CAPITULO 91

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LAUREN

Maldita sea, ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué siempre elige el camino más jodidamente peligroso?, Verlo caminar hacia el auto fue como mirar a alguien alejarse hacia una ejecución que él mismo había pedido, a paso firme, casi tranquilo, como si el caos a su alrededor no existiera, como si toda esa gente, el humo, el ruido, la muerte que rondaba, no pudieran tocarlo. Y entonces me invadió algo que no sabía si era rabia o miedo, tal vez ambas. Quise correr tras él. Gritarle. Detenerlo, golpearle la cabeza con el sobre hasta que entendiera, hasta que recordara quién era o quién fue, pero mis pies no se movieron., la música continuaba al igual que la fiesta en este lugar.

Entonces lo veo ahí, arrancando, con esa mirada loca, esa terquedad que me hace querer gritarle hasta quedarme sin voz. Pero no puedo. Porque él no escucha. Nunca escucha. Siempre tiene que demostrar que es más macho, más fuerte, más rebelde. Como si correr hacia el abismo fuera algo honorable y no la mayor estupidez que he visto. Mientras se ajusta los guantes y baja la mirada por un segundo... como si supiera que yo aún estoy aquí mirándolo, esperando que cambie de idea, pero no lo hace, el comienza a avanzar despacio hasta la línea de salida, cuando el otro corredor ya estaba a su par, una chica indicó la salida con un disparo, entonces las bengalas iluminaron la pista con ese rojo de sangre.

LAUREN: Hijo de puta (digo con rabia, Me dejó con el sobre en la mano como si fuera nada. Como si los trescientos mil dólares fueran solo papel inútil, él tenía aquí la opción de pagar he irse, pero lo despreció, No dijo ni una palabra más. Solo ese gesto, leve, un asomo de gratitud o resignación en la mirada antes de darse la vuelta. Y yo me quedé ahí, tiesa, helada, vacía. El sobre me quemaba en la mano. Lo apreté con fuerza, tanto que crujió, y sentí cómo el borde de los billetes se me clavaba en los dedos. Pero no lo solté. No podía. No entendía cómo carajo habíamos llegado a esto.

No sé en qué momento empecé a caminar. La carrera ya había comenzado, los gritos eran más fuertes, la música más distorsionada, como si el mundo se derritiera en neón y gasolina. Pasé entre la gente, ignorando los empujones, los insultos, los cuerpos que se frotaban en la oscuridad. Llegué al borde del circuito improvisado, donde las luces de los autos cortaban la negrura como cuchillas. La pista era un tramo largo de concreto agrietado, con bidones encendidos marcando los bordes, como antorchas romanas esperando ver sangre.

LAUREN: Mierda (Mascullo)

Ahí está, corriendo como un idiota, como si ganar una carrera fuera a arreglar todo el desastre en el que está metido. ¿No entiende que no es un juego? Que no puede escapar de esta mierda con un volante y un motor a toda velocidad. El Skyline negro de Christopher ruge como un animal herido, temblando en su sitio. A su lado, el auto de Toro un Charger antiguo, sin placas, con la carrocería picada de balas parecía salido del mismísimo infierno. Ambos motores braman, El sonido es brutal, una mezcla de trueno y guerra.

Veo la pista, la deuda sigue ahí, el peligro sigue acechando, y él está apostando su vida como si tuviera quince años y no fuera un adulto con dos responsabilidades, Pero es que él no puede usar el dinero, no puede pagar, no puede hacer lo correcto. No, tenía por qué jugársela en esta loca carrera contra un tipo que, si quisiera, lo destruiría sin pestañear. Y yo aquí, aguantando la respiración, esperando no se mate, para que no arrastre a todos a su puto desastre.

La música electrónica sigue latiendo como un corazón enfermo, Los motores rugen, La multitud grita, El sobre aún está en mi mano, arrugado, manchado de sudor y rabia, todos disfrutando del momento excepto yo, yo solo pienso en él, en mi hermano, en el idiota que decidió correr contra un exconvicto con más cicatrices que alma. Ahí estaban y en ese instante, me odié a mí misma por haber venido, y lo odié a él por obligarme a ver esto.

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