Capitulo 75 (Extra)

100 11 8
                                        

Cinco años después...

Silvia

El olor a café recién hecho se cuela por las rendijas de la cocina abierta, mezclándose con la brisa salada que llega desde la playa. Yo no necesito alarma. Es Carlos quien me despierta cada mañana, siempre con los pies sucios de arena y el cabello alborotado por el viento. Tiene 5 años y una risa idéntica a la de Jorge, y eso que según se parecía a mi, bueno tiene mi rostro, pero algunas cosas sí o sí son de Jorge, aunque frunce el ceño buscando entender el mundo, me recuerda a mi.

Vivir en Mazunte era una decisión que creí temporal. Una pausa. Un refugio. Pero con el tiempo se volvió hogar. Y más porque atendía en la clínica junto con Jorge y ya se había vuelto algo cotidiano. A Carlos lo llevaba a la escuela y tenía quien lo cuidara cuando nosotros no podíamos, Doña Carmen se había convertido como su nana.

La casa ya no es la misma. La ampliamos un poco a poco, con madera local y con manos amigas.

Aveces pienso en la ciudad. En todo lo que dejamos atrás. En los silencios. En las ausencias. En las muertes que no pudimos evitar. Pero también en lo que encontramos.

Desde que pasó lo de mi nana, no he vuelto a pisar Ciudad de México, Rafael y Alex debes en cuando vienen a ver a Carlos, de hecho él les dice tíos a ellos.

Amanda se quedó aquí al igual que Alex y su hijo si se quedó en Ciudad de México.

Aveces quisiera regresar a pisar la ciudad, pero me da una flojera porque ya me acostumbre a la calma que hay aquí, en Mazunte.

Hoy es domingo. Y como cada domingo, Carlos y Jorge están en la playa desde temprano. Uno corre, otro intenta alcanzar con pasos más lentos pero igual de felices. Yo los observo desde la terraza, con una taza de barro en las manos, y otra en mi vientre, porque estoy embarazada y si al fin tendré a mi muñeca con los ojos de mi hombre.

Al fin tendré a mi parejita como siempre lo soñé.

Jorge quiere tener un equipo de fútbol completo de hijos, pero la verdad no creo aguantarle muchos.

Cinco años. Cinco inviernos. Cinco primaveras sin ella.

Mi nana se fue como vivió: sin hacer ruido, dejando raíces en cada rincón. A veces, cuando el viento sopla desde el mar, siento que me habla. Que aún me cuida.

—¡Mamá!—. Me llamo Carlos, subiendo las escaleras lleno de arena. —Papá dice que hagamos desayuno en la playa. ¿Vamos?—.

—Claro, amor. Solo dame un minuto—.

Me peine rápido, meto fruta y un pan en una cesta de palma, bajo con el. Jorge me espera con una sonrisa que nunca ha perdió el brillo. Nos besamos como si el tiempo no pesara, como si aún fuéramos esos dos que, perdidos en la pena, aprendieron a caminar de nuevo tomados de la mano.

______________

Comemos sobre una manta grande mientras las olas van y vienen. Carlos cuenta historia de dragones y planetas, y Jorge lo escucha como si cada palabra suya fuera una revelación. En un momento, me alejo un poco. Camino por la orilla, acariciando mi vientre. No necesito mirar atrás para poder seguir adelante.

Recuerdo la primera vez que vine aquí. La primera vez que vi a Jorge después de 5 meses. Cuando él decidió quedarse aquí por mi. Recuerdo a mi nana, sentada en su mecedora, los ojos cerrados, el rostro en calma. Recuerdo sus últimas palabras. Su fe en mi. En nosotros.

Tengo la gran certeza que ella desde donde esté. Está feliz por verme triunfando alado de mi familia.

—¿En qué piensas?—. Pregunta Jorge, acercándose por detrás, abrazándome.

—En que estoy viva. Y en mi nana, que gracias a ella estoy donde debería de estar—.

Nos quedamos ahí, con los pies en el agua y el cielo encendido de azul. Carlos corre hacia nosotros, salpicando arena, riendo con la risa más libre más libre que he escuchado en mi vida.

—¡Vamos al agua!—. Grita, tomándonos de la mano.

Y vamos.

Porque ahora sé que lo que aún nos queda... es todo.

Es esto.

Es hoy.

El amor que elegimos, incluso después del color.

De miDonde viven las historias. Descúbrelo ahora