Lo que aún nos queda
Silvia
El aire de la tarde olía a tierra húmeda y a nostalgia. En la habitación, el sonido del oxígeno era un relajo que marcaba no las horas, sino los suspiros que aún me quedaban con ella. La miré dormir, envuelta en sábanas que parecían más grandes que su cuerpo cada día. Mi nana... segunda madre, la mujer que me enseñó a atar mis zapatos, a escribir mi nombre y a decir que no cuando dolía decirlo.
La vi dormida, tan frágil, tan ajena al bullicio de la vida, y entonces lo supe: tenía que hacer algo más. No podía permitir que se apagara en este hospital de luces frías y murmullos de despedida.
Tome una decisión.
Me incliné, bese su frente, y le susurré que regresaba pronto. Luis estaba junto a ella.
Salí y busque a Jorge. Lo encontré en el pasillo, mirando por la ventana. El sol caía a plomo sobre la ciudad, y aún así él parecía iluminarse por dentro. Me acerqué con paso firme, sabiendo lo que iba a decidir podía cambiarlo todo.
—¿Podemos hablar un momento? Afuera—. Le pedí, con un hilo de voz.
Jorge se volvió hacia mí con su eterna calma. Asintió sin preguntar. Salimos al jardín del hospital, ese pequeño espacio donde la gente finge respirar paz. El pasto estaba recién cortado, el cielo azul, pero para mí mundo seguía siendo una mezcla de tristeza y decisión.
—Dime mi vida... ¿de qué quieres hablar?—. Pregunto con suavidad, tomándome de las manos como si temiera que me deshiciera entre sus dedos.
Lo miré luchando contra el nudo en mi garganta.
—Es sobre mi nana. Sé que no sabes cuál es su enfermedad—.
El asintió, sin interrumpirme, esperando. Sus ojos, ese refugio mío, estaban cargados de preocupación.
—Tiene cancer. Adenocarcinoma pancreatico en etapa IV—.
Vi como su rostro cambiaba. Se quedó en silencio unos segundos, como si intentara procesar cada palabra.
—No puede ser... pero si ella se veía bien... ¿Porque no nos dijo nada?—.
—Ni yo lo sé amor. Tal vez no quería preocuparnos. Tal vez quería vivir como si nada pasara. Es tan fuerte...—. Mi voz se quebró, pero me obligue a continuar. —Los doctores dicen que no le queda mucho tiempo. Y yo no quiero que sus últimos días los pase aquí, entre agujas y paredes blancas—.
Él me miró con compresión. Me apretó las manos fuerte.
—¿Y qué piensas hacer?—.
Tome aire. La decisión me había parecido sencilla cuando la pensé en soledad, pero decirlo en voz alta la convertía en un punto de no retorno.
—Estaba pensando llevármela a Mazunte. A pasar lo que le queda conmigo... lejos del ruido, del dolor... de esta ciudad que ya no siento mía. Me quedaría aquí, pero cada vez me pesa más este lugar. Mazunte es paz. Mazunte es mar y recuerdos felices. Creo que allí ella podría irse en paz. Y yo... podré despedirme.
Jorge me observó largo rato. No dijo nada enseguida, y temí que estuviera en desacuerdo. Pero entonces, como tantas veces, fue mi ancla.
—Está bien. Estoy de acuerdo. Llévala contigo. Vamos los tres... los cuatro—. Corrigió, refiriéndose a mi hijo. —Ya en algún momento volveremos a la ciudad. Pero ahora, ustedes dos necesitan estar allá, yo las acompaño—.
Un suspiro se escapó sin permiso. Me sentí ligera. Más ligera de lo que había estado en días.
—Solo falta que le den de alta. Y ya nos vamos—.
Él asintió con ternura, acariciandome el rostro.
—Vamos adentro. Nuestro hijo debe estar buscando su chichi para ser feliz—.
Íbamos a regresar de la mano, cuando una voz a mis espaldas me hizo detenerme.
—¡Silvia!—.
Me volví. Y el mundo se me detuvo.
—¿Estás viva?—.
Eran ellos. Mis padres.
Mi madre tenía el rostro pálido como el papel, y mi padre parecía haberse encogido en su traje caro. No los veía desde que me casé. Desde que fingieron mi muerte.
—Estoy viva—. Respondí con sinceridad. No tenía espacio para la rabia. No ahora.
—¡Dios mío! Pero como pasó esto, hace meses te enterramos. ¿Porque nadie nos avisó que estabas viva? No sabes cuánto he llorado tu muerte—. Dijo mi madre con la voz quebrada.
—Porque lo decidí así—. Respondí con honestidad. —Porque necesitaba tiempo. Y porque esta vez, mamá, no quería cuidar a todos. Quería cuidarme yo y mi pequeño—.
Al decir "Mi pequeño" se quedaron totalmente fríos.
—¿Pequeño? ¿tuviste un bebé y no supimos nada?—.
—Asi es—.
Mi padre hizo un gesto que no supe leer. Tristeza, tal vez. Dolor. O cansancio.
—¿Y tu nana?—. Preguntó el.
Los miré, deseando que esta conversación no fuera aquí, en medio del pasillo del hospital.
—Ella está mal... tiene cancer. Etapa terminal—.
Mi madre se llevó las manos al rostro ahogando un gemido. Mi padre no dijo nada, solo bajo la cabeza.
—Me la llevaré conmigo—. Continué. —A pasar con ella el tiempo que le queda—.
—¿Ya no vas a volver?—. Pregunto mi madre, aún incrédula.
—Mi vida ahora es otra mamá. Tengo k a familia. Tengo un hijo hermoso. Y lo único que quiero ahora es estar con ella. Acompañarla. Amar lo que aún le queda—.
Jorge a mi lado, no dijo nada. Pero su presencia fue un escudo, una certeza.
—Silvia...—. Dijo mi padre por fin. —Hicimos muchas cosas mal. Nunca supimos darte espacio para decidir. Pero si esto es lo que quieres, estaremos contigo—.
No los necesito. Me hicieron tanto daño en mi pasado, que me olvidé que tengo padres.
No les guardo rencor, pero por el momento no los quiero en mi vida.
—Agradezco su apoyo, pero no los necesito, gracias y hasta luego—.
Me di la vuelta y mi madre me tomó de la mano.
—¿Podemos al menos conocer a tu pequeño y ver a tu nana?—. Asentí.
No quería quitarles la oportunidad de conocer a su nieto, solo quiero que vean todo lo que se perdieron por venderme por unos cuantos pesos para salvar su empresa.
Entramos todos. Jorge me tomó de la mano, y al volver a la habitación, encontré a mi nana sentada, despierta, con los ojos puestos en Carlos, que Luis lo traía en brazos y no paraba de llorar.
—¿Fuiste por café?—. Preguntó con esa ironía que no perdía ni en los momentos oscuros.
—No exactamente, mamá—. Dije, acercándome a besarla.
Cuando vio a mis padres, se quedó inmóvil unos segundos. Luego simplemente dijo:
—Que milagro—.
Mi madre se acercó, y por primera vez en años, se arrodilló frente a ella y le tomó la mano.
—Gracias por cuidar a mi hija cuando yo no supe hacerlo—. Le dijo y rompió a llorar.
Aquella noche, mientras Jorge me abrazaba en el sofá mientras le daba pecho a mi bebé, sentí que el mundo, con todas sus grietas, seguía girando. Y yo en medio de la tormenta, aún tenía por algo que luchar.
Algo por lo que amar.
ESTÁS LEYENDO
De mi
Dla nastolatkówUn empresario con riesgo a quedar en la quiebra, compromete a su hija con un empresario multimillonario, no se soportan para nada pero cuando se dan cuenta lo que en verdad cada uno siente, ahí algo que los separa.
