Capítulo 26: Impostor.

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No podía abrir los ojos, una venda de seda privaba mi vista

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No podía abrir los ojos, una venda de seda privaba mi vista. Solo era capaz de sentirlo, de sentir como sus besos se marcaban en mi piel simulando un dulce rastro imborrable de tinta transparente y perpetua. Sus manos acariciaban mis muslos y de vez en cuando apretaban firmemente mi piel, logrando arrancarme un par de suspiros. Su calor se fusionaba con el mío y el frío que había sobre mi piel, desapareció en cuanto su cuerpo terminó de colisionar contra mí.

Mordió el lóbulo de mi oreja y repartió húmedos besos por mi cuello. Me sentí desesperada por más, por verlo, porque me tocase con más firmeza. Su mano comenzó un descenso tortuoso por mi abdomen y sus caricias lograron poner de punta cada uno de mis vellos. Jugueteó con el elástico de mi pantalón corto, haciéndome sentir necesitada de mucho más que aquel castigo placentero. Cuando creí que finalmente acariciaría el punto más acalorado de mi cuerpo, sus palmas rodearon mi cabeza y arrancaron con dureza la molesta tela que cubría mis ojos.

La oscuridad rodeaba la habitación y aunque sentía a la perfección su presencia, había algo que no me permitía verle. Escondió su rostro en mi cuello y me abrazó con fuerza, como si estuviera buscando mantenerse para siempre en aquella posición, como si supiera que eso sería lo único que podría obtener.

-Siempre serás mía, bonita. -sus palabras se arraigaron a mis entrañas. -Aunque deba romperme para amarte en mil realidades.

Lo ultimo que pude tomar de aquel encuentro, fue el verde tan brillante que guardaban sus ojos. Pero no era el tono que tenían sus orbes o lo reluciente que lucían lo que me hizo enamorarme de un ser que parecía ajeno a la verdadera existencia, sino el amor tan profundo que había en su mirada.

💟🌩️✨

Desperté con la respiración acelerada y el sudor haciendo que mis cabellos se pegaran en mi frente. Tenía la garganta seca y un dolor cruel matando lentamente el recuerdo de sus besos, de su calor, de su voz. Miré cada esquina de mi solitaria habitación buscando con desespero empaparme de su bendita existencia. Busqué en la oscuridad bajo mi cama y en todos los espejos que ahora adornaban mi cuarto, que siempre me llevaban directo hacia sus ojos y que ahora no reflejaban más que el oscuro recuerdo de la amistosa soledad que me envolvía.

¿Cómo era posible que alguien inexistente hubiese podido robar mi corazón cubierto de manchas y golpes?

¿Por qué me hacía sentir que su presencia inundaba mi espacio cuando él no era real?

¿Por qué sentía que lo conocía de toda la vida si jamás había visto unos ojos tan preciosos como los suyos?

Miré el reloj que descansaba sobre mi mesita de noche y no pude hacer más que dejarme caer frustrada sobre el colchón. Eran las cuatro de la mañana y sabía que hasta la noche siguiente no lograría conciliar el sueño nuevamente. Esto pasaba con demasiada frecuencia, él siempre venía, me abrumaba con su poderosa presencia y susurraba dulces palabras que luego me repetía durante todo el día para intentar grabarme sin éxito el tono exacto de voz.

El Poder De La Nada. (LIBRO 1 Y 2)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora