Acuerdo
Silvia
Escuché cómo tocaron la puerta de la habitación donde me estaba quedando. Me limpié rápido las lágrimas con la manga, sintiendo todavía los ojos hinchados y calientes.
—Pase —murmuré, convencida de que sería mi nana trayéndome agua o algo que me reconfortara.
Pero no.
No era ella.
El aroma fue lo primero que me golpeó... una loción fresca, amaderada, que solo había olido una vez en mi vida. No pude evitar contener el aire cuando reconocí ese perfume. Jorge.
El hombre que ahora, absurdamente, se había convertido en mi prometido.
—No llores, niñita —soltó con esa voz grave que parecía vibrarme directo en el pecho.
¿Niñita?
¿De verdad me estaba diciendo así justo ahora?
—¿Cómo no quieres que llore? Si me están obligando a casarme con un odioso de mierda —solté sin medir ya nada. Total, ¿qué más podía perder?
—¿Qué dijiste? —preguntó, frunciendo el ceño como si no hubiese escuchado bien.
Me levanté de golpe y fui hasta él, obligándome a alzar la vista porque su estatura era ridícula comparada a la mía.
—Que eres un odioso de mierda —repetí, clara, con los ojos llenos de coraje—. Nadie te quiere para marido, pero con la primera pendeja que les pusieron enfrente se les ocurrió casarte.
Me puse de puntitas, inútilmente, intentando alcanzarlo un poco más. Él apenas movió un músculo. Solo me observaba como si yo fuera un bicho extraño.
—Mira, yo no estoy para aguantarte mucho —replicó con una calma irritante—. Así que te propongo un trato.
Genial. Ahora él venía a ponerme condiciones.
—¿Cuál? —pregunté cruzándome de brazos.
—Nos casamos. Duramos al menos un año de casados. Si no nos soportamos —que seguramente así sería— nos divorciamos. Tú te quedas con la mitad de mi herencia, y yo con la otra mitad.
Me quedé helada.
¿Media herencia?
Tentador. Muy tentador.
Aunque, claro, yo ya tenía decidido que ese año se lo convertiría en un infierno... uno suave, elegante, a mi estilo, pero infierno al fin.
—Acepto —dije—. Pero con una condición.
—¿Y ahora qué quiere la niñita? ¿Un banana split? —murmuró con sarcasmo.
Si lo hubiera tenido más cerca le mordía el brazo.
—Yo voy a poner reglas y tú las vas a aceptar.
—Al igual que yo —contestó él—. Ambos vamos a poner reglas. Si se parecen, solo se queda una. Si no, se quedan las dos.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía pensar con claridad.
—Trato —dije.
Apretamos las manos, y sentí un escalofrío extraño subir desde mi muñeca hasta el pecho. Una electricidad incómoda... que no quería, pero estaba ahí.
⸻
El anuncio
Bajamos al salón. Yo con la dignidad reconstruida a medias, él con esa expresión seria de estatua griega recién tallada.
—Ya hablamos —anuncié con voz firme, sin dejar ver el temblor interno—. Y creemos que es la mejor opción para ambas familias. Aceptamos casarnos.
ESTÁS LEYENDO
De mi
Novela JuvenilUn empresario con riesgo a quedar en la quiebra, compromete a su hija con un empresario multimillonario, no se soportan para nada pero cuando se dan cuenta lo que en verdad cada uno siente, ahí algo que los separa.
