Reglas
Silvia
Al llegar a mi casa sentí el cuerpo cansado, la mente pesada... como si la mañana hubiera drenado hasta la última gota de paciencia que me quedaba. Me metí directo a la regadera; necesitaba que el agua tibia me aclarara la cabeza, que se llevara la tensión que traía clavada en la nuca desde que acepté ese maldito pacto con Jorge.
Tenía que pensar con frialdad, sin dejarme llevar por los impulsos. Ver qué reglas imponía él, cuáles imponíamos nosotros... y en qué punto ambas vidas —dos completamente distintas— iban a mezclarse en una sola mentira compartida.
Me enjaboné despacio, dejé caer el agua sobre mis hombros y respiré hondo. Calma, Silvia, calma.
Cuando salí, envolví mi cuerpo en una toalla y busqué ropa cómoda pero presentable: un top blanco, un pantalón beige y mis Nike Air Force 1. Quería verme bien, pero no exagerada. Total, era un asunto "de negocios"... si es que se le puede llamar así a venderle el alma al demonio.
Me maquillé lo más natural posible, un toque de brillo en los labios, rímel y blush suave. Al terminar, revisé la hora. 12:30 pm.
Los nervios me iban manejando a mí, no yo a ellos. Así que me desvié a por un café —necesitaba algo que me calentara el cuerpo y me enfriara el cerebro.
Cuando llegué a la escuela, estacioné la camioneta y respiré hondo antes de bajar. Ojalá no me encuentre a Fernanda, pensé. Hoy era el único día que ella tenía clases en ese horario... y no quería explicaciones.
Caminé por el centro, subí las escaleras hacia las oficinas, leyendo puerta por puerta los nombres de los profesores, hasta que encontré la de Salinas. Mi estómago se revolvió. Toqué con cuidado, casi con miedo.
—Adelante —respondió él.
Entré. Jorge estaba sentado detrás del escritorio, concentrado en la computadora. Llevaba la camisa blanca con las mangas arriscadas, mostrando los antebrazos... como si no supiera lo irritante que era verlo tan cómodo mientras yo estaba hecha un manojo de nervios.
—Llegas tarde, Silvia. Siéntate —fue lo primero que dijo.
Revisé mi reloj: 1:32.
—No llegué tarde, señor —respondí girando los ojos.
—Con dos minutos que llegues tarde es impuntualidad.
Ahí estaba él: Don Perfecto.
—Pues perdone, pero ya al grano porque tengo demasiadas cosas por hacer —mentí. No tenía nada, pero si me quedaba demasiado ahí dentro, me iba a dar un ataque.
—En primera, no me hables de usted. Recuerda que vamos a ser esposos. Y en segunda, me gusta que lleguen temprano.
Mi paciencia se quebró un poquito más.
—Entendido... ahora vayamos al grano.
Justo entonces se escuchó la impresora. Jorge se levantó, tomó la hoja recién salida y la deslizó por el escritorio hacia mí. Yo le entregué mis reglas para que las leyera mientras revisaba las suyas.
"Reglas para nuestro matrimonio falso".
Lo leí punto por punto.
Y sí... Jorge le metió producción. Parecía que llevaba años planeando este circo.
Al terminar de leer, lo observé. Él seguía muy entretenido revisando mi lista.
—¿Qué tal te parecieron? —pregunté.
—Están bien desarrolladas, fácil pueden quedar ambos papeles. Solo les agregamos unas y listo.
Volvió a escribir en la computadora, tecleando como si aquello fuera lo más simple del mundo. Cuando terminó, imprimió otra hoja y me la entregó.
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De mi
Novela JuvenilUn empresario con riesgo a quedar en la quiebra, compromete a su hija con un empresario multimillonario, no se soportan para nada pero cuando se dan cuenta lo que en verdad cada uno siente, ahí algo que los separa.
