El eco del corazón
Silvia
Desperté después de una pesadilla horrible donde le pasaba algo a mi nana.
El silencio en la casa era extraño. Demasiado espeso. Demasiado lleno.
Jorge dormía con Carlos acurrucado en su pecho. Yo no podía. Aún con el cansancio clavado en los huesos, mis ojos se negaban a cerrarse. Me levanté con cuidado de la cama, tomé un suéter del respaldo de la silla y salí del balcón. La ciudad se abría frente a mí, dormida e indiferente. Pero yo... yo no tenía paz.
La idea de que mi nana estuviera en un hospital, enferma, frágil... me arranchaba el aire.
Ella fue mi todo. Mi refugio. La única voz que me consolaba de niña cuando mis padres se olvidaban de que yo existía o discutían a gritos en el comedor. Ella me enseñó a amar el café con canela, a doblar la ropa con cariño, a rezar cuando todo parecía perdido.
Bajé a la cocina en puntas. Amanda estaba dormida en el sillón con una manta sobre las piernas. Le agradecí en silencio. Sirviéndome una taza de agua caliente, caminé hacia la sala y me marqué a Luis.
—¿Hola?—. Respondió con voz adormilada.
—¿Cómo está ella?—. Pregunté sin saludar siquiera. Mi voz sonaba quebrada.
—Silv... aún no despierta—.
Me quedé muda.
—¿Cómo que no despierta?—.
—Tuvo una recaída, traté de llamarte pero no entraban las llamadas—.
Sentí que el corazón se me caía. El pecho se me hizo nudo.
—Está en terapia intensiva. Te esperamos en el hospital de Jorge—.
Colgué.
Subí las escaleras como un huracán. Jorge se despertó apenas crucé la puerta.
—¿Qué pasa?—. Se frotó los ojos.
—Mi nana... está en terapia intensiva. Tenemos que ir al hospital—.
—¿Ahora?—.
—Ahora—.
Me vestí a toda prisa, sin darme tiempo de protestas. Jorge se levantó también y cargó a Carlos mientras yo alistaba una pequeña mochila con lo esencial para el bebé. En menos de quince minutos estábamos saliendo de casa rumbo al hospital.
La ciudad, aún dormida, parecía moverse con ritmo de mi desesperación. Cada semáforo era una tortura. Cada minuto, un peso en el pecho.
Cuando por fin llegamos, corrí por los pasillos hasta la recepción. Luis estaba ahí, con los ojos rojos de tanto llorar.
—¿Dónde está?—.
—En el segundo piso. Pero no puedes entrar hasta que el médico salga—.
—¡¿Qué?! ¡Es mi nana!—.
—Y está en cuidados intensivos. Silv... por favor—.
Apreté los dientes. Me apoyé en la pared, sintiendo que el mundo giraba demasiado rápido.
Jorge llegó detrás de mí, con Carlos en brazos. Me acarició la espalda. No le dije nada. Solo necesitaba estar ahí. Respirar. No romperme del todo.
Minutos después—o siglos, no lo sé— salió una doctora de rostro amable pero serio.
—Familiares de Aurora Gutiérrez—.
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De mi
Teen FictionUn empresario con riesgo a quedar en la quiebra, compromete a su hija con un empresario multimillonario, no se soportan para nada pero cuando se dan cuenta lo que en verdad cada uno siente, ahí algo que los separa.
