Epilogo ✨

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Mazunte, diez años después.

Silvia

La casa ha cambiado otra vez. Creció con nosotros. Con nuestras risas, nuestras batallas diarias, las noches sin dormir por fiebre o por sueños, las comidas entre amigos y las navidades que se celebran al ritmo del mar. La terraza ahora tiene un columpio de madera que Jorge hizo con sus propias manos, y desde allí veo jugar a nuestros hijos.

Sí, hijos. Porque después de Carlitos, llegaron dos más. Luz —mi muñeca, como la soñé— y Matías, que llegó a completar la escuadra que Jorge decía querer. Se quedó en tres, porque al cuarto intento yo me planté con una sonrisa y una lista de razones médicas, lógicas y emocionales. Pero sí, tenemos nuestro pequeño equipo.

Luz tiene siete años, y es fuego envuelto en caramelo.
Tiene mis ojos pero la determinación de Jorge. Y Matías, de cinco, es un remolino de ternura que adora estar colgado del cuello de su papá.
Carlos, ahora con quince, es todo un adolescente. Rebelde y dulce en partes iguales, su cuarto está lleno de libros, conchas, fotos nuestras y mapas de estrellas. Sueña con ser biólogo marino. O astronauta. O las dos cosas.

Jorge sigue atendiendo en la clínica conmigo, aunque también se ha vuelto un maestro improvisado para los jóvenes que llegan a hacer prácticas. Todos lo respetan. Lo buscan. Lo quieren. Es ese tipo de hombre que no necesita alzar la voz para hacerse escuchar. Ese tipo de amor que no se apaga, que se asienta, que arde con calma.

Yo, por fin, también encontré mi centro. Doy consultas, escribo artículos, cuido de mis hijos, y aún me siento aprendiz de la vida. Me cuesta ver hacia atrás sin sentir ese nudo en la garganta. Lo que fuimos. Lo que nos rompió. Lo que casi nos pierde. Pero también lo que elegimos construir desde los escombros.

A veces, cuando el sol se esconde detrás del mar, salgo al porche con una taza de té y el corazón abierto. Hablo con mi nana en silencio. Le cuento que todo valió la pena.
Que sus palabras fueron semilla. Que aquí estoy. Que estoy bien. Que estoy feliz.

Hoy, Jorge me preparó una cena en la playa.
Los niños corren por ahí, con linternas y risas.
La arena aún caliente bajo mis pies. Nos sentamos uno al lado del otro. Ya no decimos tanto como antes. Nos basta con mirarnos.

—¿Sabes qué día es hoy? —me pregunta.

—Claro —respondo—. Catorce años desde que me dijiste que te quedabas conmigo. Que no te ibas más.

—Y sigo cumpliendo mi promesa -dice, tomándome la mano.

—Y yo la mía —le contesto.

Porque eso somos ahora. Promesas cumplidas. Puertas abiertas. Hogar.

Y cuando los niños se acercan con estrellas de mar y cuentos nuevos, cuando Jorge me pasa el brazo por los hombros y me besa la frente, cuando el mar nos susurra de fondo, sé que no cambiaría nada.

Porque el amor real no se encuentra. Se construye. Día a día. Herida a herida. Sonrisa
a sonrisa.

Y en este rincón del mundo, bajo este cielo encendido y esta arena tibia, seguimos eligiéndonos.
Una y otra vez.
Hasta el final.
Y después.
Siempre.

Fin.

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