Los días de leche y susurros
Silvia
Nunca me imaginé que el amor podía tener olor. Pero desde que Carlos nació, lo reconozco con los ojos cerrados: leche tibia, su piel nueva, el aroma sutil del jabón de avena que usamos cuando lo bañamos. A veces cuando él duerme sobre mi pecho y su respiración se mezcla con la mía, siento que el mundo entero se reduce a ese instante. Y es perfecto. Frágil, si. Inseguro, muchas veces. Pero perfecto.
Los primeros días con él en casa fueron como vivir en otro universo. Uno donde el tiempo no se mide en horas, sino por tomas, pañales y siestas interrumpidas.
Uno donde no existe el silencio, pero tampoco el vacío. A veces me quedaba despierta aún que Carlos ya estuviera dormido, solo para verlo. Para comprobar que estaba bien, que respiraba, que seguía ahí. Porque aún me cuesta creer que ese milagro que cargo entre mis brazos... es mío.
Y no estoy sola.
Tengo a Jorge.
¿Quién lo hubiera dicho? El hombre que alguna vez fue una tormenta en mi vida, mi profesor, mi esposo por contrato, mi dolor más profundo. Ahora es mi ancla.
Cambio más de lo que yo creí posible. Se transformó sin palabras, sin promesas. Solo actuando. Demostrando. Diciendo te amo en forma de desayuno caliente, de pañal cambiado, de canciones desafinadas a las tres de la mañana.
La primera vez que lo vi intentando cambiar a Carlos casi se me escapa una carcajada, a pesar del agotamiento. Tenía el pañal al revés, el talco en el lugar equivocado y una expresión de concentración como si estuviera desactivando una bomba.
—¿Seguro que esto va así?—. Preguntó mirando el pañal y el manual que había encontrado en internet.
—¿Quieres que lo haga yo?—. Ofrecí, apenas levantándome.
—No. Dame cinco minutos y un milagro—.
Fue torpe. Lento. Pero no se rindió. Y eso fue todo lo que necesite para enamorarme de nuevo.
A veces lo miro y no sé si reír o llorar. No solo por lo que hace, sino por cómo me mira. Con paciencia. Con esa ternura nueva que antes no le conocía. Como si nuestro hijo hubiera despertado algo en el que estaba dormido. O tal vez, algo que nunca había tenido oportunidad de mostrar.
A nadie de la capital le hemos dicho sobre el nacimiento de Carlos, hemos preferido guardar ese secreto hasta que nos acoplemos bien.
Siempre que llaman ya sea yo o Jorge nos salimos a la parte de abajo del hostal, para que no escuchen a mi hijo llorar.
Siento que cuando sepan de él, se van a enojar demasiado por no contarles nada de eso, la que va a estar más enojada va a ser mi nana.
A los que pienso contarles es a Luis y a Rafael, porque pues ellos van a ser los padrinos de bautizo de mi hijo.
Pero ya eso será después, mientras tanto quiero disfrutar esta etapa.
Una noche, mientras yo intentaba dormir con más frustración que éxito, escuché cantar a Jorge. El hombre de voz grave y siempre segura, tarareaba una canción de cuna que no reconocí. No era afinado, pero había algo en su voz que me arrancó un nudo en la garganta. Me gire apenas en la cama y lo vi acunando a Carlos, meciéndolo con una suavidad que me conmovió hasta los huesos.
—No sabía que podías cantar—. Le dije, con una sonrisa.
Me miró sin dejar de mecerlo.
—Tampoco yo. Pero parece que a él le gusta mi voz. Aún que a ti no—.
—A mi también—. Susurré, casi sin querer.
El no respondió. Solo me miró. Y en esa mirada, tan honesta, tan llena de amor sin filtros, supe que no estábamos perdidos.
Que habíamos estado rotos, si, pero no irremediablemente.
ESTÁS LEYENDO
De mi
Fiksi RemajaUn empresario con riesgo a quedar en la quiebra, compromete a su hija con un empresario multimillonario, no se soportan para nada pero cuando se dan cuenta lo que en verdad cada uno siente, ahí algo que los separa.
