21 ADRENALINA
Marta de la Reina.
Una nueva experiencia, y creo que ya habia perdido la cuenta de todas las que había vivido.
Recorrer las calles de Toledo de madrugada, con Fina caminando a mi lado, me hacía sentir algo que jamás había experimentado antes. La ciudad dormida parecía otro mundo, un lugar donde las reglas del tiempo y las barreras del pasado desaparecían. La tenue luz de las farolas apenas delineaba nuestras sombras sobre el empedrado, y me sentía libre, resguardada por la oscuridad de la noche y la firmeza de su compañía. No había miradas acusadoras, ni comentarios susurrados a nuestras espaldas, ni miedo a que alguien nos detuviera por haber hecho algo tan simple y, a la vez, tan revelador como besarnos.
La adrenalina del beso aún me recorría las venas. Me costaba contener el impulso de reír a carcajadas, de tomarla de la mano sin soltarla, o de hacer alguna tontería como bailar en medio de la calle. Toda la cautela que siempre había tenido en mi vida se diluía con cada paso. Miré a Fina de reojo y noté cómo también en ella había algo distinto: una mezcla de diversión y de complicidad que la hacía mirarme como si compartiéramos un secreto que nadie más en el mundo entendería.
En el taxi, hablamos de cualquier cosa, pero el tono era ligero, como si el peso del día y de todas las incógnitas que nos rodeaban se hubiera desvanecido. El conductor, distraído en sus propios pensamientos, ni siquiera nos prestaba atención, y yo me sentía como si estuviera flotando en una especie de sueño. "Dios, Marta, acabas de besar a una mujer, en plena calle y sin temor alguno", me repetía una y otra vez, con la mente aturdida por la audacia del momento y el subidón que me producía haber roto todas esas barreras invisibles que hasta hacía poco me habían contenido.
Pero, más allá del hecho de hacerlo sin miedo, era la reacción de Fina lo que me llenaba de una felicidad irreprimible. Su risa contenida, su mirada divertida, la tranquilidad con la que me devolvió el gesto me decían que nada, absolutamente nada, cambiaría entre nosotras. No había nerviosismo en ella, ni un ápice de incomodidad; solo una seguridad que a mí me desarmaba por completo. Y en esa madrugada de Toledo, mientras caminábamos juntas y en silencio, supe que mi vida, tal como la había conocido, no volvería a ser la misma.
Al cruzar el umbral del apartamento, esa felicidad que me envolvía como una segunda piel no se desvaneció; al contrario, sentí que se intensificaba. Algo había cambiado en mí. Por primera vez, al cerrar la puerta detrás de nosotras, ese pequeño espacio de paredes y ventanas me pareció realmente un hogar, mi hogar. Y aunque sabía perfectamente que aquella idea era absurda, no pude evitar la calidez que me provocaba, como si aquí, con ella, nada malo pudiera suceder.
Entré sin más, y casi sin darme cuenta, me descalcé en la entrada, dejando caer los zapatos junto a la puerta de forma tan natural como si llevara toda una vida viviendo allí. Fina me miraba divertida, con esa sonrisa cómplice que me seguía a cada paso, y yo no podía evitar sonreírle de vuelta. Todo era sencillo, espontáneo, y la tensión que me había acompañado desde que aparecí en este siglo parecía haber desaparecido.
Atravesé la sala, y entonces mis ojos se fijaron en la pantalla de la televisión, apagada. Fue un segundo, un impulso irracional que no pude ni quise detener.
—¿Podemos ir al cine? —le dije, sintiendo la emoción en cada palabra— quiero vivir esa experiencia también.
Me escuché decirlo y me quedé mirándola, esperando su reacción. No sabía por qué sentía esa necesidad de verlo todo, de vivirlo todo a su lado, pero ahí estaba, sincera y desbordante. Sentí una especie de energía renovada recorriendo mi cuerpo, como si todas las experiencias que había vivido ese día me dieran una audacia inesperada. No era solo el cine lo que quería experimentar; era la vida en su totalidad, cada pequeño momento que Fina me había mostrado desde que aparecí en su mundo. Y, sin pensarlo dos veces, le dije que quería ir, que quería ver cómo era de verdad el cine en esta época, con asientos y telón, como los que yo conocía.

ESTÁS LEYENDO
CRU2SH
Science FictionMarta, una mujer de 1958, y Fina, una chica de 2024, se encuentran inesperadamente en el presente debido a un inexplicable viaje en el tiempo. A pesar de venir de épocas tan diferentes, sus caminos se cruzan en un mundo contemporáneo que les resulta...