42 YA SIEMPRE UNIDAS.
Fina Valero.
A lo grande, como ella. Como era doña Marta de la Reina.
Yo no sé si lo hizo a conciencia, o, como ya habia podido comprobar en su casa, aquel despliegue de lujo era algo habitual en su vida. Pero cuando supe de sus intenciones al pasar la noche en un hotel de Madrid, no imaginé bajo ningún concepto que lo hacía pensando en aquel hotel, precisamente. ¿Cómo iba a imaginar que a la señora no se le iba a ocurrir otra idea más que llevarme a una de las suites del Gran Hotel Inglés? Y yo llevándomela a Barbate, al piso de los años 80 de la tía de Carmen.
Tuve que sacudir la cabeza varias veces cuando me invitó a entrar en la recepción con ella. Ella, con su elegancia y su porte, lo tuvo facilísimo para sentirse como pez en el agua mientras un botones nos acompañaba hasta la habitación. A mi me temblaban hasta los tobillos tratando de parecer una De la Reina, para que creyesen que éramos primas.
La primera impresión fue abrumadora: paredes cubiertas de un papel pintado discreto, pero con ese toque señorial que te susurra al oído que estás en un lugar exclusivo. El salón, al que entramos primero, me atrapó con su sofá de terciopelo verde oscuro, que parecía haber sido colocado allí solo para que alguien se recostara a leer una novela de misterio. A su lado, un par de sillones con patas torneadas y una mesa de madera tan brillante que podía reflejar la lámpara de pie que iluminaba la estancia.
Encima de la mesa, un jarrón de cristal tallado sostenía flores frescas que llenaban el aire con un aroma dulce, suave, como si quisieran invitarte a quedarte un rato más.
El dormitorio no se quedó atrás en cuanto a impresiones. Una cama enorme con dosel, cubierta por una colcha de satén color marfil, ocupaba el centro de la habitación. Parecía tan perfectamente hecha que casi daba miedo deshacerla. Frente a ella, un baúl de madera oscura junto a un tocadiscos le daba ese toque de película de época que me fascinaba. En una esquina, un tocador con espejo ovalado y frascos de cristal tallado con perfumes y aceites decoraba la estancia. No era necesario que los oliera para saber que cada uno de ellos costaría más que mi renta mensual en 2024.
Y luego estaba el baño. Mármol blanco por todas partes, tan brillante que reflejaba la luz de las lámparas. Una bañera de patas, perfecta para perderse un buen rato, ocupaba el centro, prometiendo un rato de calma que ya sentía como imprescindible.
Dejé el bolso en una silla del salón mientras miraba todo con la curiosidad de una niña. Marta, que no perdía detalle de mi reacción, sonreía desde la puerta, disfrutando de mi asombro. Aunque para ella esto debía ser algo habitual, yo no podía dejar de recorrer la suite con la mirada, alucinada.
—Esto es demasiado, Marta... —pensé mientras recorría la habitación con la mirada, incapaz de contener un susurro. Pero no era una queja ni un reproche, sino más bien una rendición. Me permití por primera vez en mucho tiempo disfrutar sin reservas, sin ese peso constante de la culpa que siempre parecía acecharme.
—Nada es demasiado para nosotras —respondió mientras cerraba la puerta tras de sí y se acercaba con paso decidido. Había algo en su voz que me desarmó por completo, una seguridad que pocas veces había escuchado en ella. Sus palabras eran más que una afirmación; eran una promesa.
La miré, y por un instante, el peso de todo lo que habíamos vivido, de las despedidas que sabíamos que estaban al final de ese camino, pareció desvanecerse. Nos quedamos en silencio, solo mirándonos, conscientes de lo extraordinario de ese momento. Todo lo que había en esa habitación, en esa noche, era como un paréntesis, un respiro necesario en medio de una historia que parecía empeñada en escribir finales antes de tiempo.

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CRU2SH
Science FictionMarta, una mujer de 1958, y Fina, una chica de 2024, se encuentran inesperadamente en el presente debido a un inexplicable viaje en el tiempo. A pesar de venir de épocas tan diferentes, sus caminos se cruzan en un mundo contemporáneo que les resulta...