Se fue feliz
Silvia
A los dos días dieron de alta a mi nana, mi madre me suplicó que nos quedáramos en su casa para que mi nana estuviera tranquila, pero yo me negué, no necesitaba nada de esa mujer en este momento.
Solo quería estar con mi nana y que pasara los últimos días conmigo.
El doctor le dio un tratamiento a mi nana para disminuir el dolor que le causaría la enfermedad, solo era un calmante, más no la cura.
Nos dijo que como se complicaron un poco las cosas en estos días, que la esperanza de vida de al menos 6 meses, se había cortado.
Ahora no sé cuánto tiempo me queda con ella a mi lado.
No verá a mi hijo crecer, pero sé que desde allá lo va a cuidar.
Alistamos todas las cosas de mi nana y nos fuimos hasta Mazunte.
Luis, Rafael, Amanda, Alex y su hijo vienen también.
Pensé que solo nos íbamos a ir nosotros cuatro, pero se unieron más al plan y eso está bien. Mi nana tiene que estar en unieron ambiente seguro.
El mar apareció ante nosotros como un viejo amigo. En cuanto la camioneta comenzó a descender por la carretera costera, sentí como se me aligeraba el pecho. Era como si el aire se volviera más profundo, más lento... más mío. Mazunte no era solo un lugar. Era una tregua. Una memoria que no me dolía. Un suspiro que aún podía tomar sin temer.
Jorge manejaba en silencio, una de sus manos firmes sobre el volante, la otra a ratos buscaba la mía o la dejaba simplemente en mi pierna. Carlos dormía en su sillita y mi nana... ella iba a su lado. Recostada contra una almohada. No dormía, pero tampoco hablaba. Sus ojos miraban el cielo como si intentaran llevarse su forma consigo.
—¿Estás bien?—. Le pregunté, girándome hacia ella.
—Estoy en paz—. Respondió con una sonrisa casi infantil. —Y eso, mi niña, ya es mucho—.
Apreté los labios. No quería llorar. No ahora.
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Conseguí una casa en Mazunte con la ayuda de Doña Carmen, era pequeña, pero luminosa. Tenía una terraza que muraba directo al mar y una habitación que daba al jardín lleno de bugambilias. Apenas llegamos, Jorge bajó las maletas y se ocupó de instalar a mi nana en la habitación más fresca, la que tenía un ventanal que debajo entrar la brisa del mar.
Luis nos alcanzó en la tarde con algunas cosas pendientes. Traía frutas, medicinas y una sonrisa amable que tanto agradecía tener cerca.
La primera noche fue silenciosa.
Jorge y yo nos sentamos en la terraza cuando Carlos se durmió. Escuchamos el oleaje en la distancia, mientras el viento nos removía el cabello. El abrió una botella de vino que había traído consigo.
—¿Sabes?—. Dije, rompiendo el silencio. —Nunca creí que terminaríamos aquí, así, con el mar frente a nosotros y el tiempo corriéndonos por dentro—.
—¿Y cómo creías que terminaríamos?—.
—No lo sé. Pensaba en caos. En lágrimas. En que todo se rompiera sin remedio. Pero no en esto... en esta calma—.
Él me miró, como si cada palabra mía pudiera guardarla en la memoria.
—La calma también duele—. Murmuró.
Y si. Tenía razón.
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Los días siguientes transcurrieron con la lentitud de las cosas importantes.
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De mi
Teen FictionUn empresario con riesgo a quedar en la quiebra, compromete a su hija con un empresario multimillonario, no se soportan para nada pero cuando se dan cuenta lo que en verdad cada uno siente, ahí algo que los separa.
