Capitulo 7

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Entre susurros, cuchillos y un cielo que amenaza lluvia

Silvia

Wow... fue lo único que pude decir al ver la habitación. Juro por Dios que era más grande que mi cuarto entero en mi casa. Tonos café claro mezclados con blanco creaban una armonía elegante; una pantalla colgada frente a la cama y lámparas en las mesas de noche daban esa sensación de lujo silencioso que apabulla.

—¿Te gusta? —preguntó Jorge.

—Sí, es hermosa —solté sin pensarlo, casi con un hilo de voz.

—Pues te la iba a enseñar ya que nos casáramos, pero la situación lo amerita.

Lo sospeché desde el primer instante: esta era la casa a la que vendríamos a vivir cuando estuviéramos casados. Ahora estaba parada justo donde solo imaginaba pisar dentro de meses.

—Está bonito todo aquí, la verdad —admití. Sí que tenía buen gusto. Y dinero.

—¿Quieres cambiar algo en tu habitación? Si sí, mañana mismo tengo un decorador aquí —dijo con una facilidad que me tensó y me tranquilizó al mismo tiempo.

—No... está perfecto. Todo mejor de lo que yo hubiera decorado.

—Bueno. Te dejo dormir. Ahorita te traigo algo para que duermas más cómoda. ¿Mañana a qué hora entras?

La maldita escuela... se me había olvidado.

—A las diez.

—Okey. Antes de esa hora te tengo ropa nueva para que te cambies junto con las cosas que ocupas.

¿Desde cuándo tan bueno?, pensé.

—Gracias —murmuré.

Asintió y salió del cuarto.

Su amabilidad me sorprendía. Habíamos empezado con el pie izquierdo, con frialdad, con gruñidos disfrazados de diálogos. Y ahora, ¿esto? ¿Quién en este mundo pensaba tanto en tu bienestar? ¿Quién te buscaba por toda la ciudad? Aún así, no podía negar que me había parecido raro eso de que me localizara por el teléfono... esa tecnología que hoy en día nos va a controlar un día de estos.

Entré al baño. Era sencillo... sencillo para estándares de rico: vista al jardín, plantas, bañera y regadera. Me quité la ropa para darme una ducha; necesitaba quitarme el dolor de cabeza que me taladraba desde hace horas. No le dije nada a Jorge porque, conociéndolo tan poco, era capaz de llevarme al hospital.

Me puse una bata para llenar la bañera. Revisé las canastas bajo los lavabos y encontré bombas de baño y sales. Elegí una bomba con aroma a lavanda y eucalipto. Cuando la bañera estuvo lista, me deshice del peinado, me recogí el cabello en un molote improvisado y entré.

El agua caliente me abrazó. Me tapé los ojos con una toallita para relajarme aún más. Mañana enfrentaría insultos, burlas, miradas. Fernanda y Rafael... ¿de dónde había salido tanto odio? ¿De verdad alguien podía volverse tan cruel en tan poco tiempo?

Tocaron la puerta cuando estaba por secarme.

—¡Un segundo! —grité, poniéndome la bata apresurada.

Abrí. Era Jorge. Traía algo doblado en sus manos.

—Silv, no encontré algo más chico en mi clóset, pero te traje una camisa y un short mío para que duermas.

Una camisa de él. No lo esperaba.

—No te hubieras molestado. Podía dormir con la bata.

—Tienes que dormir cómoda después de lo que pasó hoy, Silvia. Mañana también será pesado.

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