"En un mundo de magia y misterios, el amor puede ser un refugio... o la tormenta que desata la guerra.
La sangre dorada en el suelo es solo el comienzo; en Aethel, cada lágrima derramada forjará el futuro de un ser mágico."
En el mundo de Aethel, a la edad de quince años, cada joven heredero debía someterse a la Ceremonia del Despertar, un ritual antiguo que revelaba los poderes innatos y la cantidad de maná que poseía cada individuo. Los herederos de cada Reino e Isla se encontraban impacientes mientras esperaban el comienzo de aquella ceremonia.
Cuando el sol comenzó su lento descenso, el Gran Mago subió al estrado, con su túnica azul brillando bajo la tenue luz que provenía de un ostentoso candelabro de cristal. Con un ademán de su mano, un silencio respetuoso se apoderó de la multitud.
-Jóvenes de Aethel, -comenzó el Gran Mago con voz resonante. -hoy se reúnen aquí para descubrir los dones que la Diosa Luz les ha otorgado.
Uno por uno, los jóvenes se acercaron al pedestal de piedra en el centro de la plaza. Cada uno colocó su mano sobre el cristal iridiscente, y un destello de luz reveló su poder innato. Algunos eran capaces de controlar los elementos de manera libre, otros podían sanar cualquier herida o hablar con los animales.
El corazón de Verena latía con fuerza mientras esperaba su turno. Soñaba con poseer cualquier poder que le diera la posibilidad a su reino de ganar ante aquella guerra que se avecinaba en el futuro. Pero cuando finalmente colocó su mano sobre el cristal, no sucedió nada, permaneciendo oscuro y sin emitir ningún atisbo de luz.
Un murmullo recorrió la multitud. El Gran Mago frunció el ceño y volvió a colocar la mano de la joven sobre el cristal, pero el resultado fue el mismo: oscuridad total.
-No hay poder -anunció el Gran Mago, su voz teñida de sorpresa y decepción. -Esta joven no posee ningún poder innato.
Un jadeo de incredulidad escapó de los labios de Verena. El mundo a su alrededor parecía desdibujarse mientras las lágrimas llenaban sus ojos. No podía ser verdad. No podía ser la única persona en Aethel sin ningún poder.
-Y su maná -continuó el Gran Mago -es... cero.
Otro jadeo recorrió la multitud. El maná era la energía esencial que alimentaba los poderes mágicos y que permitía hacer uso del mismo. Sin maná, Verena no podría lanzar ni siquiera el hechizo más simple.
En ese momento, la chica sintió como si su mundo se derrumbara ante el azul cerúleo que había en su mirada. Un mar de terrores y desconocimiento se apoderó de su corazón y le robó el aliento, dejándola sumida para siempre en el terrible dolor de no haber visto en aquel cristal nada más que oscuridad. Todo por lo que había trabajado y soñado se había hecho añicos en un instante. No era nada más que una chica ordinaria en un mundo extraordinario.
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El sol de la mañana se filtraba entre las hojas de los árboles, permitiéndome sentir en mi piel su calidez como si fuera una caricia. Centré mi mirada en la diana que yacía colocada a unos metros de distancia y con un movimiento fluido, tomé una flecha de mi carcaj y la coloqué en mi arco.