"En un mundo de magia y misterios, el amor puede ser un refugio... o la tormenta que desata la guerra.
La sangre dorada en el suelo es solo el comienzo; en Aethel, cada lágrima derramada forjará el futuro de un ser mágico."
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Sentía en mi alma una culpa que parecía ser mucho más grande que mi propio cuerpo. Mi cabeza era un carrusel de pensamientos que no cesaban. Tenía los ojos hinchados y, a pesar del terrible dolor que los envolvía, las lágrimas continuaban saliendo de ellos. Mallory acariciaba mi cabello e intentaba disimular todo el arrepentimiento que guardaba su mirada.
Todo lo que había sucedido era culpa nuestra, desde el primer arañazo que tuvo la piel de Jason, hasta la muerte de aquel joven de cabellos rubios y nombre para nada memorable. No podía quedarme y pretender que todo lo que sucedía era parte de la imaginación alocada de un grupo de jóvenes. Me dolía mirar a mis amigos a los ojos y mentirles mientras dejaba que el veneno de mis palabras se esparciera lentamente por el interior de mi cuerpo.
Estaba siendo una egoísta.
Honestamente, no tenía intenciones de regresar hacia aquel lugar que no había hecho más que robármelo todo. Yo había cargado con el peso de una corona que no llevaba mi nombre, con el poco oxígeno que alimentaba mis pulmones sedientos de vida y con un montón de mentiras que atravesaban mi pecho.
En el mundo humano las cosas no eran mejores. Éramos una toxina que corría despacio por entre las calles desiertas de un lugar desconocido. Un veneno que se enroscaba en las gargantas de mis amigos. Una muerte segura para los pocos que se habían atrevido a mirar más allá de nuestra dulce apariencia.
Verena se había ido y su partida había marcado un antes y después en nuestras disparatadas vidas. La extrañaba, por supuesto que lo hacía, pero no era ese sentimiento de anhelo el que me apretujaba el corazón. Sino el saber que ella había tomado la decisión correcta, que sin importar lo mucho que había sufrido al otro lado de la barrera, una vez más había decidido ponerse en último lugar.
Celia se adentró en mi cuarto con una expresión de derrota en su rostro. No me atreví a preguntar, sabía que sentía la misma culpa que yo. Me senté sobre el colchón y sequé el rastro húmedo que había en mis mejillas. Mallory, para nuestra sorpresa, fue quien decidió romper el tortuoso silencio que se había expandido entre las paredes.
-No deberíamos volver a verlos. -su voz hizo el amago de quebrarse, pero ella no lo permitió.
-Son nuestros amigos. -protesté a pesar de entender a la perfección el peso de sus palabras.
-Es justo por eso que no deben tenernos cerca, Iris. -rebatió mi igual.
-No quiero hacerles daño. -una gota salada impactó contra la almohada que tenía sobre mis piernas.
-Es inevitable. -la mujer de cabellos de fuego fue quién habló esta vez. -Es el precio que debemos pagar por la vida que deseamos vivir.
-Quizás cometimos un error al venir. -dejé que mis dudas salieran a flote.
-Solo hay dos opciones y ambas saben cuáles son. -Celia salió de la habitación con una calma dolorosamente letal.
Sus palabras habían sido más que claras. Si poníamos sobre una balanza el peso de cada decisión, el resultado daba un claro empate. Nuestra vida en Aethel no había sido tan terrible, o al menos no lo fue hasta que la adolescencia llegó. En el mundo humano, tuvimos la oportunidad de vivir demasiadas experiencias que durante un instante que parecía eterno, logró hacernos olvidar nuestra verdadera procedencia.