Primer encuentro
Silvia
Mis amigos voltearon a verme con una mezcla de sorpresa y lástima que me irritó al instante. No querían que yo viera algo, era evidente.
—¿Qué se traen? —pregunté, cruzándome de brazos.
Fernanda suspiró hondo, como si cargara una bomba que no sabía si debía detonar.
—¿No te has enterado?
—¿De qué? —Su respuesta la supe antes de verla, mi estómago ya estaba apretándose.
Fernanda giró su celular y me lo mostró. Una foto mía, la que me habían tomado en la fiesta, estaba circulando por toda la red escolar. Tenía dibujados unos cuernos enormes y un hashtag que ardía en letras negras: #SilvialaCuernuda.
Sentí que la sangre me hervía.
—¿Saben quién hizo esto? —pregunté entre dientes, conteniendo el temblor en mis manos.
—No, solo sabemos que está por todos lados —respondió Rafael.
Mierda. Si esta foto llegaba a la empresa... ¿con qué cara iba a presentarme allá? La vergüenza me atravesó como un dardo envenenado.
—¿Alguien conoce a un contacto que pueda bajar la foto? No me importa cuánto cueste, pero quiero que la quiten ya.
Luis sacó el celular de inmediato.
—Le escribo a mi primo, el hacker. En unos minutos te digo qué procede. Pero sí... está por todo internet.
Yo ya tenía un nombre en la cabeza: Melani. Claro. Como si no fuera suficiente haberme traicionado físicamente... ahora también quería destruirme socialmente.
⸻
Caminamos hacia el salón de Biología. Nos habían avisado que nuestro profesor de siempre no volvería por un problema de salud grave. Cáncer. Una sombra de tristeza se nos quedó pegada en la piel.
Nos sentamos en nuestro lugar habitual: ni muy atrás ni muy adelante. El punto medio donde no llamábamos la atención... irónico, considerando que llevaba un hashtag viral clavado en la frente.
De pronto escuchamos un "Buenos días" profundo, con un matiz autoritario que nos obligó a levantar la vista.
Y ahí estaba él.
El nuevo maestro.
Un hombre joven —bueno, no tanto— de unos treinta años, alto, pelinegro, de espalda ancha y porte recto. Camisa blanca bien planchada, cinturón negro, mirada seria. Una figura que fácilmente podría hacer suspirar hasta a la mujer más sensata.
Incluso yo, que venía de una desgracia emocional, sentí ese microsegundo en el que se me secó la boca.
—Buenos días, alumnos —dijo—. Soy el maestro Jorge Salinas Pérez. Seré su nuevo profesor el resto del semestre. Las reglas son simples.
Sacó unas hojas de su portafolio y las entregó a las filas.
Las reglas eran estrictas. Demasiado. Parecía que estábamos enlistándonos en la milicia. Cuando las terminé de leer, tragué saliva. Extrañaba a mi viejo profesor... aunque se estuviera muriendo.
—¿Alguna duda? —preguntó.
Y ahí va Yamileth, levantando la mano para arruinarlo todo.
—¿Usted está soltero?
El rostro de Jorge se endureció como piedra.
—Mi vida privada no es de su incumbencia. Y sería mejor que se concentrara en sus calificaciones, señorita Yamileth, porque según veo aquí —alzando la hoja— es de las más bajas del salón. Así que en vez de investigar mi estado civil, póngase a estudiar.
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De mi
Teen FictionUn empresario con riesgo a quedar en la quiebra, compromete a su hija con un empresario multimillonario, no se soportan para nada pero cuando se dan cuenta lo que en verdad cada uno siente, ahí algo que los separa.
