silencio. No hablaba, no lloraba, solo respiraba despacio, como si le costara seguir viva.

En el cementerio, caminé junto a ella, cuidando cada paso. Su cuerpo temblaba. Cuando cargó el ataúd, supe que estaba al límite. Vi cómo lo abrazaba, cómo susurraba palabras que apenas alcancé a oír, y luego la vi tambalearse.

Corrí.

La atrapé antes de que tocara el suelo. Su cuerpo se desplomó en mis brazos.

—¡René! —grité. Él llegó corriendo.

—¿Qué le pasó a mi hermana?

—Tranquilo. Es un desmayo. Necesito llevarla a un lugar tranquilo —dije, sosteniéndola contra mi pecho.

—Vamos, hijo, tengo la camioneta lista —dijo el padre de Silvia, con voz quebrada.

—Solecito, todo estará bien —susurró Alma acariciándole el cabello.

La subimos con cuidado. Me senté junto a ella, vigilando su respiración. Tenía miedo. No de que muriera, sino de que no quisiera despertar.

Cuando llegamos a su casa, René me indicó su habitación. Entré y la recosté sobre la cama. La habitación era serena: tonos verdes, blancos hueso, flores secas en un florero. Todo en ella hablaba de una mujer que alguna vez fue feliz.

Le puse una almohada bajo la cabeza y la observé un instante. Luego busqué un poco de alcohol y se lo acerqué.

Ella despertó con un leve gemido. Abrió los ojos lentamente, confundida.

—Tranquila, Silvia... ya estás en casa —le dije en voz baja, con una ternura que no planeé mostrar.

Su mirada se cruzó con la mía, y por un segundo, supe que mi vida no volvería a ser la misma.

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