Capitulo 8

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Colapso

Silvia

Terminé las dos primeras clases con la cabeza a punto de reventar. Era como si alguien dentro de mi cráneo hubiera encendido una máquina que no sabía apagar. No le dije nada a Alex porque no quería que le avisara a Jorge; no quería que se montara el espectáculo de preocupación que me hacía sentir aún más pequeña.

Fui a la cafetería en busca de algo que me calmara: un café de vainilla, el único que parecía entenderme en ese momento. Tenía una hora libre, suficiente para retomar la charla que habíamos dejado en la camioneta. Le invité un licuado a Alex; lo pidió de fresa, yo me aferré al calor de mi vaso.

—Alex, ¿tú sabes la historia de Jorge? —pregunté, necesitaba entender por qué era tan correcto, por qué no toleraba la falta de respeto hacia los demás.

Él suspiró, miró al vacío por un segundo y comenzó a hablar con esa voz que parecía hecha para contar penas ajenas.

—No sé todo, pero sí algunas cosas. Mi hermana trabajaba en su casa cuando vivía la señora Camila con su hijo Carlos —dijo—. Una desgracia cayó sobre ellos: la señora Camila y Carlos fallecieron. Yo tenía diez años y Jorge como siete. Él era muy apegado a su mamá... imagínate cómo lo marcó eso.

Tomé un sorbo de mi café; el sabor no hizo nada contra la presión en mi sien, pero me concentré en las palabras de Alex como si fueran un mapa.

—Su padre no soportó la pérdida —continuó— y se refugió en el alcohol. Para no verlo hundirse lo mandaron a un internado en Alemania. Estuvo desde los ocho hasta los veintiséis años. Toda su vida estuvo marcada por ese silencio, por esa separación. Por eso es tan reservado. Por eso obliga a la gente a tenerle respeto... a veces confundido con frialdad.

—No puedo creer todo lo que ha pasado Jorge —murmuré. Era fácil verlo por fuera y no dimensionar lo que había detrás.

—Él es bueno con quien aprecia —dijo Alex—. Mi hermana y yo somos de los que reciben ese trato especial, casi como familia. Tú eres la única que le ha sacado su lado amable en poco tiempo. Algo vio en ti; por eso aceptaste el compromiso sin pelear tanto. Si lo lastimas —añadió con una seriedad que me dio miedo por su lealtad—, no te lo perdonaré.

Le prometí que serían amigos. Mentira piadosa o no, en ese momento me sentí rodeada de personas que querían mi bien y me aferré a eso.

Miré el reloj y faltaban diez minutos para la clase de biología. Guardé mis cosas y salimos al aula, con la sensación de haber hablado demasiado en una hora y de no haber dicho lo más importante.

Me senté adelante otra vez, lejos del escuadrón de Fernanda. Alex se quedó afuera, a su puesto de vigilancia habitual. Sentí cómo alguien se acomodaba a mi lado: Rafael. Su presencia fue un alivio.

—Silvia, siento lo que te hizo Fernanda —dijo—. Le pedí que parara, le dije que no hiciera más cosas contra ti, pero no me hace caso. Te tenía envidia desde que se enteró de que te ibas a casar con Salinas. Ella pensó que tenía posibilidades.

—No lo sospeché —contesté—. Si te conozco, sé que no me harías daño.

—Me voy a alejar de ella —prometió—. Tiene algo planeado y no quiso decirme la verdad, pero vine a decirte que no estás sola.

Apretamos manos. Su calor me calmó por un segundo.

Entró Jorge. El aula se llenó de una tensión distinta: no la mía, sino la suya. Cuando un alumno levantó la mano y le preguntó algo fuera de lugar, su respuesta me dejó sin aliento.

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